En las viejas casas de madera del Caribe, cuando dos hermanos discutían por la herencia de un padre venerado los vecinos no intervenían de inmediato.
Esperaban. Sabían que detrás de cada palabra aguda se jugaba algo más que la repartición de un bien material: se decidía la continuidad o la ruina del apellido.
Algo parecido ocurre hoy en la política dominicana con el Partido de la Liberación Dominicana y la Fuerza del Pueblo, dos ramas de un mismo árbol que aún respira la savia doctrinal de Juan Bosch, pero que parecen empeñadas en medir sus sombras en vez de regar sus raíces.
La dispersión, los sonsaques y las tiranteces que se han vuelto cotidianas entre ambas organizaciones no son simples desacuerdos tácticos ni ajustes naturales de una familia política amplia.
Son síntomas de una fractura más profunda, casi espiritual, que comenzó cuando la idea boschista del partido como comunidad ética de cuadros formados en la disciplina, el estudio y el sacrificio fue sustituida, poco a poco, por la lógica del liderazgo personalista, la competencia interna y el cálculo electoral inmediato.
Allí donde antes se hablaba de misión histórica, comenzó a hablarse de posicionamientos.
Donde se exigía formación doctrinal, empezó a premiarse la habilidad para maniobrar en la coyuntura.
Y así, sin darse cuenta, el partido-movimiento concebido por Bosch empezó a parecerse a esas caravanas de poder que se organizan más para ganar elecciones que para transformar la sociedad.
No fue una ruptura meramente orgánica la que dio origen a la Fuerza del Pueblo, ni una simple escisión estratégica. Fue, sobre todo, una ruptura en el imaginario moral de una tradición política que había sido construida sobre la ética del servicio.
Y cuando se rompe un imaginario, no se quiebra solo una estructura: se fragmenta la memoria colectiva que sostenía la legitimidad de esa estructura.
El pueblo, que rara vez sigue con precisión los detalles de las pugnas internas, percibe sin embargo —como quien presiente una tormenta antes de ver las nubes— cuándo los partidos dejan de ser instrumentos de esperanza colectiva y pasan a ser plataformas de ambiciones individuales.
Ese presentimiento no siempre se expresa en discursos ideológicos; suele manifestarse en el silencio del abstencionismo, en el voto de castigo o en el traslado emocional de las lealtades.
La banalidad política, entendida como la reducción de la vida pública a la disputa de posiciones y no de ideas, ha sido en la historia dominicana el preludio de más de una derrota anunciada. No porque el pueblo castigue mecánicamente la división, sino porque retira, casi instintivamente, su confianza cuando advierte que el proyecto colectivo ha sido desplazado por la aritmética del poder.
La política, que para Bosch debía ser “la forma organizada de servir”, se convierte entonces en una competencia de liderazgos que pugnan por representar la misma herencia simbólica, como si el legado de un maestro pudiera dividirse en cuotas sin perder su esencia.
En la cultura política dominicana, el liderazgo no se legitima únicamente por la eficacia administrativa o el dominio de la maquinaria electoral. Se legitima también por el vínculo simbólico con la memoria histórica, por la continuidad visible con los valores que dieron origen a una tradición.
Por eso, la fragmentación del legado boschista no divide solo estructuras partidarias; divide imaginarios. Y cuando el imaginario colectivo se fractura, la derrota electoral deja de ser un accidente coyuntural para convertirse en una consecuencia lógica, casi inevitable, como esas sequías prolongadas que no sorprenden a los campesinos porque llevan meses leyendo en el cielo los signos de la escasez.
La experiencia latinoamericana está llena de ejemplos de partidos nacidos del genio doctrinario de un líder que, tras su retiro o desaparición, enfrentaron el dilema de institucionalizar su legado o convertirlo en objeto de disputa entre herederos.
Los que optaron por fortalecer la formación política permanente, la cohesión programática y la disciplina interna sobrevivieron, aun atravesando derrotas temporales.
