Hubo un tiempo en que los intelectuales asumían la palabra como un compromiso moral. No eran simples observadores de la historia; eran parte activa de ella. Frente a las guerras, las invasiones, los golpes de Estado, el colonialismo y las violaciones de los derechos humanos, levantaban su voz, aunque ello implicara persecución, censura o exilio.

Hoy, sin embargo, asistimos a un fenómeno inquietante: el silencio de amplios sectores de la intelectualidad ante graves violaciones del derecho internacional y ante hechos que, en otras épocas, habrían provocado una ola de denuncias, manifiestos y movilizaciones en todo el mundo.

¿Qué ha ocurrido con los intelectuales?

¿Dónde están las voces que antes denunciaban las agresiones contra los pueblos, las intervenciones extranjeras y el abuso del poder imperialista?

La pregunta no es menor. Porque cuando quienes tienen la capacidad de interpretar críticamente la realidad concreta deciden callar, el silencio deja de ser una actitud individual para convertirse en un hecho político.

El intelectual auténtico no es aquel que habla cuando resulta conveniente. Tampoco el que acomoda sus principios a las circunstancias del momento. Su función histórica consiste precisamente en señalar las injusticias, incluso cuando hacerlo resulta incómodo para los centros de poder, para los medios de comunicación dominantes o para su propio entorno académico y familiar.

Sin embargo, una parte significativa de la intelectualidad contemporánea parece haber renunciado a esa responsabilidad.

Muchos han sustituido el compromiso por la prudencia calculada. Otros han cambiado la crítica por la adaptación. Algunos han terminado integrándose a las estructuras de poder que antes cuestionaban.

La consecuencia es evidente: mientras se multiplican las guerras, las sanciones económicas, las ocupaciones militares y las violaciones de la soberanía de los pueblos, una parte importante del pensamiento crítico permanece en silencio.

Ese silencio no es neutral.

Nunca lo ha sido.

La historia demuestra que las grandes injusticias no prosperan únicamente por la acción de quienes las ejecutan. También avanzan gracias a la pasividad de quienes, pudiendo denunciarlas, optan por mirar hacia otro lado.

El pastor protestante y resistente antinazi Dietrich Bonhoeffer advirtió que el silencio frente al mal es, en sí mismo, una forma de participación. La experiencia histórica del fascismo europeo enseñó que la indiferencia de amplios sectores ilustrados contribuyó a la consolidación de regímenes criminales.

Hoy observamos mecanismos similares, aunque bajo nuevas formas.

La concentración mediática, la dependencia de financiamientos institucionales, la profesionalización extrema de la academia y la presión de determinados consensos ideológicos han reducido considerablemente los márgenes de independencia intelectual.

Muchos académicos y analistas parecen más preocupados por preservar espacios de reconocimiento que por defender principios universales.

Se condenan algunas violaciones del derecho internacional mientras otras son relativizadas o simplemente ignoradas.

Se defienden ciertos derechos humanos mientras otros son invisibilizados.

Se exige respeto a la soberanía en unos casos y se justifica su vulneración en otros.

La doble moral se ha convertido en una enfermedad que también afecta a sectores de la intelectualidad progresista.

Pero el problema es hoy aún más profundo y grave.

Vivimos en una época donde la información circula a una velocidad extraordinaria, pero la reflexión crítica parece cada vez más escasa. Las redes sociales premian la inmediatez, los algoritmos favorecen la superficialidad y la cultura del espectáculo y de lo estrafalario transforma incluso las tragedias humanas en simples contenidos de consumo.

En ese contexto, muchos intelectuales han dejado de actuar como conciencia crítica de la sociedad para convertirse en comentaristas del presente.

Observan.

Describen.

Interpretan.

Pero pocas veces toman posición.

Y cuando la injusticia se vuelve evidente, la neutralidad termina favoreciendo al verdugo.

La historia jamás ha sido escrita por los cobardes.

Las conquistas democráticas, los procesos de liberación nacional, los derechos laborales y las luchas contra el colonialismo avanzaron gracias a mujeres y hombres que decidieron comprometerse con su tiempo.

Intelectuales como Jean-Paul Sartre, Frantz Fanon, Eduardo Galeano, Noam Chomsky, Gabriel García Márquez y tantos otros entendieron que el pensamiento no es una actividad separada de la realidad social.

Pensar era también tomar partido.

No por gobiernos ni por líderes específicos, sino por principios.

Por la justicia.

Por la verdad.

Por la dignidad de los pueblos.

Por el respeto al derecho internacional.

Por la defensa de la soberanía frente a la imposición de la fuerza.

Esa tradición crítica parece hoy debilitada, pero no extinguida.

Todavía existen intelectuales, periodistas, académicos y artistas que se niegan a aceptar la normalización de la guerra, la arbitrariedad y la dominación. Son voces que a menudo carecen de los grandes altavoces mediáticos, pero que continúan defendiendo la idea de que la palabra debe servir para iluminar, emancipar y no para encubrir y dominar.

Porque el verdadero intelectual no es quien acompaña al poder.

Es quien lo cuestiona.

No es quien administra silencios.

Es quien rompe los silencios cuando estos pretenden ocultar la injusticia.

En tiempos donde el derecho internacional parece ceder terreno ante la ley del más fuerte, la responsabilidad moral de los intelectuales adquiere una importancia decisiva.

La historia juzgará a quienes hablaron.

Pero también juzgará a quienes callaron.

Y, en muchas ocasiones, el silencio termina dejando una huella más profunda que las voces.

Julio Disla

Escritor y militante

Julio Disla: el militante de la palabra, el poeta del pensamiento crítico. Voy por la vida con una pluma que combate, un teclado que documenta y una mirada que no se conforma con lo superficial. Soy el arquitecto de textos que cuestionan al capital, al racismo, a los muros — y a toda forma de dominación que intente maquillar su rostro con promesas democráticas. He hecho del ensayo un arma, del artículo un escenario de lucha, y del poema una bandera. Cuando escribo, se siente la influencia de Marx, la voz serena pero firme de José Pepe Mujica, el reclamo por justicia social, y la pedagogía que busca educar a otros con ideas y datos. Fundador de utopías posibles, intento rehacer la historia desde la izquierda que se reinventa, que no teme nombrar el neoliberalismo por su nombre, y que encuentra en cada injusticia una oportunidad para escribir, denunciar, proponer. Lo técnico y lo emotivo coexisten en mi estilo como militante de una misma causa. Soy, sin duda, un constructor de puentes entre la teoría y la calle.

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