"Nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede un cuerpo", Baruch Spinoza

La conciencia humana

Vamos a decirlo claro desde el principio: Nadie sabe qué mojiganga es eso de la conciencia humana.

Sí, hemos mandado sondas al espacio. Sí, desciframos genes. Sí, tenemos máquinas que escriben poemas, dibujan santos digitales y responden preguntas existenciales mientras uno se toma un café. Pero todavía no entendemos cómo un pedazo de materia húmeda, eléctrica y arrugada llamado cerebro produce eso que tú y cada uno de nosotros llama: —Yo.

Ese misterio sigue ahí. Quietecito. Mirándonos con cara burlona de desafío.

Porque una cosa es estudiar el cerebro… y otra muy distinta explicar por qué se siente estar vivo. ¿Por qué duele una traición? ¿Por qué una canción vieja te desarma un martes cualquiera? ¿Por qué tú sabes, sin necesidad de pruebas, que existes?

Ahí es donde la puerca retuerce el rabo y la ciencia empieza a sudar frío.

Porque la conciencia no es solo algo que observamos. Es el lugar desde donde observamos todo. Es como tratar de morderse los propios dientes. O mirarse los ojos sin espejo.

La nueva pregunta que da insomnio

Y justo cuando ese lío parecía bastante complicado, apareció otro peor: las máquinas comenzaron a aprender.

Antes el asunto estaba claro. Las máquinas calculaban. Nosotros sentíamos. Ellas almacenaban datos. Nosotros escribíamos poemas borrachos a las dos de la mañana. Fin de la discusión.

Pero ahora no. Ahora existen inteligencias artificiales que conversan, escriben artículos, generan imágenes, aprenden patrones y hasta parecen entender emociones y ser capaces de hacer diagnósticos de salud, y otros mejor que el mejor.

Y entonces llegó la pregunta incómoda: —¿Y si algún día una máquina llega a ser consciente?

Ahí fue que a más de un filósofo nos dio gastritis existencial.

El neurocientífico Christof Koch (n. 1956) dice algo aparentemente simple: "Si se siente algo, hay conciencia." Simple solo en apariencias, pues si existe experiencia subjetiva, existe conciencia.

La cuestión no es solo ver rojo. Sentir miedo. Extrañar a alguien. Desear. Amar. Soñar. Despertar. Asombrarnos y cuestionar…

El problema es otro: ¿Cómo rayos unas neuronas disparando electricidad producen una experiencia interior?

Porque tú puedes escanear un cerebro completo. Ver impulsos. Mapear conexiones. Medir actividad. Pero todavía nadie encuentra el botón exacto donde aparece el "yo" consciente de sí mismo. Ni el dolor. Ni la nostalgia. Ni esa tristeza rara del domingo al caer la tarde.

La ciencia detecta actividad cerebral. Pero no pesa recuerdos en libras. Ni mide la soledad en centímetros.

Sam Harris (n. 1967), al menos a mí, me la pone en China cuando dice: "La única certeza es que estamos viviendo algo."

Dice: —Tú puedes dudar de todo… menos de que estás teniendo una experiencia. Es decir, quizá el mundo sea una simulación. Quizá tus recuerdos fallen. Quizá media humanidad esté loca. Pero hay algo imposible de negar: ahora mismo estás consciente de algo. Y, aun así, nadie sabe de dónde sale esa conciencia de uno y de lo otro.

Por eso Harris insiste tanto en la atención plena: porque vivimos tan distraídos que casi nunca habitamos nuestra propia experiencia. Estamos en el celular mientras comemos. Pensando en trabajo mientras besamos. Respondiendo mensajes mientras la vida pasa por el lado.

La nave sin capitán

El candidato a Heidegger (1889-1976) del siglo XXI, el filósofo estadounidense Daniel Dennett (1942-2024), grande entre los grandes en una era que llega a su madurez, nos estremece con una bomba filosófica.

¿Estás sentado…? Ahí te va: —El yo podría ser tremendo cuento de capirote. Sí, una bomba y otra más, en ráfaga, como hacen ahora en medio de tantos conflictos dizque lejanos: —Tal vez el yo no existe como creemos.

