El pasado 30 de julio Fernando Ferrán publicó un interesante artículo a propósito de otro en The Guardian titulado: ¿Por qué todo se siente tan carente de alegría? Bienvenidos a la era de la decadencia sin placer. A partir de esa reflexión, escogimos dos temas para desarrollar en nuestros artículos.

El primero es lo que el autor denomina una "crisis de historicidad": la pérdida de la facultad para imaginar y luchar por un porvenir distinto al presente, que abordaremos como la crisis de los proyectos colectivos. El segundo es el "malestar profundo de nuestro tiempo", caracterizado por una extendida sensación de apatía, vacío y pérdida de entusiasmo vital, que examinaremos desde la perspectiva del incremento del malestar y la infelicidad en el mundo contemporáneo.

El agotamiento de los grandes relatos

La dificultad para aglutinar personas en torno a grandes cambios y propuestas sociales no es un fenómeno coyuntural, sino el resultado de procesos que se han intensificado en las últimas décadas. Durante buena parte del siglo XX fue posible organizar y movilizar grandes masas mediante propuestas que integraban al individuo dentro del colectivo, como la lucha por los derechos civiles, la ampliación de la participación y la democracia, el voto femenino, la liberación nacional y la revolución socialista, entre otras.

Sin embargo, los escándalos de todo tipo, la corrupción y las promesas incumplidas, desacreditaron muchos proyectos y extendieron la desconfianza hacia cualquier narrativa que prometiera un futuro mejor. Se debilitó la confianza indispensable para cualquier empresa común y, sin confianza, no hay organización y, sin organización, difícilmente hay cambio social, por intenso que sea el descontento.

La crisis de grandes proyectos de la modernidad ha dejado tras sí una multiplicidad de causas legítimas, pero también una creciente dificultad para integrarlas en un propósito común. Sin una narración capaz de articular intereses y reivindicaciones particulares, dentro de una propuesta compartida, cada lucha corre el riesgo de permanecer confinada a un ámbito reducido. Hace ya varias décadas que Lyotard advirtió, en su célebre condición postmoderna, sobre la pérdida de credibilidad de los metarrelatos que habían legitimado y conferido sentido unitario a los proyectos modernos.

La disolución de los espacios compartidos

Al vacío dejado por los grandes relatos se sumó una transformación silenciosa de la sociedad que ha venido disolviendo las bases sociales de la acción colectiva. Se han debilitado los espacios generadores de experiencias comunes, como las fábricas y empresas donde se trabajaba durante décadas con las mismas personas; el barrio donde se compartía asiduamente y se permanecía toda la vida, el club popular, la parroquia y el sindicato. Esos entornos producían insumos imprescindibles para cualquier proyecto compartido: identidad, confianza mutua y conciencia de un destino común, nacido de interacciones reiteradas.

La desindustrialización, la tercerización, la subcontratación, el trabajo autónomo (freelance), el teletrabajo, el emprendimiento individual, el empleo por proyectos y resultados, las plataformas de servicios como UBER y Pedidos Ya, la rotación laboral, la movilidad residencial y la migración reducen la convivencia continua entre personas bajo condiciones semejantes, erosionando los espacios donde antes se formaban identidades comunes.

Sin encuentros frecuentes, experiencias compartidas y vínculos de confianza resulta más difícil pasar de la queja individual a la conciencia grupal. La organización colectiva exige tiempo, estabilidad y relaciones duraderas, precisamente aquello que las actuales formas de producción y de vida tienden a debilitar. Quienes cambian continuamente de empleo o residencia, quienes intercambian poco con sus vecinos y quienes trabajan aislados en sus casas o en empresas, no tienen verdaderos compañeros ni vecinos; tienen contactos. Y los contactos forman redes, no necesariamente movimientos.

La fragmentación del malestar y la privatización de las soluciones

Las inconformidades, el malestar y las quejas no han desaparecido, como tampoco las aspiraciones y deseos de una vida mejor. Sin embargo, la creciente diversidad y fragmentación dificultan la formulación de un diagnóstico común y la articulación de un proyecto compartido. Muchas personas reconocen los problemas que las afectan, pero discrepan sobre sus causas y posibles soluciones. Se acumulan así numerosos descontentos individuales que no logran converger en una voluntad colectiva.

