Europa no es que no quiera. Es que la realidad va demostrando, lentamente y sin estridencias, que no puede. No puede combatir como antes. No puede sostener una guerra larga como las que forjaron su historia. Y, sobre todo, no puede arriesgarse a entrar en un gran conflicto bélico sin el temor secreto de sufrir pérdidas que hoy sus sociedades ya no están dispuestas a soportar.

Ese temor —que no siempre se dice en voz alta— explica muchas cosas. Explica, por ejemplo, la fría reacción de varios gobiernos europeos ante la propuesta del presidente Donald Trump de organizar una operación internacional que garantice el paso marítimo por el Estrecho de Ormuz, ese angosto corredor por donde circula una quinta parte del petróleo del mundo.

Europa sabe que el cierre de ese estrecho puede sacudir la economía global. Pero también sabe que garantizar su reapertura implicaría algo más que declaraciones diplomáticas: implicaría asumir riesgos militares en una región volátil, donde cualquier error puede convertir una operación naval en una guerra abierta. Y Europa ya no está hecha para guerras abiertas.

Durante décadas el continente creyó haber escapado de la historia. Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, los europeos decidieron que su destino no volvería a escribirse con divisiones blindadas ni con bombarderos, sino con tratados, mercados comunes y largas negociaciones en Bruselas.

Era una decisión comprensible. La guerra había destruido ciudades, familias y generaciones enteras. De aquellas ruinas nació la convicción de que el futuro debía construirse sobre el comercio, la integración y la prosperidad compartida.

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Estados Unidos mantenía el escudo militar que protegía al continente. A través de la OTAN, Washington garantizó durante ocho décadas la seguridad estratégica de Europa. Ese paraguas permitió algo que parecía milagroso: los europeos pudieron reducir ejércitos, cerrar cuarteles, recortar presupuestos militares y dedicar enormes recursos al bienestar social.

Los arsenales fueron sustituidos por hospitales. Los cuarteles por universidades. Las fábricas de armas por ciudades tranquilas donde la guerra parecía un recuerdo remoto.

Pero la historia, como el mar, nunca se retira del todo. Recientes reportajes periodísticos han vuelto a poner en evidencia una realidad incómoda. Europa intenta reaccionar ante las crisis del Medio Oriente enviando buques de guerra, aviones y sistemas de defensa para proteger rutas marítimas y aliados regionales. Sin embargo, ese despliegue —que en apariencia parece una demostración de fuerza— ha revelado algo más profundo: las limitaciones militares de un continente que durante generaciones dejó de prepararse para una guerra real.

Los propios analistas europeos lo reconocen con una franqueza que a veces roza la preocupación. Después de décadas de dependencia del poder militar estadounidense, muchas fuerzas armadas europeas se han reducido a estructuras profesionales pequeñas, eficientes para misiones limitadas, pero incapaces de sostener conflictos prolongados. Los arsenales son escasos. Las reservas de municiones limitadas. La capacidad industrial para producir armamento está lejos del ritmo que exigiría una guerra moderna.

Francia, por ejemplo, ha tenido que movilizar una parte significativa de su flota de combate —incluido su único portaaviones nuclear— para participar en operaciones de seguridad marítima en el Mediterráneo y el Golfo Pérsico. Lo que en otro tiempo habría sido un despliegue rutinario hoy obliga a reorganizar operaciones en otras regiones.

El Reino Unido enfrenta un dilema parecido. La marina que durante siglos dominó los océanos del mundo ahora calcula cada movimiento con cautela. Italia, por su parte, ha tenido que transferir sistemas de defensa aérea al Medio Oriente, reduciendo temporalmente la cobertura defensiva en partes de Europa.

Europa está descubriendo, quizá demasiado tarde, que el poder militar no desaparece simplemente porque se deje de pensar en él.

Pero la fragilidad europea no es solo militar. También es demográfica, cultural y política. El continente envejece. Las tasas de natalidad caen. Las sociedades se transforman bajo el impacto de migraciones procedentes principalmente de África y del mundo islámico.

Ese cambio alimenta debates cada vez más intensos dentro de muchas sociedades europeas. Algunos temen que la debilidad militar y la crisis demográfica puedan conducir, con el tiempo, a una pérdida de identidad cultural. Otros sostienen que Europa posee instituciones suficientemente fuertes para integrar nuevas poblaciones sin perder su esencia histórica.

Lo cierto es que el debate ya no puede evitarse. El continente que durante siglos dominó el mundo —desde los imperios coloniales hasta la revolución industrial— vive hoy una etapa de incertidumbre profunda. Las guerras han regresado a su vecindario con el conflicto entre Rusia y Ucrania. Las crisis energéticas del Medio Oriente amenazan rutas vitales para la economía mundial. Y Estados Unidos, cada vez más concentrado en sus propias prioridades estratégicas, envía señales de que Europa deberá asumir más responsabilidades en su propia defensa.

Por eso, cuando Washington propone operaciones militares para proteger rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz, muchos gobiernos europeos responden con prudencia. No es solo una cuestión diplomática. Es una cuestión de capacidad.

Europa sabe que una guerra moderna exige algo más que voluntad política. Exige arsenales llenos, industrias militares activas y sociedades dispuestas a aceptar sacrificios. Y Europa ya no está segura de poseer ninguna de esas tres cosas.

Quizás el continente todavía tenga tiempo de reconstruir su capacidad estratégica, revitalizar su demografía y fortalecer su cohesión política. Pero para lograrlo deberá abandonar una ilusión que durante décadas pareció cómoda: la idea de que la historia había terminado.

La historia nunca termina. Solo se toma pausas. Y hoy Europa, mirando el horizonte con cautela, comienza a descubrir que el siglo XXI vuelve a exigirle algo que creía haber dejado atrás para siempre: la difícil responsabilidad de defenderse por sí misma.

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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