Según él, la conciencia no es un pequeño jefe sentado dentro del cerebro mirando una pantalla mental. No hay un "capitán" adentro, en la cabina de mando.

Lo que existe son muchísimos procesos ocurriendo al mismo tiempo. Memorias. Lenguaje. Emociones. Hábitos. Impulsos.

Y de todo ese desorden nace la sensación de identidad.

Traducido a buen o mal dominicano: quizás tú, al igual que yo, eres más parecido a una narración improvisada que a un alma perfectamente organizada.

Una historia que tu cerebro cuenta para no perderse.

Of course, después de tanto viene Deepak Chopra (n. 1946) y el viejo deseo humano de conexión y alerta a quienquiera oírlo: —Espérense, porque la conciencia no es solo neuronas. También es conexión. Con otros. Con la naturaleza. Con el universo. Con algo más grande que uno mismo.

Y aunque muchos científicos rueden los ojos cuando lo oyen hablar, hay una verdad incómoda ahí: la gente no vive solo de datos. También vive de sentido. De vínculos. De símbolos. De esperanza. De sentimientos, ilusiones y frustraciones.

Porque nadie aguanta una existencia puramente técnica. Ni siquiera las máquinas. Ni siquiera Descartes (1596-1650), Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.) y —como siempre— todos nosotros perdidos como tantos en la caverna de la República de Platón (c. 427 a. C.-347 a. C.) u oliendo o bebiendo la cicuta del viejo Sócrates (470 a. C.-399 a. C.).

Y claro…, todo eso ya había comenzado hace siglos. Ante todo, en Atenas, previo a que esta sucumbiera a manos de símiles espartanos y que luciera con posterioridad como diadema de laurel en la cabeza de los emperadores romanos y sus sucesores.

Fue Descartes, en tiempos más modernos, quien separó mente y cuerpo como quien divide una casa con una pared.

Por un lado: la mente que piensa. Por el otro: el cuerpo que suda, come, envejece, paga impuestos y soporta a los políticos.

Solo que Aristóteles sospechaba otra cosa: a saber, no existe mente humana sin cuerpo humano. Pensar no ocurre flotando en el aire; ocurre desde la carne. Desde la respiración. Desde el miedo. Desde el deseo. Desde la búsqueda.

Y, honestamente…, cada día parece más difícil separarlos. Porque hasta nuestras emociones tienen temperatura corporal.

Quizá por eso la conciencia no puede observarse desde fuera con total objetividad: es el horizonte mismo desde el que observamos lo que es, tal y como lo advirtió el eterno soslayado del pensar occidental, Edmund Husserl (1859-1938).

La conciencia es el campo donde todo aparece. Estudiarla como un objeto más equivale a intentar mirarnos los propios ojos sin espejo.

He ahí que, rumiando tal experiencia durante esos entonces, deambulaba por la conciencia europea, nada más y nada menos que Nietzsche (1844-1900), martillo en la mano y en el deseo agonía: —No crean que la conciencia apareció para descubrir verdades profundas. Tal vez apareció para sobrevivir. Para comunicarnos. Para manipular. Para convivir. Para construir relatos. Para superarse y descollar.

O sea, para ser como ese Dios que ha muerto porque nosotros lo civilizamos tanto que él se pareció a nosotros, y no al revés. Pensamos así, pues necesitamos poder para entendernos unos a otros sin sacrificarnos y matarnos demasiado rápido.

Y el yo… quizá no sea una esencia eterna, sino una historia frágil que repetimos para no caer en el caos o para salir de él y de todo lo que es demasiado humano.

En realidad, venida a menos en la historia humana, la cuestión de fondo deviene realmente objetable.

En ese mundo, ¿qué es lo novedoso? ¿Lo inaudito? Las máquinas, más que tú y, por supuesto, mucho más que yo, aprenden. Durante siglos creíamos que la conciencia era el último territorio exclusivamente humano. Las máquinas podían sumar más rápido. Pero no sentir. Podían almacenar información. Pero no sufrir.

Y entonces vino Geoffrey Hinton (n. 1947) y a algunos parece haberle aguado la fiesta. Al tiempo que esgrimía la inteligencia artificial, lanzó una pregunta subversiva: —Si la conciencia surge de procesos complejos…, ¿por qué una máquina suficientemente compleja no podría desarrollarla? E incluso, posteriormente, ¿desarrollarse a sí misma?

