“Y fui engrandecido y aumentado más que todos los
que fueron antes de mí en Jerusalén;
a más de esto, conservé conmigo mi sabiduría.
Eclesiastés 2:9”
Ni siquiera porque yo mismo lo vi salir de donde Sidney, nuestro nuevo vecino, un norteamericano veterano de guerra —supongo que, de la Segunda Guerra Mundial, a juzgar por su edad—, casado con una joven criolla de Moca. Ni siquiera porque tenía corbata y andaba a pie, con un maletín.
Estaba en la galería de mi casa, observando su recorrido, cuando lo vi abrir la pequeña puerta peatonal y dirigirse directamente hacia mí.
—Saludos. Usted debe ser Silvino —me dijo con determinación.
—Así es. ¿En qué puedo servirle?
—Usted ha sido seleccionado por un grupo de intelectuales de la ciudad, quienes lo han recomendado como candidato idóneo para un círculo exclusivo de personas que hacen importantes aportes culturales.
—¿Me permite pasar, por favor?
—Claro, pase, pase, por favor —le contesté.
Sentados en la sala, todavía no nos habíamos acomodado bien cuando empecé a sugerirle los nombres de los intelectuales que entendía me habían seleccionado.
—Déjeme ver —me dijo, abriendo pacientemente un pequeño cuaderno con apuntes manuscritos—. En efecto, señor Silvino, estas son las personas que lo han sugerido. Lo tienen en gran estima.
Yo flotaba en una atmósfera de orgullo. Lo que siempre había pensado de mí acababa de ser confirmado: pertenecía, por derecho propio, a un círculo exclusivo de la más rancia intelectualidad de Santiago. Lo estaba oyendo de primera mano.
Aquella experiencia numinosa fue interrumpida por la presencia física de mi madre, que me trajo de regreso a la sala de mi casa.
—Saludos, señor. ¿Qué se le ofrece? —dijo mi madre con una sonrisa.
—Mami, este señor vino porque fui recomendado…
Mi madre se retiró a buscar café para la visita, momento que aprovechó el extraño para abrir su maletín y sacar un ejemplar de una enciclopedia de cinco tomos, a la vez que me solicitaba que me acercara junto a él.
—Este es un instrumento imprescindible para su formación… —me dijo con voz grave.
La conversación llegó a su final. Yo escarbé en mi gavetero hasta encontrar los ahorros de mi vida —unos trescientos pesos— y se los entregué como inicial. Acto seguido, procedí a firmar un documento en el que me comprometía a pagar, durante dos años, cuarenta pesos mensuales y un pago final de unos cientos de pesos.
Se despidió diciéndome que nos veríamos a final de mes y que informaría a los demás que yo había adquirido la valiosa obra que me mantendría dentro de aquel reducido círculo.
Lo despedí encantado, lleno de esperanza.
La enciclopedia llegó como a los ocho días. Yo tenía diecisiete años y pronto entraría a la universidad. No trabajaba y mis únicos ingresos dependían de un escueto semanal que me daba mi madre con mucho esfuerzo.
No lo volví a ver jamás.
Al final del mes, no apareció él. Quien se presentó fue un cobrador, exigiéndome los cuarenta pesos que debía abonar a mi deuda.
Había sido engañado por un vendedor de enciclopedias.
Tatica, como le llamaban a la joven esposa de Sidney -a quien deseaba profundamente-, había suministrado mi nombre. Yo mismo había sugerido los nombres de las supuestas personas que me habían recomendado, y mi vanidad había hecho el resto.
Lo que siguió después fue una lucha de titanes.
En el año 1976, yo no podía pagar ni diez pesos al mes y me había obligado a pagar cuarenta pesos durante dos años. Si el vendedor había sido un monstruo, el cobrador no era segundo de nadie en su oficio.
No puedo decir que me cobraba: me hostigó durante casi cuatro años, que fue el tiempo que me tomó saldar aquella inversión, que no necesitaba y que estaba totalmente fuera de mi alcance.
No volví a tener vida a final de mes.
Le decía: «Ven mañana», y venía mañana.
Le decía: «Ven el miércoles de la semana que viene», y ahí estaba, inexorablemente.
Mi madre, a veces, cometía el error -o quizás a propósito- de ponérmelo al teléfono y me hacía oír su voz aborrecida.
Andaba con una pequeña libreta, una copia en miniatura de una hoja tabular, de esas hojas cuadriculadas que usan los contables. Ahí anotaba los escasos abonos que iba haciendo y las excusas que ponía.
Cuando me lo topaba frente a frente, me leía, una por una, las promesas incumplidas.
Era algo horrible.
Al cabo de los años, las cosas fueron tomando su lugar y nos hicimos amigos. No recuerdo su nombre de pila, porque tartamudeaba —para prolongar mi sufrimiento— y le decíamos «El Gago», cosa que no le importaba en lo más mínimo.
Los dos estábamos exhaustos.
Nos pasábamos largos ratos conversando. Llegó un momento en que él mismo me suministraba la excusa que apuntaba en su libreta. A veces llegaba yo a mi casa y lo encontraba sentado a la mesa, invitado a comer por mi santa madre.
Mi situación económica mejoró considerablemente y pude saldar la deuda.
El Gago siguió visitando la casa como un allegado de la familia. Le teníamos verdadero afecto.
Un día fue a darnos la noticia de que se iría del país, pero que volvería a visitarnos.
Nunca regresó.
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