Los que se transformaron en federaciones de grupos que competían por la herencia simbólica terminaron erosionándose hasta perder la base social que los había hecho nacer.
La historia es severa con los movimientos que confunden el patrimonio moral de un fundador con una franquicia electoral disponible para la mejor oferta coyuntural.
En el caso dominicano, la singularidad es mayor porque el PLD y la Fuerza del Pueblo comparten no solo un mismo tronco ideológico, sino también una base electoral en gran medida superpuesta.
Hablan el mismo lenguaje simbólico, evocan la misma memoria histórica y apelan a los mismos segmentos sociales que durante décadas se identificaron con el boschismo.
De ahí que cada enfrentamiento entre ambas corrientes no reste fuerza únicamente a una u otra organización, sino que debilite el conjunto del espacio político que se reclama heredero de esa tradición.
La competencia entre hermanos políticos suele ser más destructiva que la confrontación con adversarios ideológicos externos, porque se libra en el mismo terreno emocional del electorado y con el mismo repertorio de legitimidad.
De cara al horizonte de 2028, el riesgo principal no es solo la dispersión del voto ni la fragmentación de las estructuras territoriales.
El riesgo más grave es la pérdida de credibilidad moral ante un pueblo que enfrenta desafíos económicos, sociales y geopolíticos cada vez más complejos.
En momentos de incertidumbre nacional, el electorado busca señales de responsabilidad histórica, de cohesión programática y de visión de Estado.
Si percibe que predominan los cálculos individuales sobre el interés general, concluye que la dirigencia ha olvidado su razón de ser: servir al país antes que servirse de él. Y ese juicio silencioso, que no siempre se expresa en encuestas ni en debates televisivos, termina pesando más que cualquier estrategia de comunicación.
La eventual reunificación o, al menos, una concertación estratégica entre las fuerzas surgidas del tronco peledeísta no debería interpretarse como una simple maniobra electoral ni como un reparto de candidaturas. Sería, sobre todo, un gesto simbólico de retorno a la idea originaria del partido como instrumento del bien común. No implicaría negar diferencias legítimas ni borrar trayectorias personales, sino subordinarlas a un proyecto superior de nación, tal como lo concebía Bosch cuando insistía en que la política debía organizarse en función del servicio y no del lucimiento individual.
La unidad auténtica no se decreta; se construye sobre la base de un programa de reformas que devuelva sentido a la acción política y renueve el vínculo emocional con las mayorías.
El pueblo dominicano ha demostrado, a lo largo de su historia republicana, que premia la unidad cuando la percibe sincera y castiga la división cuando la interpreta como fruto de la ambición.
No es un pueblo ingenuo ni voluble; es un pueblo que guarda en su memoria las lecciones de los ciclos de auge y declive de sus partidos y de sus líderes. Sabe distinguir, aun sin teorizarlo, cuándo una reconciliación responde a un cálculo coyuntural y cuándo expresa una comprensión madura de la responsabilidad histórica.
Por eso, la verdadera herencia de los partidos no es el poder en sí mismo, sino la confianza acumulada en la conciencia colectiva.
Si quienes se consideran herederos de la tradición boschista no logran reencontrarse —aunque sea en una plataforma programática común que respete sus diferencias organizativas— en torno a un proyecto de reformas orientado a los mejores intereses nacionales, la eventual derrota electoral de 2028 no será una fatalidad ni el resultado de conspiraciones externas.
Será la consecuencia natural de haber sustituido la misión histórica por el cálculo inmediato, el espíritu de servicio por la lógica de la competencia interna.
Y entonces la historia política dominicana, tan rica en advertencias silenciosas, volverá a repetir una de sus lecciones más antiguas: los pueblos suelen perdonar los errores de sus dirigentes, pero rara vez perdonan el egoísmo cuando este se disfraza de liderazgo y pretende hablar en nombre de una herencia que, en realidad, pertenece a la nación entera.
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