¿Cómo puede una nación sin raza homogénea, sin continuidad indígena viva y atravesada por la diáspora africana, constituir una identidad sólida y creadora sin recaer en el biologismo ni en la retórica vacía?
Esta es, en el fondo, la gran pregunta que se formuló Pedro Henríquez Ureña. Todo su edificio intelectual —filología, historia cultural, crítica literaria— es una respuesta sostenida a ese dilema.
Pedro Henríquez Ureña afrontó el problema de la cultura y de la identidad dominicanas con una seriedad que excluye tanto el sentimentalismo como la improvisación ideológica. Su pensamiento no nace de una exaltación retórica de lo propio, sino de una comprensión histórica rigurosa, en la que la nación aparece como una obra lenta del tiempo y no como un accidente biológico. En él, la identidad dominicana no es un dato natural ni un residuo racial, sino un producto de la historia, decantado por la lengua, la cultura y la experiencia colectiva.
Parte Henríquez Ureña de un hecho que no intenta suavizar: en Santo Domingo desaparecieron las lenguas indígenas, y con ellas los pueblos que las hablaban. El taíno, el ciguayo y el macorije no dejaron descendencia lingüística viva ni continuidad demográfica visible. Pero este dato, que otros habrían utilizado para negar toda raíz aborigen, es invertido por su inteligencia histórica. La desaparición del indígena como sujeto biológico no significó la extinción de su cultura. Las técnicas elementales de la vida —el conuco, el cazabe, la adaptación al medio, los hábitos alimentarios y domésticos— sobrevivieron y se incorporaron a la nueva sociedad. Así, la cultura dominicana no fue un simple injerto europeo sobre tierra vacía, sino una creación original en la que lo indígena actuó como sustrato silencioso. De ahí la afirmación, tan mal comprendida, de que el dominicano es un nuevo indígena: no por sangre, sino por adaptación histórica al medio antillano.
El mismo criterio preside su análisis del elemento africano. Henríquez Ureña no lo niega ni lo desconoce; lo sitúa en su exacta dimensión histórica. La temprana decadencia económica de la colonia impidió la formación de núcleos africanos culturalmente autónomos y persistentes. El africano fue incorporado rápidamente al fondo común de la sociedad colonial, asimilado a la lengua y a las formas de vida dominantes. No hubo aquí un mosaico de culturas yuxtapuestas, sino un proceso de integración que dio lugar a un ethos compartido. La identidad dominicana no surge de la suma de razas, sino de la convergencia histórica de experiencias bajo una misma lengua y tradición.
Tuvo Henríquez Ureña que enfrentarse al derroche dialéctico de los afros centristas, que, basados exclusivamente en la pigmentación de la piel, pretenden negar la hispanidad del dominicano.
Conviene, pues, que echemos lumbres, en estas penumbras.
Como bien se ha advertido en los estudios de la rítmica antillana, el africano —al romper la síncopa— no solo alteró el compás de la música, sino que redefinió el tempo de la vida social, transformándose de objeto de explotación en un sujeto histórico activo. En nuestra música, la impronta africana es una revelación polirritmica. Ritmos como la sarandunga, los congos y la calenda dialogan con la herencia hispánica; tal es el caso de la Salve dominicana, donde el estilo amétrico español convive con el vigor de los membranófonos como los palos y el balsié. La religiosidad popular es un escenario de sincretismo cristiano-africano. Detrás de la liturgia católica, el pueblo ha preservado el culto a los luases y ritos funerarios de profunda significación comunitaria, como el baquiní o velorio del angelito y los bancos en honor a los difuntos. El negro, además, aportó modelos de organización social basados en el auxilio mutuo. La "junta" o "convite" agrícola, emparentada con el dokpwe de Dahomey, y el sistema de crédito rotativo conocido como "el San", son testimonios de una economía de resistencia que garantizó la supervivencia de la comunidad. En el imaginario de los negros perviven animales mitológicos: el baca, el galipote y en sus memorias se explayan las historias de bouki y Malice, dos personajes que provienen de los cuentos de la hiena y la liebre del Senegal, y que se asentaron primariamente en Haití, y que conviven con los cuentos de Juan Bobo y Pedro Animal. En esa materialidad se halla el meollo del influjo africano.
Es en este punto donde Henríquez Ureña introduce su noción de la hispanidad, tantas veces tergiversada. Para él, la hispanidad no es una categoría biológica ni un dogma racial. Es una expresión espiritual, una comunidad histórica fundada en la lengua y en un cierto modo de entender la vida. El español no es, en su pensamiento, un simple instrumento de comunicación; es el depósito de la memoria colectiva y el medio a través del cual se conserva la personalidad nacional. En Santo Domingo, la persistencia del idioma español, aun en medio de la pobreza, del abandono y de las sucesivas dominaciones extranjeras, fue una forma de resistencia pasiva. Mientras otras islas cambiaban de lengua y, con ella, de orientación espiritual, el pueblo dominicano conservó el español como escudo, afirmando en silencio su continuidad histórica.
