En un mundo saturado de información instantánea, algoritmos que anticipan nuestros deseos y pantallas que nos mantienen conectados las veinticuatro horas del día, parecería que nunca antes habíamos tenido tanto acceso al conocimiento. Sin embargo, en medio de esta abundancia, algo esencial se está debilitando: la capacidad y, a veces, la voluntad de pensar por nosotros mismos.
No hablo de inteligencia medida en coeficientes o títulos académicos. Hablo de algo más profundo y más inquietante: la desconexión que nos lleva a renunciar al pensamiento crítico, a aceptar lo absurdo como normal, a obedecer sin preguntar y a priorizar lo eficiente sobre lo humano.
Esta reflexión no pretende señalar con el dedo a nadie. Todos, yo el primero, hemos transitado alguna vez esa sombra. Lo que busco es detenernos juntos ante ella, reconocerla con honestidad y preguntarnos si existen formas de disiparla.
La estupidez no es solo ignorancia. Es desconexión. No es un error aislado ni una torpeza ocasional. Es una ruptura persistente entre conocimiento y responsabilidad, entre capacidad técnica y conciencia ética, entre poder y límites.
No somos los primeros en advertir este riesgo. En el último siglo, pensadores de distintas ramas, teólogos, filósofos, historiadores, economistas y activistas, han señalado con preocupación que el mayor peligro para las sociedades no siempre proviene de la maldad deliberada, sino de la renuncia silenciosa al pensamiento. Desde la reflexión moral de Dietrich Bonhoeffer hasta el análisis político de Hannah Arendt, pasando por la mirada económica de Carlo Maria Cipolla, la revisión histórica de Paul Tabori, la crítica civilizatoria de Vandana Shiva y la reflexión pedagógica de José Antonio Marina, el mensaje converge en una advertencia común: cuando dejamos de pensar críticamente, abrimos espacio a una forma de estupidez que puede erosionar lentamente nuestras instituciones, nuestras decisiones y nuestra humanidad compartida.
Estas voces lo han descrito desde ángulos complementarios. Bonhoeffer la vio como renuncia moral bajo presión del poder. Cipolla como daño irracional que perjudica incluso a quien lo provoca. Arendt mostró cómo puede banalizarse en procedimientos rutinarios donde nadie asume responsabilidad plena. Shiva denunció una racionalidad desconectada de la vida. Ellul advirtió que la técnica puede convertirse en fin en sí misma. Anders señaló que producimos consecuencias que superan nuestra capacidad de imaginarlas moralmente. Bauman observó la dilución de la responsabilidad. Illich mostró cómo las instituciones pueden volverse contraproducentes. Marcuse anticipó una racionalidad tecnológica capaz de producir conformismo más que libertad.
En la era digital esta fragilidad encuentra un terreno fértil. Algoritmos que maximizan la atención sin considerar la salud mental, automatización que desplaza decisiones humanas sin suficiente deliberación ética y desinformación que circula más rápido que la verdad. Lo técnicamente posible comienza a presentarse como inevitable. La reacción sustituye a la reflexión.
La inteligencia artificial encarna esta tensión con especial intensidad. Puede ampliar capacidades, acelerar diagnósticos y facilitar el acceso al conocimiento. Pero también puede convertirse en la tentación de nuestra época: la tentación de delegar el pensamiento. Cuando el proceso es reemplazado por la respuesta inmediata, cuando la síntesis automática sustituye la comprensión, corremos el riesgo de acostumbrarnos a recibir conclusiones sin haber ejercitado el juicio que las sostiene.
No se trata de demonizar la tecnología. Se trata de no abdicar del discernimiento. La técnica puede asistirnos, pero no puede sustituir nuestra responsabilidad de pensar.
En este ecosistema opera además el llamado efecto Dunning-Kruger. Cuando el conocimiento es superficial, la percepción de competencia suele ser desproporcionadamente alta; cuando el conocimiento es profundo, aumenta la conciencia de los propios límites. En un entorno que premia la visibilidad y la certeza, la ilusión de saber puede expandirse con facilidad.
