Una joven flacucha entró a la consulta con dos adolescentes de la mano.
Las muchachas, cuidadosamente vestidas, el pelo recogido con lazos rosados.
La madre, apresurada, lucía agotada. En sus manos se podía tocar el amor con que las sostenía.
Desde ese momento sentí una desprotección conocida:
la de quienes cuidan sin ser cuidadas,
la de quienes sostienen hasta el agotamiento,
hasta el infinito… o hasta enfermar.
No es una excepción.
Es un mandato.
¿Se ama porque se cuida,
o se cuida porque se ama?
¿Y quién cuida a quienes sostienen?
Hoy, una de esas hijas, ya mujer, se sienta frente a mí.
No somos perfectas.
Somos humanas.
En algún momento nos habita el vacío; nos sentimos rotas, fracasadas, hemos sentido que nada funciona.
Pero incluso en la caída, muchas seguimos intentando sostenerlo todo.
A pesar de la exigencia, nadie está exenta de caer.
Y cuando se cae una hija,
tiembla todo.
También tiembla esa idea silenciosa de que las mujeres podemos con todo,
de que cuidar es natural, infinito, inagotable.
Ante la oscuridad, siento la necesidad de abrazarte.
Un abrazo que te contenga,
que te lleve a la fuente divina,
a ese lugar donde la paz vuelve a habitar tu cuerpo.
Hoy quisiera ofrecerte un refugio,
protegerte,
asegurarte que nada te va a pasar,
que, aunque no lo sientas, todo volverá a estar bien.
Pero también quisiera que no tuvieras que llegar hasta aquí para ser sostenida.
No estás sola.
Un grupo de mujeres te sostiene
hasta que puedas ver tu luz y volver a caminar por ti misma.
Porque sostener también debería ser compartido.
Está bien pedir ayuda.
Está bien dejarse cuidar.
Está bien descansar.
Hoy, más que medicamentos,
quiero ofrecerte un amor que cuida, que sostiene, que no juzga.
Un amor que acompaña el dolor del alma.
Desde siempre,
y hasta el infinitito,
estaré aquí para ti.
Que la energía que te habita
siga latiendo en silencio,
hasta que puedas volver a oírla.
Hoy quiero abrazarte
hasta que deje de doler.
Compartir esta nota