Soy un adulto mayor, por demás de formación analógica, al punto qué apenas uso lo más primario de la tecnología moderna y, aun así, muchas veces, tengo que auxiliarme del más joven de mis nietos, que me ayuda desde preadolescente. No obstante, dentro de mis limitaciones, trato de aprender y mantenerme informado.

Estoy consciente de que el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) ha traído cambios enormes en nuestras vidas. Desde mejorar diagnósticos médicos hasta facilitarnos tareas diarias con asistentes virtuales, la IA está en todas partes. Pero, así como nos ha dado mucho, este avance tiene su lado oscuro.

Muchos trabajos que antes hacían personas ahora los hacen máquinas. En fábricas y tiendas, la automatización ha dejado a muchos sin empleo. Empresas como Amazon usan robots en sus almacenes, reduciendo la necesidad de trabajadores humanos.

Además, nuestra privacidad está en juego. La IA se alimenta de datos, y las grandes empresas tecnológicas recopilan enormes cantidades de información personal. Esto ha generado preocupaciones sobre cómo se usa y protege nuestra información.

En nuestro país, por ejemplo, las redes sociales se han convertido en espacios donde la desinformación y la difamación son comunes, destilan lodo en una avalancha inmoral afectando la reputación de personas empresas e instituciones

Otro problema es que el control de la IA está en manos de unas pocas grandes corporaciones. Empresas como Google y Microsoft dominan el sector, lo que puede aumentar la desigualdad y dejar a comunidades con menos recursos aún más rezagadas.

El mayor riesgo es quién controla la IA. Si solo unos pocos tienen el poder sobre esta tecnología, podrían usarla para manipular y controlar a las masas. En China, por ejemplo, el gobierno utiliza sistemas de vigilancia basados en IA para monitorear a su población, afectando las libertades individuales.

En Estados Unidos, con la vuelta de Donald Trump al poder, hay preocupaciones pues cada día se utiliza más la tecnología para influir en la opinión pública. Las grandes empresas tecnológicas tienen una influencia enorme en la política y pueden manipular la información que llega a la gente, poniendo en riesgo la democracia.

El futuro de la IA depende de cómo sea manejada. Puede ser una herramienta para resolver grandes problemas o convertirse en un medio de control y desigualdad.

Necesitamos reglas claras que aseguren que la IA beneficie a todos y no solo a unos pocos. Es esencial proteger a la ciudadanía, invertir en educación digital y establecer normas sobre el uso de datos personales. Aunque debo confesar que en ese sentido estoy pesimista, pues la tarea se hace cada día más difícil. Los dueños de la tecnología cada día adquieren más poder, mientras los medios para controlarlos se debilitan.

Como dijo Stephen Hawking, “el desarrollo completo de la inteligencia artificial podría significar el fin de la raza humana”. Pero también podría ser el comienzo de una era de prosperidad si la usamos con responsabilidad. La pregunta es: ¿estamos tomando las decisiones correctas para asegurarnos de que la IA trabaje para nosotros y no en nuestra contra?

Antonio Isa Conde

Empresario

Empresario. Ex ministro de Energía y Minas. Fundador de Participación Ciudadana. Coordinador General. manager de Delta Comercial. Es doctor en derecho en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y cursó un postgrado en Administración y Banca en la Universidad de Roma, Italia. También realizó estudios sobre Política Industrial y Consultoría Empresarial.

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