Tres cosas en la vida que son extremadamente fáciles para el particular: opinar en la crianza de los hijos que no son suyos, decirle a una mujer que tome la decisión de botar a su marido y contabilizar dinero ajeno. Irónicamente, las tres son decisiones y prácticas muy personales que solo le competen a los padres del muchacho, a la pareja afectada y, en el caso del dinero, al que está haciendo de tripas corazones para que el billete le rinda mes por mes.
Alguien, en algún momento, nos ha querido dar cátedras de cómo es que uno debe administrar su dinero, preguntándose y, en la mayoría de los casos, poniendo en duda cómo es que a fulano no le alcanza el dinero. Y usualmente el que brinda esos consejos, que nadie le ha pedido, no es que sea un gran contador ni administrador. Casi siempre ese que aconseja se lo está llevando el sin camisa.
Común ver también como un problema de pareja se puede convertir casi en terapia de grupo. Entre familiares y amigos tratando de decidir lo que una mujer o un hombre debe hacer frente a una adversidad que solo le compete única y exclusivamente a la pareja. “Tú lo que tienes que hacer es tal cosa”, dicen con aquella seguridad frente a una decisión que no les afecta. Y es lo que pasa con las opiniones, todo el mundo tiene una y la quiere dar, aunque nadie se la haya pedido.
Con la crianza pasa exactamente lo mismo, pero con un agravante: aquí la gente se siente con una autoridad que nadie le ha otorgado. Hay quienes, sin haber parido, sin haber criado y, en algunos casos, sin haber tenido que tomar una sola decisión verdaderamente difícil respecto a un hijo, se convierten de repente en expertos en psicología infantil, disciplina, límites, colegios, permisos, celulares, novios, alimentación y hasta en la cantidad de besos que uno debe darle a sus muchachos. Y todo esto, por supuesto, desde la comodidad de una vida que no necesariamente se parece en nada a la tuya.
Porque hay algo que la gente parece olvidar: nadie conoce completamente la historia de una familia desde afuera. Nadie sabe cuántas conversaciones se han tenido detrás de una puerta cerrada, cuántas noches sin dormir ha pasado una madre, cuántas veces un padre ha tenido que tragarse el orgullo para resolver un problema, ni cuántas circunstancias, enfermedades, pérdidas, dificultades económicas, separaciones, reconciliaciones o simplemente etapas de la vida han llevado a una determinada decisión. Uno ve quince minutos de una película y pretende hacer una reseña de dos horas sin haber visto el resto.
Y es que criar no es seguir un manual. Lo que funcionó con tus hijos puede no funcionar con los míos, y lo que tú consideras una crianza impecable puede ser, desde otra perspectiva, una manera completamente distinta de hacer las cosas. Cada hijo trae su propio temperamento, sus necesidades, sus circunstancias y su historia. Incluso dentro de una misma casa, uno aprende rápidamente que lo que funcionó con el primero puede ser un desastre con el segundo. Por eso resulta tan curioso ese empeño de algunos en repartir recetas universales, como si hubieran descubierto la fórmula secreta de producir seres humanos perfectos.
Pero quizás lo más desagradable no sea siquiera la opinión, sino la seguridad con la que algunos la emiten. Porque una cosa es decir “¿necesitas ayuda?” y otra muy distinta es decir “yo sé perfectamente lo que tú tienes que hacer”. Una cosa es acompañar y otra es invadir. Una cosa es preocuparse y otra es juzgar. Y, sobre todo, una cosa es conocer a una persona y otra muy distinta es conocer su vida. Antes de opinar sobre la crianza de los hijos ajenos, sobre el matrimonio ajeno o sobre el bolsillo ajeno, quizás deberíamos recordar una regla bastante sencilla: si no te corresponde tomar la decisión, por lo menos asegúrate de conocer la historia completa antes de dictar sentencia.
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