De repente, el mundo parece haberse convertido en una olla de grillos. Todo suena al mismo tiempo, sin armonía ni dirección clara. Lo que antes parecía firme hoy es frágil, y lo que se presentaba como norma ahora se revela como excepción.
Debemos reconocer que los últimos ochenta años que solemos invocar como referencia de orden estuvieron llenos de contradicciones profundas. Mientras se proclamaban principios universales, se toleraban horrores difíciles de justificar: Hiroshima, el napalm sobre civiles, la pasividad ante genocidios, la tortura institucionalizada, ocupaciones silenciadas y minorías reprimidas sin sanciones reales en nombre de intereses diversos.
Ese orden internacional funcionó, en gran medida, sobre una hipocresía estructural: la aplicación selectiva de normas según conveniencia estratégica. Durante la Guerra Fría, ese equilibrio evitó enfrentamientos directos entre potencias, pero también legitimó silencios y dobles estándares. Los derechos humanos se defendían cuando era útil y se relativizaban cuando resultaban incómodos.
Esa hipocresía actuó como contención, pero terminó erosionando la credibilidad del sistema. Hoy, esa erosión se hace visible: los mecanismos que antes contenían las tensiones se debilitan y el resultado es un escenario de fricción constante, donde múltiples crisis conviven y compiten por atención.
En este contexto emergen liderazgos con un tono cada vez más mesiánico y confrontativo. Figuras que simplifican la complejidad en relatos de redención y amenaza, que hablan de destruir sistemas enteros con una ligereza alucinante y que convierten incluso a referentes morales o religiosos en adversarios simbólicos. Este lenguaje degrada el debate público, normaliza los extremos y amplifica la polarización.
Sin embargo, la retórica no es poder absoluto. Esperemos que persistan límites reales: interdependencias económicas, equilibrios políticos y costes materiales que dificultan que esas amenazas se traduzcan en acciones irreversibles.
Pero hay otra dimensión que complica aún más el cuadro. El «mundo patas arriba» no es percibido por todos de la misma manera. Para quienes siguen de cerca la geopolítica, la sensación de vértigo es constante. Al mismo tiempo, amplios sectores de la vida cotidiana continúan con una sorprendente normalidad. La economía global no se detiene, las ciudades siguen llenas. Actividades como el turismo incluso se aprovechan de la crisis, prosperan en medio de la incertidumbre, como ocurre en destinos como la República Dominicana.
El mundo, en realidad, siempre ha funcionado con distintos niveles de intensidad simultáneos: crisis profundas en algunos lugares, continuidad en otros. Lo que hoy cambia es nuestra exposición constante a todas las situaciones al mismo tiempo. Nada se detiene: los conflictos siguen, las crisis persisten y los problemas estructurales no desaparecen, aunque la atención se desplace.
Y es precisamente en ese terreno donde surge el mayor riesgo. Están ganando espacio discursos y prácticas que parecían inimaginables. Se normalizan los extremos y se toleran abusos en nombre del orden, la seguridad o el interés nacional. Cuando esa lógica encuentra viento a favor, el tiempo empieza a jugar en contra de la sensatez.
La incomodidad, entonces, no es solo intelectual, es también moral. Obliga a reconocer que muchas de las líneas que se creían firmes eran más frágiles de lo que parecían, y que ciertos silencios del pasado —frente a minorías reprimidas, conflictos ignorados o discriminaciones toleradas— no han desaparecido, sino que corren el riesgo de ampliarse.
La cuestión no es solo si el mundo está patas arriba, sino qué estamos dispuestos a aceptar como normal. Porque entre la hipocresía de ayer y la crudeza de hoy, lo que está en juego no es únicamente la coherencia del sistema, sino la capacidad real de poner límites antes de que lo inaceptable deje de parecerlo.
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