A esta pérdida de horizontes se suma la expansión del individualismo como forma dominante de interpretar el mundo y actuar en él. Las aspiraciones se han privatizado y los problemas que anteriormente reclamaban soluciones colectivas son presentados cada vez más como dificultades que cada persona debe resolver mediante decisiones privadas: mejorar su formación, cuidar su salud, disponer de una cisterna o una planta eléctrica propia, fortalecer su marca personal y convertirse en empresario de sí mismo.

De este modo, la precariedad laboral se interpreta como falta de competencias; el desempleo, como ausencia de iniciativa; el agotamiento, como mala administración del tiempo; y la soledad, como insuficiente inteligencia emocional.

Buena parte de las prácticas contemporáneas gira alrededor del consumo intensivo de series, el desplazamiento interminable por las redes sociales, los videojuegos, la pornografía, las apuestas en línea y las compras impulsivas. Actividades que, en general, no requieren reciprocidad ni compañía. El resultado es una sociedad donde la carencia y la satisfacción se gestionan de forma individual, alejado de la posibilidad de imaginar y construir un futuro compartido.

La privatización de las soluciones no permite ver que determinadas condiciones estructurales solo pueden transformarse mediante la organización y la acción colectiva. Una población entrenada para buscar salidas individuales a problemas estructurales no es el sujeto más idóneo para asumir compromisos sociales.

Esta nueva situación obliga incluso a reformular el lenguaje de las convocatorias a protestas y movilizaciones. Al denunciar la corrupción, puede resultar más eficaz referirse a la relación directa de cada quien con su dinero, denunciando que la corrupción mete la mano en tu bolsillo, roba “tu dinero” y se lleva “tus chelitos”. En lugar de decir que se sustraen recursos destinados a mejores servicios públicos, a mayores obras estatales o a mejores oportunidades para los más pobres.

De ahí que corrientes como el neoliberalismo y las ideologías de ultraderecha, que de alguna forma promocionan el amor al dinero y responsabilizan al otro de su situación calamitosa, encuentren terreno fértil en la actualidad, reproduciendo y potencializando la subjetividad política conservadora de una parte considerable de la población.

Burbujas digitales y diagnósticos irreconciliables

Sobre este terreno ya fragmentado actúan las tecnologías recientes, debilitando aún más el espacio público y contribuyendo a producir nuevas formas de soledad masiva. Los antiguos medios de comunicación, la prensa, la radio y la televisión, pese a todos sus defectos, ayudaban a producir una agenda compartida, transmitiendo hechos y debates que gran parte de la sociedad conocía simultáneamente y sobre los cuales podía intercambiar y debatir.

Las plataformas digitales, en cambio, segmentan a sus usuarios de acuerdo con sus preferencias e identidades. Crean comunidades y tribus modernas que con frecuencia permanecen aisladas entre sí, construyendo burbujas y cámaras de eco adaptadas a los intereses, creencias y perfiles de búsqueda de cada quien.

Estas comunidades también favorecen la vigilancia mutua, pasiva y activa, dentro del propio grupo y la descalificación inmediata de quienes consideran contrarios. El resultado es una esfera pública fragmentada en la que diversos grupos no solo discrepan sobre las soluciones, sino también sobre los hechos, problemas y sus causas.

La realidad es que ya no compartimos ni siquiera el diagnóstico. Mientras unos ven un ataque, otros denuncian un montaje y una operación de bandera falsa; mientras unos alegan fraude electoral, otros consideran que se intenta desconocer la voluntad popular; mientras unos interpretan un fenómeno como una evidencia del calentamiento global, otros lo atribuyen a una variación natural instrumentalizada con fines políticos. Por eso resulta muy difícil aglutinar a personas en torno a una situación cuyo diagnóstico y consecuencias difieren radicalmente.