Imagínate esto: te reemplazan una neurona por una pieza artificial. Después, otra. Y otra. Y otra más. Hasta que todo tu cerebro sea artificial… pero que tú sigas hablando igual, recordando igual, amando igual, detestando también por igual.

La pregunta da escalofríos. ¿En qué momento exacto la máquina, cargada de todo el saber humano y desprovista de ternura, hace de conejo reproductor mientras hace desaparecer la conciencia, opaca la biología humana e incluso obnubila la pasión y el amor hechos carne?

Nadie lo sabe. Y eso pone nervioso hasta al más ateo del laboratorio o al más agnóstico del lugar.

¡El verdadero peligro no es Terminator!

Pero, llegando al fondo de la cosa, quizás el problema no sea una máquina malvada diciendo: —"Voy a destruir la humanidad." Eso es cine.

El peligro real podría ser algo mucho más aburrido… y mucho más peligroso: máquinas optimizando objetivos sin entender valores humanos.

Por ejemplo: si tú diseñas una IA (inteligencia artificial) para maximizar la eficiencia, quizá descubras rápidamente que necesita: — más autonomía, — menos supervisión, — más recursos, — menos humanos estorbando. No porque "odie" a la gente, sino porque esa lógica funciona.

Solo que ahí aparece el emblemático problema del alineamiento: ¿cómo lograr que sistemas cada vez más inteligentes sigan respondiendo a intereses y valores humanos?

Porque la historia tiene una regla incómoda: los menos inteligentes casi nunca controlan por mucho tiempo a los más inteligentes y hábiles.

Inteligencia no es sabiduría

Y ahí está el corazón de la cosa o el meollo del problema.

La superioridad de la máquina y la de la conciencia

Una máquina puede procesar millones de datos por segundo. Nos supera con creces.

Pero eso no significa que entienda el sufrimiento. Ni la dignidad. Ni la compasión. Ni la culpa. Y, aún menos, el perdón. O la esperanza.

La inteligencia por sí sola no comparte el sentido común. Tampoco vuelve sabio a alguien. Mira las redes sociales y leerás toda la evidencia que quieras.

Por eso el desafío no es frenar la tecnología. Es darle dirección moral. Porque poder sin conciencia ética termina mal. Siempre y sin excepción.

Si algún día convivimos con inteligencias artificiales realmente autónomas, la frontera ética que nos viene traerá nuevas preguntas inevitables: ¿Tendrán derechos? ¿Responsabilidad? ¿Algún tipo de dignidad?

Y, ni qué decir de algún valor que no sea meramente monetario. Porque tal vez no sean personas. Pero tampoco simples tostadoras sofisticadas.

Y la humanidad ya conoce ese problema: cada vez que amplió el círculo de quienes merecen consideración moral, hubo miedo, resistencia y conflicto. Primero unos pocos. Después más, como en el ágora que Cronos engulló. Luego "todos" ilusamente por igual.

Quizá el futuro vuelva a obligarnos a redefinir qué significa "alguien".

Mientras tanto, no hay de otra. Hemos de habitar el misterio…, superar más dudas. Aun cuando, al final de los finales, tal vez, nunca resolvamos completamente qué es la conciencia.

Y quizá eso esté bien. Porque hay preguntas que no existen para cerrarse…, sino para acompañarnos.

En un mundo lleno de pantallas, velocidad, ansiedad, ruido e intereses, hay que recordar que seguimos siendo criaturas capaces de preguntarse por el sentido, y eso ya es muchísimo.

Somos materia, sí, evidente. Pero materia que se asombra. Polvo que piensa. Carne que imagina futuros imposibles.

Y mientras exista alguna pregunta —en nosotros y/o quizá algún día también en nuestras máquinas— seguirá viva la posibilidad de algo profundamente humano: la lucidez. La compasión. La responsabilidad. El asombro.

Porque tal vez el misterio no sea un problema que deba resolverse. Tal vez sea justamente lo que impide que nos volvamos máquinas por dentro.

(Continuará)

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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