A esta persistencia lingüística se suma lo que Henríquez Ureña denomina el matiz señorial de la cultura dominicana. No se trata de una vanidad aristocrática, sino del resultado de una temprana tradición universitaria y administrativa. Santo Domingo fue sede de audiencias, arzobispados y universidades cuando gran parte de América era aún frontera incierta. De ese hecho nació una gravedad, una sobriedad expresiva, una disciplina intelectual que marcaron incluso el habla popular. La ciudad fue, con justicia histórica, la Atenas del Nuevo Mundo: no por esplendor material, sino por primacía cultural.
Desde esta perspectiva se comprende el lugar central que Henríquez Ureña otorga a Santo Domingo en la historia de América. La isla fue el primer centro de americanización del español. Aquí la lengua peninsular comenzó a adaptarse al clima, al paisaje y a las realidades desconocidas del Nuevo Mundo. Aquí se incorporaron los primeros vocablos indígenas que luego se irradiaron al continente; aquí palabras castellanas adquirieron significados nuevos. Las expediciones que partieron de la isla llevaron consigo un español ya transformado, que se impuso incluso sobre denominaciones indígenas locales en tierras continentales. Santo Domingo no fue periferia, sino origen.
De esta concepción nace también su defensa frente a las acusaciones de hispanofilia. Henríquez Ureña no fue un apologista de España ni un nostálgico del imperio. Su defensa fue científica. Demostró, con rigor filológico, que el español de América no es una degeneración del castellano, sino una evolución legítima, regida por leyes históricas propias. Rechazó toda pretensión de uniformidad y sostuvo la conservación de las diferencias dentro de una armonía superior. Incluso sus colegas españoles lo reconocieron no como un hispanófilo apasionado, sino como un observador claro, consciente del valor específico de las contribuciones americanas.
Toda esta reflexión converge en lo que él llamó la “búsqueda de nuestra expresión”. La cultura hispanoamericana dejó de ser un trasplante cuando tomó conciencia de sí misma. El Romanticismo, el Modernismo y las vanguardias no fueron simples modas importadas, sino etapas de un proceso de autodefinición. Con el Modernismo, América alcanzó su mayoría de edad intelectual y devolvió a España una influencia transformada. El fin último de este proceso no era estético, sino moral e histórico: la construcción de una magna patria, una comunidad espiritual que se justificara ante la humanidad por su trabajo creador, por su sentido de justicia y por su libertad.
Así entendida, la identidad dominicana en Henríquez Ureña no es un dato natural ni una invención ideológica. Es una obra histórica, sostenida por la lengua, formada por la cultura y orientada hacia un ideal. La hispanidad, lejos de ser una nostalgia, es en él memoria activa y proyecto. Y Santo Domingo, lejos de ser un resto del pasado, es principio y fundamento.
A esta definición histórica de lo dominicano, Pedro Henríquez Ureña añade un elemento decisivo: la lengua como archivo vivo de la experiencia colectiva. No se trata únicamente de que el español haya sido conservado, sino de que, desde su primer contacto con la tierra antillana, comenzó a transformarse incorporando el mundo nuevo a su propia estructura. En Santo Domingo, antes que, en ninguna otra parte de América, el idioma dejó de ser exclusivamente peninsular para volverse americano, y esa transformación quedó fijada en palabras que no son simples curiosidades léxicas, sino huellas profundas de una civilización en gestación.
La primera de esas palabras —canoa— tiene para Henríquez Ureña un valor simbólico que rebasa su uso práctico. No es solo el nombre de un objeto desconocido para Europa, sino el primer testimonio de que la lengua española se vio obligada a reconocer la realidad americana y a nombrarla con vocablos ajenos a su tradición clásica. Que Antonio de Nebrija la registrara de inmediato, en el primer diccionario de la lengua española, revela la conciencia temprana de que algo nuevo había comenzado: la lengua imperial se abría a un mundo que no podía reducirse a categorías heredadas. Tras canoa vinieron cacique, bohío, hamaca, maíz, yuca, ají, cazabe,copey, huracán, sabana, ceiba, tabaco. No son palabras ornamentales: designan la organización social, la vivienda, la alimentación, la naturaleza misma del país. En ellas se cifra la persistencia del sustrato indígena, no como raza, sino como experiencia vital incorporada al idioma.
Henríquez Ureña subraya que estas voces, aprendidas primero en Santo Domingo, fueron llevadas por los conquistadores al continente y allí se impusieron sobre denominaciones locales. El maíz antillano sustituyó a la zara peruana; el cacique desplazó al curaca andino. Este hecho, lejos de ser anecdótico, confirma el papel rector de la isla en la formación de la cultura americana. Desde aquí se exportó no solo la lengua, sino una manera de nombrar y, por tanto, de comprender el Nuevo Mundo. Santo Domingo fue, en sentido estricto, el primer centro normativo de la americanidad.
Este proceso lingüístico no ocurrió en el vacío ni al margen de las instituciones. La temprana instalación de universidades y centros de estudio dio a la cultura dominicana un sello particular. La enseñanza del latín, obligatoria en las cátedras de artes, teología y derecho, imprimió al castellano un rigor gramatical y una sobriedad expresiva que Henríquez Ureña identifica como uno de los rasgos distintivos del habla dominicana. No fue un idioma abandonado a la improvisación popular, sino una lengua vigilada por la tradición académica. De ahí ese “matiz señorial” que no implica aristocracia social, sino disciplina intelectual.