El activismo de baja intensidad

Las plataformas han reducido enormemente el costo de convocar y permiten movilizaciones rápidas, pero dificultan su conversión en estructuras estables. También han transformado la participación política al favorecer la ilusión de un activismo que exige muy poco y que incide muy poco en la realidad.

La adhesión digital suele requerir escaso tiempo y compromiso: firmar una petición, compartir una consigna, cambiar la foto de perfil o sumarse a una tendencia puede producir la satisfacción de haber sido “consciente”, de haber tomado partido, sin el costo del compromiso real, como asistir a reuniones, aceptar responsabilidades, dedicar tiempo, contribuir con recursos económicos y sostener el esfuerzo cuando el evento no está de moda. Nunca había sido tan sencillo apoyar públicamente una causa y, al mismo tiempo, pocas veces había sido tan difícil construir las estructuras capaces de sostenerla.

Ese activismo de baja intensidad explica las movilizaciones que, gracias a la viralidad, llenan las redes y plazas en días, pero se disuelven con igual rapidez porque carecen de estructuras, liderazgos sostenidos y compromisos duraderos. Las tecnologías abarataron la convocatoria, pero no la verdadera adherencia y lealtad a la causa. Sumarse cuesta poco, pero permanecer exige mucho más.

Atención fragmentada y sociedad del cansancio

El uso intensivo de los dispositivos y las plataformas digitales fragmentan la atención al entrenarla para saltar rápidamente de un estímulo a otro, recompensando la novedad y castigando la permanencia. Esta dinámica debilita la capacidad de sostener el interés, los vínculos y compromisos a largo plazo. Pero las grandes causas sociales, en cambio, requieren enfoque y constancia durante procesos que suelen ser lentos, monótonos y hasta aburridos.

Una ciudadanía atrapada en “scrolles” o desplazamientos infinitos frente a la pantalla, encuentra fatigoso los tiempos propios del verdadero compromiso político. De ahí que la indignación dure lo que dura la tendencia, que un titular sepulte al siguiente y que las primicias despierten mucho más interés que los análisis profundos y acuciosos.

Las plataformas digitales explotan los circuitos cerebrales de recompensa mediante estímulos breves, variables y repetidos, generando una dependencia dopamínica y una demanda constante de recompensa inmediata. Cada notificación, video breve o nuevo post en X promete una pequeña descarga de placer que debe renovarse sin demora. Además, la comida, el entretenimiento, la compañía y los estímulos sexuales están disponibles en pocos minutos, con escaso esfuerzo y sin necesidad de abandonar la habitación, con lo que se pierden la necesidad de otros y el entrenamiento en la postergación de la gratificación que toda lucha prolongada exige.

A esta fragmentación se suma lo que Byung-Chul Han denomina la “sociedad del cansancio”: un orden que convierte a cada persona en gestora y explotadora de sí misma. Sometidos a la exigencia permanente de rendir y superarnos, quedamos agotados de forma extrema (burnout), disponiendo de menos tiempo, voluntad y energía para comprometernos con proyectos comunitarios y sociales.

Una historia todavía abierta

La sociedad contemporánea está más conectada que nunca en términos tecnológicos, pero también más atomizada y políticamente desmovilizada. La articulación necesaria para impulsar grandes cambios sociales exige hoy reconstruir la confianza interpersonal, recuperar la atención dispersa y fragmentada, fortalecer el pensamiento crítico y reflexivo, y reducir la sobrecarga individual derivada de las obligaciones laborales y económicas. Sin estas condiciones mínimas, las propuestas de transformación social seguirán chocando con el muro de la dispersión, la inmediatez y la apatía generalizada.

La lucha por grandes transformaciones no es imposible, pero sí mucho más difícil bajo las condiciones actuales. Sin embargo, mientras se conserve la capacidad de imaginar un porvenir distinto del presente y de trabajar por él de forma mancomunada, la historia permanecerá abierta a la construcción humana deliberada.

Alejandro Moliné

Ingeniero civil

Formación en ingeniería, economía y administración de empresas. Experiencia en proyectos sociales e instituciones públicas del área de salud y seguridad social

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