Y cuando la ilusión sustituye al estudio y la certeza reemplaza a la duda razonable, el pensamiento crítico se debilita.
Pero la dinámica no se detiene en la tecnología. Se extiende al ejercicio del poder.
Cuando el liderazgo se transforma en espectáculo permanente y el cálculo inmediato desplaza la visión de largo plazo, la estupidez deja de ser una debilidad individual y se convierte en arquitectura de poder.
El populismo emocional explota agravios reales, pero puede reducirlos a consignas que sustituyen la deliberación. La tecnocracia sin límites puede presentar decisiones como inevitables bajo la lógica de la eficiencia. En ambos extremos, el espacio para el pensamiento crítico se estrecha.
La repetición constante, la amplificación mediática y la presión por pertenecer crean climas donde disentir resulta incómodo y matizar parece debilidad. Cuando la pertenencia pesa más que la verdad y la identidad sustituye al juicio, la estupidez deja de ser una falla individual y se convierte en arquitectura de poder.
Es en ese contexto donde surgen fenómenos culturales que canalizan la indignación acumulada.
Cuando la ciudadanía percibe que la clase política ha perdido contacto con la realidad cotidiana surge un vacío de representación. Y los vacíos no permanecen vacíos. Se llenan.
Como ha señalado Fernando Ferran en Acento, la cultura contemporánea ya no reside únicamente en los espacios clásicos del saber, sino también en las expresiones populares donde hoy ocurre la conversación real de la sociedad.
En ese espacio brota una cultura popular irreverente, emocional y disruptiva que conecta con la frustración colectiva. No necesariamente nace de la maldad ni de la ignorancia. Pero en un entorno que premia la intensidad y la confrontación, esa energía puede deslizarse hacia la simplificación extrema y la descalificación constante.
La era digital no creó la estupidez, pero la acelera, la amplifica y la monetiza.
La estupidez no es una incapacidad intelectual. Es la renuncia voluntaria al pensamiento crítico bajo la influencia del poder. Es un fenómeno moral colectivo que emerge cuando abdicamos de nuestra autonomía.
Si ese es el diagnóstico, la respuesta exige recuperar el discernimiento como práctica cotidiana. Fortalecer el juicio, someter la técnica a deliberación ética, revisar instituciones cuando dejan de empoderar, evaluar consecuencias antes de actuar y defender la responsabilidad personal frente a la presión del grupo.
En medio de este tiempo convulso resurge una pregunta sencilla y devastadora, pronunciada hace más de dos mil años: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Marcos 8:36).
Respeto profundamente que cada persona tenga su propio sistema de pensamiento crítico, su forma de búsqueda y sus convicciones más íntimas. No pretendo que este análisis sea el único ni el definitivo.
Lo que sí espero, con humildad, es que sirva para que reconozcamos juntos una verdad compartida: todos necesitamos cultivar humildad para iluminar y combatir la sombra de la estupidez que habita en cada ser humano.
Porque al final, esa sombra no es de “los otros”; es también nuestra. Y solo reconociéndola con honestidad podemos empezar a disiparla, cada uno desde su lugar, con respeto mutuo y con la esperanza de un mundo un poco más lúcido y compasivo.
Disipar esa sombra no es cuestión de superioridad intelectual ni espiritual; es cuestión de honestidad humilde y de esperanza compartida en que podemos estar más apercibidos, ser más despiertos y más humanos.
El dinero no es el problema. El poder no es el problema. La fama no es el problema. El problema surge cuando dejan de ser medios y se convierten en fines en sí mismos.
Un proyecto nacional serio requiere instituciones sólidas, educación crítica y una cultura de deliberación que resista la inmediatez. Sin ese marco, cualquier plan corre el riesgo de convertirse en improvisación.
Pensar no es automático. Es un esfuerzo. En tiempos donde todo empuja a reaccionar, detenerse a pensar es un acto de responsabilidad cívica.
La sombra siempre existirá. Pero también existe la posibilidad de resistirla. Y esa posibilidad comienza, sencillamente, por no dejar de pensar.
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