En la génesis de  las letras hispanoamericanas, la obra de Gonzalo Fernández de Oviedo representa el tránsito cardinal del asombro fabuloso a la comprobación positivista de la materia indiana. Cristóbal Colón contempló las Antillas a través del tamiz lírico y febril del milenarismo medieval, creyendo divisar en las desembocaduras fluviales las corrientes del Paraíso Terrenal; Fray Bartolomé de Las Casas subordinó el paisaje a una requisitoria moral y teológica de encendida vehemencia vengativa. Frente a ambos, el alcaide de la fortaleza de Santo Domingo asume la investidura de un notario implacable de la realidad física. Su divisa, estampada con sequedad castellana en los prólogos de su Sumario de la natural historia de las Indias (1526) y de su magna Historia general y natural de las Indias (1535), clausura la edad de la quimera: «César no quiere fábulas, ni yo las sabré decir».

Oviedo no escribe desde la lejanía burocrática del Consejo de Indias ni desde el pupitre universitario de Salamanca. Su magisterio descansa en el principio supremo de la autopsia —el testimonio directo de los propios ojos—, respaldado por más de un cuarto de siglo de avecindamiento continuo en La Española, donde desempeñó los oficios de Veedor de las fundiciones del oro, regidor, procurador y alcaide vitalicio del alcázar del Ozama hasta su muerte en 1557. Su pluma cataloga, pesa, mide, saborea y dibuja. Como bien intuyó Pedro Henríquez Ureña, Oviedo es el fundador de la prosa científica americana porque comprende que el Nuevo Mundo no tolera la analogía escolástica: exige un léxico exacto, un inventario de propiedades maderables, nutritivas o farmacológicas, y la fijación documental del primer archivo empírico del continente.

El censo zoológico levantado por el alcaide constituye un esfuerzo taxonómico de primer orden, donde el romance castellano se vio obligado a deslindar especies que desafiaban la zoología aristotélica. Cuatro dominios vertebran este bestiario insular. En el ámbito de los cuadrúpedos terrestres, ante la ausencia de grandes herbívoros o carnívoros continentales, Oviedo describe el universo menudo de la espesura: la hutía es caracterizada en el Sumario como un animal «cuasi como ratones, o que tienen con ellos algún deudo o proximidad»; el cori (el curie lascasiano) como un conejillo pacífico «de varios colores y muy lindos»; y consigna la existencia del quemí, el mohuy y el corpulento guaminiquinaje, roedores montaraces perseguidos en las quiebras del monte por los aones, aquellos perros aborígenes incapaces de ladrar. La taxonomía moderna comprobaría más tarde que el enigmático insectívoro fósil de la isla, el Solenodon paradoxus, habitaba ya agazapado en estas descripciones coloniales bajo la rúbrica genérica de las «hutías anómalas» o «ratones grandes» de la tierra.

En el orden de las aves y rapaces, el cielo insular deslumbra al cronista por la profusión de sus higuacas o cotorras, periquitos y papagayos que nublaban el sol; por el vuelo carroñero del aura tiñosa; y por la soberanía de las aves de presa, donde la voz taína guaraguao alterna con las designaciones peninsulares de gavilán y halcón. A ellas suma la abundancia de tórtolas (biajaní), patos silvestres, yaguasas de laguna y el guanajo o pavo americano. Oviedo y Las Casas documentaron el refinado ardid taíno de caza: el mancebo que ascendía a la copa del árbol camuflado con yerbas, portando una higuaca domesticada a la que hacía graznar pellizcándole el cráneo, para luego, con una sutil varilla provista de un lazo corredizo de cabuya, ahorcar en silencio y una a una a las aves silvestres que acudían en socorro del señuelo.

La ictiofauna y el mundo abisal descubren idéntico celo registrador. En los ríos interiores cataloga el dajao, la guabina y la biajaca; en el mar exterior describe al manatí —al que bautiza «vaca marina» por su corpulencia y la textura nutricia de su carne y cuero— y se detiene en el asombroso reveso o guaicán, el pez rémora provisto de una almohadilla cefálica que los indígenas ataban con un hilo firme para utilizarlo como anzuelo vivo en la captura de tortugas gigantes y tiburones. Completan este cuadro el acorazado pez puerco, los tiburones de las ensenadas y los moluscos como el cobo, de cuya valva extraían la carne y labraban la trompeta guerrera del guamo. Finalmente, el estrato de reptiles e insectos acoge a la iguana (a la que los primeros españoles llamaban «sierpe» o «lagarto de cuatro pies»), a la hicotea  o tortuga de agua dulce, a los grandes quelonios marinos como el carey y al cocuyo, luciérnaga,  cuya luminiscencia viva fascinó a la hueste en las noches tropicales.