Las universidades coloniales cumplieron, además, una función conservadora en el sentido más alto del término: evitaron la fragmentación lingüística y la formación de dialectos criollos desligados de la norma general. En Santo Domingo, la presencia constante de catedráticos, clérigos y funcionarios mantuvo el idioma próximo a sus fuentes castellanas, aun cuando el pueblo lo impregnaba de giros locales y de vocablos indígenas. Esta tensión entre tradición y adaptación es, para Henríquez Ureña, una de las claves de la identidad dominicana: una cultura capaz de asimilar lo nuevo sin disolverse.
La hispanidad en Santo Domingo: una identidad cultural, no racial
La tesis central de Pedro Henríquez Ureña, expuesta con la profundidad y elegancia que lo caracterizan, nos invita a reflexionar sobre la esencia misma de la identidad dominicana y, por extensión, de la América hispánica. Henríquez Ureña argumenta que la hispanidad no es una cuestión de pigmentación de la piel, sino una realidad cultural, lingüística e histórica que define el ser dominicano. Su razonamiento, sólido y documentado, se articula en torno a la idea de que la cultura dominicana es, en esencia, hispánica, y que pretender negar esta herencia es condenar al pueblo dominicano al silencio y a la pérdida de su identidad.
Henríquez Ureña, como el Cid Campeador del ensayo, emprendió en "El Español en Santo Domingo" una búsqueda profunda del hombre dominicano a través de su lengua. Su objetivo fue penetrar en los componentes básicos de la identidad dominicana, explorando el habla cibaeña y del sur, los indigenismos, los afronegrismos, los refranes, la prosodia, los cuentos orales y los romances. En esta obra, Henríquez Ureña identifica fisonomías regionales propias, como la vocalización de la "r" y la "l" en "i" en el Cibao, y rasgos peculiares en el Sur debido a su aislamiento histórico. Define a Santo Domingo como el primer centro de americanización del idioma,.. El romance tradicional es visto como un hábito permanente del "hombre nuevo" del Nuevo Mundo, funcionando como un vínculo primordial con la tradición hispánica. Los refranes, por su parte, son considerados parte del "excipiente" cultural que disuelve y perpetúa la identidad colectiva.
El gran ensayista dominicano nos recuerda que la hispanidad es la posesión de una lengua, una historia, unas tradiciones y un legado literario que se han fusionado en el crisol de la experiencia colonial. La lengua castellana, traída por los conquistadores, se adaptó a las necesidades del Nuevo Mundo, incorporando elementos indígenas y africanos, pero conservando su esencia señorial. Esta lengua es el instrumento sutil que nos une y que expresa nuestra identidad nacional. La literatura oral, los refranes, los cuentos populares y las tradiciones culturales son testimonio vivo de esta herencia hispánica que se ha transformado y enriquecido en la tierra dominicana. No somos una raza biológica, sino un "pequeño género humano" como dijo alguna vez Simón Bolivar. Pertenecemos a la Romania, esa comunidad de espíritu que Roma organizó y que España trajo a estas orillas, permitiéndonos movernos con libertad dentro de una tradición universal. La búsqueda de nuestra expresión genuina no se logra enmudeciendo al pueblo, sino ensanchando el campo espiritual y reconociendo que nuestra personalidad internacional se afirma como original y distintiva precisamente sobre esa base hispánica. Todo nuestro ser se halla en esa realidad viva y dinámica en la que se expresa nuestro pensamiento, valores, tradiciones, el legado artístico, musical y literario que hemos recibido, y en el que se explaya nuestro modo de ser. Es en esa materialidad, y no en los entresijos biológicos de la raza, donde Henriquez Ureña, con la paciencia de un arqueólogo reconstruye el fundamento de nuestra hispanidad.
Referencias bibliográficas
- Henríquez Ureña, P. (1905). Ensayos críticos. La Habana. • Henríquez Ureña, P. (1910). Horas de estudio. París.
- Henríquez Ureña, P. (1925). La utopía de América. La Plata.
- Henríquez Ureña, P. (1928). Seis ensayos en busca de nuestra expresión. Buenos Aires.
- Henríquez Ureña, P. (1936). La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo. Buenos Aires.
- Henríquez Ureña, P. (1940). Plenitud de España. Buenos Aires.
- Henríquez Ureña, P. (1966). Historia de la cultura en la América Hispánica (8.ª ed.). México: Fondo de Cultura Económica. (Obra de publicación póstuma original en 1947).
• Henríquez Ureña, P. (s. f.). Ensayos: Edición crítica (J. L. Abellán y A. M. Barrenechea, Coord..). ALLCA XX. • Henríquez Ureña, M. (2022). Panorama histórico de la literatura dominicana: Tomos I y II. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc. (Obra producto de conferencias dictadas en 1944 y publicada originalmente en 1945).
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