Durante años nos dijeron que el futuro sería una discusión entre aplicaciones, mercados y derechos digitales. Pero el mundo regresó, una vez más, al lenguaje más antiguo de la historia: corredores marítimos, minerales estratégicos, drones, misiles, propaganda y miedo.

China ya no habla como una potencia emergente. Habla como una civilización convencida de que ha esperado demasiado tiempo. Xi Jinping parece observar a Estados Unidos con una paciencia geológica heredada de Mao: resistir, desgastar, avanzar. No necesita una victoria inmediata; le basta con sobrevivir al agotamiento moral y político de Occidente. Mientras Washington se desgasta entre pleitos periféricos, polarización interna, fatiga institucional y un liderazgo tan carismático como errático, Pekín acumula industria, tecnología y tiempo.

La gran novedad es que la guerra contemporánea ya no se parece a las antiguas guerras imperiales. Hoy, un dron barato puede humillar a un ejército multimillonario. Ucrania lo entendió antes que nadie. Rusia, la potencia nuclear que debía aplastar Kiev en cuestión de semanas, terminó atrapada en un conflicto más prolongado que su propia participación en la Segunda Guerra Mundial: desgastada, vulnerable incluso en Moscú. Hasta el desfile del Día de la Victoria pareció organizado bajo temor. Y cuando una potencia teme a su propio cielo, algo profundo ha cambiado.

Lo mismo ocurre en Medio Oriente. Irán no derrotó militarmente a Estados Unidos: descubrió algo más eficaz: el caos energético, los estrechos marítimos y la guerra tecnológica pueden desgastar a un imponente imperio sin necesidad de invadirlo. La geografía volvió a convertirse en un arma. Y los drones, otra vez, como la honda de David, reescribieron la relación entre débiles y fuertes.

En medio del ancho mar, el Caribe escucha motores aéreos. Incluso sobre el gran Santo Domingo.

República Dominicana extiende permisos, aterrizan aviones militares estadounidenses en San Isidro y el AILA, y Cuba resucita como fantasma geopolítico. Las islas siempre parecen pequeñas… hasta que las grandes potencias vuelven a mirarlas.

Entonces el mar deja de ser paisaje y se convierte en tablero. Por pacífico que sea, hasta en Taiwán también.

Trump amenaza. Xi calcula. Putin resiste. Zelenski aprende a negociar desde la fatiga. Musk pelea su propia guerra digital por influencia, relato y control tecnológico. Y debajo de todos ellos aparece el mismo hilo histórico: ninguna transición ocurre sin envidia y resentimiento entre mortales, combates a muerte y buen uso de la tecnología.

Porque el verdadero combustible de esta época no es solamente la inteligencia artificial ni las tierras raras. Es el agotamiento humano. Sociedades enteras convencidas de haber sido humilladas, desplazadas o engañadas. Naciones que ya no quieren cooperar sino corregir agravios históricos. El siglo XXI no canceló los viejos impulsos tribales; les dio satélites, conexión 5G e IA.

La historia nunca se repite exactamente. Pero rima con una precisión inquietante.

Cada cierto tiempo, la humanidad moderniza sus herramientas. Cambian los uniformes. Cambian las pantallas. Cambian las palabras y conserva intactos sus viejos instintos. Porque toda transición sigue edificándose sobre la misma trilogía brutal: tecnología para dominar, sangre para derramar y relatos para justificar la discordia.

Y mientras los líderes hablan hoy de paz, de islas y de comercio en las cumbres, el mundo entero vuelve a llorar sus muertos y se impone la condición humana a la velocidad del ruido militar y del humo de las palabras y de los cañones.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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