El inventario botánico y utilitario de Oviedo no responde a un mero prurito estético, sino a la evaluación económica del suelo colonial. En sus tratados quedan registradas las virtudes madereras del guayacán, la dureza incorruptible del ácana, la ligereza monumental de la ceiba y la ductilidad del copey, cuyas hojas carnosas sirvieron de lienzo epistolar y de rústicos naipes a los soldados desprovistos de papel. Permítaseme una digresión en las propiedades del copey.

Pocas aventuras del léxico hispanoamericano ilustran con tanta nitidez la simbiosis entre naturaleza, técnica y vida cotidiana como el destino de la voz taína copey. En el fecundo caudal de indigenismos que la lengua española incorporó a su patrimonio desde las singladuras inaugurales del descubrimiento, este fitónimo insular destaca no sólo por su temprana adopción en las crónicas, sino por una tenaz persistencia que atraviesa cinco siglos: desde los astilleros improvisados en las playas antillanas hasta las estrofas jocosas de la música popular contemporánea.

Los navegantes castellanos entraron en contacto con el árbol desde los primeros tanteos de la empresa colonizadora. Con su mirada práctica de marinos y colonos, observaron con admiración cómo los naturales de la isla se valían de la flora vernácula para asegurar la navegación de sus canoas. El vegetal —conocido en la botánica científica como Clusia rosea— ofrecía una secreción lechosa y espesa en sus flores y frutos que, arrimada a las brasas, derretía un jugo viscoso, sumamente gomoso. Al enfriarse al aire libre, aquella sustancia cobraba una contextura correosa, dura e impenetrable al agua, semejante al betún o la pez de los puertos mediterráneos. Faltos de brea y alquitrán en la soledad del océano recién abierto, los carpinteros de ribera y los calafates de las carabelas adoptaron de inmediato el bálsamo indígena para rellenar las junturas y estancaderas de los cascos, haciendo posible el retorno de las naves y la exploración cabotera del archipiélago. Tan hondo caló este auxilio náutico que aún en el ámbito anglosajón la especie preservó el revelador marbete de pitch-apple o «manzana de brea».

Pero el árbol deparaba otro prodigio que deslumbró la agudeza notarial del conquistador: sus hojas carnosas, coriáceas y anchas. Desprovistos con frecuencia de papel en los parajes agrestes del interior, los españoles convirtieron el follaje del copey en pergamino vegetal. Bastaba la punta de un estilete, un clavo o un puñal para rasgar la epidermis de la hoja; la savia cicatrizaba los trazos en líneas pardas e indelebles, transformando cada rama en un pliego rústico sobre el cual se despachaban billetes de urgencia, inventarios de campaña y cartas entre capitanes.

Al compás del poblamiento y del arraigo territorial, la palabra mudó su condición botánica en designación geográfica. El indigenismo se sembró en la toponimia insular con la firmeza de sus raíces aéreas. Hallamos así el Distrito Municipal Copey, en el término de Pepillo Salcedo (Manzanillo), vigía histórico de la Línea Noroeste en Montecristi, junto al paraje de El Copey de Villa Elisa en Guayubín. La palabra asciende también a las estribaciones meridionales en El Copey de Neiba, en la provincia de Bahoruco, y bordea la cornisa atlántica en las alturas de Puerto Plata, donde el uso popular y catastral vacila entre El Copey y El Cupey, testimonio de esa secular alternancia vocálica entre la /o/ y la /u/ tan cara a la fonética dialectal hispánica. El mismo bautizo vegetal reaparece en las tierras de Bayaguana en Monte Plata, en Monseñor Nouel y en múltiples repliegues de la geografía dominicana, perpetuando el recuerdo del bosque primigenio sobre la cartografía oficial.

Sin embargo, la vitalidad más entrañable de la voz no descansa en los mapas, sino en el cantar del pueblo. Cuatro siglos y medio después de que el primer indígena calafateara su embarcación y el primer marino español restañara las costuras de su nao, la memoria material del copey reapareció intacta en el ritmo trepidante del merengue típico. Cuando Ángel Viloria grabó en Nueva York, en la década de 1950, su célebre Jarro pichao, invocó con frescura criolla la misma propiedad obturadora que admiró a los cronistas de Indias:

Un jarro nuevecito

tapado con copey,

un jarro nuevecito

tapado con copey.

Pichao, mi jarro está pichao,

lo sé, es un jarro pichao…

En esos versos sencillos, donde el adjetivo dialectal pichao nombra la vasija perforada que pierde líquido, el habitante antillano recurre instintivamente a la resina del monte para restañar el agujero doméstico, tal como lo hacían sus antepasados remotos. He aquí el milagro filológico: una palabra nacida en el bosque arawaco, adoptada por la náutica renacentista para salvar sus maderos y esparcida por los valles como mojón geográfico, sobrevive lozana y rumorosa en el estribillo de un acordeón, dando fe de la indestructible continuidad cultural de la lengua en América.

