Lleva en sus manos las cicatrices del sacrificio y el trabajo. Como su abuelo, se rebeló contra el destino. Ignoró la dureza de la piedra y el hambre. Sembró su sueño golpe a golpe, siempre sonriente. Al ritmo de son, café, tabaco y espíritu, Don Juan levantó la casa y repartió el pan. Ahogaba sus lágrimas con humor sano y una plegaria al cielo. El nieto sigue su ejemplo cada día, bailando antes de enfrentar la suerte que llega a noventa millas por hora.
Doña Negra lleva con acierto el nombre de Esther al honrar las virtudes bíblicas que Doña Chepa preconizó al bautizarla. Es la celosa guardiana de todas las plegarias. Abuela, que es piedra angular de sus valores y dueña de toda la ternura que transmite su mirada de niño bueno.
Se llama Juan como su padre, que también es bueno.
Es un alma pícara que roba atención y afecto sin pedir permiso. Heredó la obstinación de no rendirse ante la adversidad. Le motivó a buscar fuerza en la zurda y mantener constancia en la diestra. Fue su compañero en cada estadio y en cada posibilidad truncada por la fortuna. Compartió sus lágrimas ante promesas rotas y pactos incumplidos. Le dio el martillo para taladrar murallas y abrir las fisuras por donde pasó la semilla que lo llevó al jardín de la gloria.
Se llama Juan como su tío, el maestro.
Maestro del equilibrio, tanto al andar en bicicleta como al crear acrósticos. Su tío, con la alegría deshinibida de un comediante, enfrentó los prejuicios y, cumpliendo sus sueños, viajó al extranjero. Así demostró que la perseverancia, sin importar el idioma, conduce al mismo resultado. Triunfó tanto en las universidades de otro país como antes en la modesta escuela de Doña Ana, mostrando que el significado de la palabra “tesón” es valorado por igual en cualquier idioma.
Su primera tía se llama Jackeline y tiene en la voz la dulzura del canto de una alondra.
Sus brazos se extienden en la solidaridad y son tan firmes como las ramas de guayabo. Ella es el refugio en los momentos oscuros y la llama cálida que aleja los miedos. Juan aprendió esa lección y la emula con nobleza.
Su segunda tía se llama Mercedes, quien, además de sus virtudes, no duda en defender el legado de la dignidad de Doña Negra. La agudeza de su mirada se compara con la aguileña precisión que exhibe el hijo de su hermano en su faena, quien es único. Lo selectivo de sus gustos revela lo exigente de su estirpe.
Se llama Juan como el Bautista.
Ascético en sus aficiones, igualmente, clamo en el desierto de la desesperanza por la llegada de mejores tiempos.
Y sí se llama Juan, lo he dicho, pero sus afectos le dicen Juanjo.
Ese Juanjo es el mismo de la inmensa fortuna material. Su único despilfarro es la alegría que comparte al jugar dominó con su familia. Con un corazón limpio, equilibra la carga emocional de su entorno con el perdón y las bendiciones. Juanjo recorre las bases con firmeza soñando con ver a su familia reunida en torno a la mesa.
Se llama Juan, pero quienes le quieren le dicen Juanjo.
Por su corazón limpio de rencores, abierto al abrazo y prolijo en compartir su sonrisa.
Porque batea duro, lo baila y lo celebra.
Porque tiene dentro de sí una energía especial, fruto de la herencia familiar, que proviene de la humildad y la capacidad de adaptación que tenían el abuelo y la abuela, quienes fueron trabajadores del campo en Baní.
Yo cuento la historia que conozco.
La de unos Juanes que apellidan Soto y portan el escudo de dignidad y fe de las Franco.
La de un muchacho que ama el deporte con la misma intensidad que a su familia.
Que gana onza a onza su tesoro en cada turno y vive la gloria de ser un dominicano ejemplar.
Se llama Juan Soto.
De una raza de héroes de piedra y pan.
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