La vida social es esencial para nosotros, incluso Aristóteles nos definió como animales político-sociales. Para desarrollarnos y poder sobrevivir nos necesitamos los unos a los otros, esta necesidad es cada vez más marcada.
Nuestros grandes logros no habrían sido posibles sin que trabajáramos en equipo. A veces creemos que las carreras humanas son individuales, pero todos corremos en carreras de relevo, en las que la ayuda de otros es indispensable.
A nivel biológico nuestros cuerpos están diseñados para interactuar con otras personas. Nuestras relaciones sociales hacen reaccionar nuestro cerebro, liberándose neurotransmisores que incentivan ese contacto. Por ejemplo, en la madre al lactar se incrementan sus niveles de oxitocina. Compartir con nuestros seres queridos, hablarles, escucharlos, abrazarlos, todo ello conlleva liberaciones de dopamina y oxitocina, lo que nos produce mucho bienestar.
En el plano psicológico, hemos descrito anteriormente que, sin relaciones humanas sanas, difícilmente disfrutamos de salud mental. Incluso hemos llegado a decir que no se puede ser humano sin contacto humano. Cada persona con la que compartes te aporta algo, aunque no te des cuenta. Eres lo que eres, gracias al contacto con los que has conocido a lo largo de tu vida.
Tenemos muchas evidencias del efecto favorable de nuestra vida social y poder reconocerlo, contribuye a que cultivemos relaciones sanas.
Ser padres, hijos, amigos, vecinos, compañeros, parejas e incluso, simplemente conocidos, nos enriquece como personas. Pero si no te relacionas con tus hijos, no compartes con tu madre, no eres un verdadero amigo o tu relación de pareja deja mucho que desear, tendrías un vacío existencial tal vez sin saber por qué.
Hablamos de relaciones conscientes. Tener un hijo sin saber que lo tuviste y sin desempeñar el rol de padre, no proporciona los beneficios psicológicos que se derivan de la paternidad. Tampoco favorece una integración adecuada a la sociedad. Es algo que afectaría a tu hijo, a ti y a la sociedad.
Hay mucha riqueza en la vida de pareja. Hablamos de alguien que se constituye en tu persona más cercana, quien une su vida a la tuya, quien se afecta por lo que te hace daño, quien no temes que conozca tus debilidades y sabes que te escoge a ti entre todo el mundo. Cuando las condiciones antes mencionadas no están presentes, aunque hubiera un contrato social firmado, se vive una soledad disimulada.
Al asistir a un concierto multitudinario, se puede estar rodeado de decenas de miles de personas, pero son personas que no les interesa conocer tu vida o tus sueños. La peor soledad es la que se siente estando entre la multitud.
Las relaciones conscientes son aquellas en que compartes con personas que les interesas, les agrada recibir noticias tuyas, disfrutan tus triunfos como si fueran ellos los triunfadores. Un paseo lo encuentran más divertido si estás presente y cuando la pena te invade, se sienten a gusto acompañándote y dándote su apoyo. Es importante analizar si eres con ellos como ellos son contigo.
Se ha demostrado que las relaciones humanas verdaderas y conscientes, son el elemento que más favorece una larga vida. Preguntarse si conviene tener buenos amigos es parecido a preguntarse si conviene ser feliz.
Las personas al hablar suelen reconocer el valor de la familia y de la amistad, sin embargo, lo que realmente piensan, a menudo no te lo demuestran sus palabras sino sus actos. La forma en que una persona trata a sus vínculos más cercanos suele decir mucho sobre su capacidad de sostener relaciones profundas.
Si tu amigo acostumbra a hablar horrores de todos los demás amigos, es muy ingenuo pensar que a tus espaldas no hace lo mismo contigo. Quien necesita denigrar tiene deficiencias para amar.
Aunque la ciencia nos ha ayudado a entender cada vez mejor la necesidad que tenemos de nuestras relaciones sociales, seguramente todavía nos falta mucho por aprender.
Es muy grato compartir con las personas que amas, gran parte del día lo pasas con tus compañeros de trabajo, imagina lo grata que podría ser tu vida diaria si ellos llegaran a ser muy queridos para ti.
Cada uno de nosotros es un conglomerado de células trabajando de manera unificada y favoreciendo el bien común sobre su interés individual. En la medida en que cada célula colabora con las demás, ella y el cuerpo entero funcionan mejor. Nuestras agrupaciones sociales son muy similares y se me ocurre pensar que nuestras células podrían aprender de como nosotros colaboremos con los demás, así como nosotros tendríamos mucho que aprender del ejemplo de ellas.
Disfrutar compartir con los demás, sentir lo que sienten, contribuir a su bienestar, permitirles que ocupen un espacio en nuestras vidas y si es necesario, priorizar ocasionalmente sus necesidades a las nuestras, eso es amar y es más fácil amar a otros, cuando aprendemos a amarnos a nosotros mismos.
Referencias:
Holt-Lunstad, J., Smith, T. B., & Layton, J. B. (2010). Social relationships and mortality risk: A meta-analytic review. PLoS Medicine, 7(7), e1000316. https://doi.org/10.1371/journal.pmed.1000316
Siegel, D. J. (2012). The developing mind: How relationships and the brain interact to shape who we are (2nd ed.). Guilford Press.
Waldinger, R. J., & Schulz, M. S. (2023). The Good Life: Lessons from the World’s Longest Scientific Study of Happiness. Simon & Schuster.
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