En la esfera alimentaria, el alcaide analiza minuciosamente la agricultura del conuco, los montones de tierra para el cultivo de la yuca, el procesamiento del veneno de la naiboa en el cibucán y la cocción del cazabe sobre el burén, distinguiendo calidades delicadas como el jaojao. Registra asimismo el valor insustituible del maíz, la dulzura de la batata, el picor del ají y la abundancia de frutales como el mamey, la guanábana, la guayaba, el hicaco y el plátano, cuya aclimatación en suelo dominicano a partir de 1516 describió con precisión testimonial.

La trascendencia filológica de este esfuerzo, cribada a la luz de los estudios de Pedro Henríquez Ureña, radica en haber fijado el momento exacto en que el caudal léxico de La Española se bifurcó en dos corrientes históricas: los préstamos que conquistaron la universalidad del idioma y aquellos que se replegaron como un entrañable patrimonio regional. En el dominio botánico y agrario, voces como ají, batata, bejuco, bija, caoba, ceiba, guanábana, guayaba, guayacán, maguey, maíz, mamey, mangle, maní, papaya, tabaco y yuca se incorporaron de inmediato al español general y recorrieron el orbe; mientras tanto, fitónimos de estricta necesidad local como baitoa, capá, cuaba, copey, guama, guano, guao, guáyiga, guácima, hicaco, higüero, jagua, lerén, majagua, yagua, yagrumo y yautía quedaron preservados en el habla campesina de Santo Domingo y el ámbito antillano.

Idéntica disyunción se comprueba en el reino animal: el castellano universal adoptó carey, cocuyo, comején, iguana, jaiba, nigua y tiburón; al tiempo que la memoria insular retuvo para su toponimia y su habla viva designaciones como caguama ( tortuga de mar, parejo al carey), cao, carite, carrao, cigua, cuyaya, guabá, guaicán, guanajo, guaraguao, higuaca, lambí, maco, mime y pitirre. En el menaje doméstico y la cultura material, si bien barbacoa, batea, bohío, canoa, hamaca, macana y enaguas pasaron al caudal común de la lengua, el suelo dominicano custodió con devoción secular los vocablos del trabajo cotidiano: burén, cazabe, cibucán, coa, duho, guataca, jaojao (torta de casabe fino como una oblea), macuto, naiboa y tomiza. Finalmente, en la concepción del espacio y la jerarquía social, la lengua general absorbió cacique, caníbal, caribe, cayo, jagüey y sabana; pero el paisaje antillano reservó para sí términos como arcabuco, baquiano, batey, búcara, ceboruco, ciguapa, conuco, júcaro, manigua y sao. El primer bloque zarpó desde el fondeadero del Ozama a bordo de las carabelas de conquista para nombrar la realidad de Tierra Firme, Nueva España y los virreinatos andinos; el segundo se internó en los valles del Cibao, en las serranías del Sur y en los llanos costeros, fundando el venerable conservadurismo territorial de nuestra habla.

Gonzalo Fernández de Oviedo no se limitó, sin embargo, a contemplar la naturaleza; fue el cronista del poder imperial y de sus fricciones civiles. Desde su atalaya del alcázar dejó constancia del funcionamiento colegiado de la Real Audiencia, del drama del repartimiento y las encomiendas, del laboreo del oro en las arenas fluviales y de la erección de los primeros ingenios de agua y trapiches de caballos, nervio de la naciente industria azucarera. Fue su pluma la que consignó el estallido sangriento de la Navidad de 1521, cuando los negros gelofes quebraron la paz del ingenio virreinal de don Diego Colón, dando pie a las Ordenanzas fundacionales de 1522. Al entrelazar en su relato la geografía física con la armazón jurídica de la monarquía, Oviedo legó a la posteridad el acta de nacimiento de la sociedad criolla. Su obra demuestra que Santo Domingo no fue una escala accidental de la expansión atlántica, sino la matriz insustituible donde la lengua de Castilla, al medirse con la inmensidad del trópico, forjó el instrumental descriptivo con que América aprendió a reconocer su propia faz.

En las investigaciones dialectales de Pedro Henríquez Ureña, la comarca septentrional del Cibao descuella como la más formidable cámara de conservación botánica del continente. Mientras las capitales cosmopolitas del imperio experimentaron una pronta nivelación lingüística que borró los indigenismos de escaso rendimiento mercantil o los suplantó por el caudal del náhuatl y del quechua, el relativo aislamiento del Valle de la Vega Real operó como una campana de cristal filológica. La hecatombe demográfica del siglo XVI segó la existencia física del aborigen, pero no pudo desarraigar su palabra: el campesino criollo, al heredar el conuco y la espesura, heredó también la denominación insustituible de cada madero, cada fibra y cada relieve del paisaje insular.

Esa continuidad secular late viva en el apero cotidiano y en la arquitectura elemental del campo. La rusticidad de la vivienda rural y los instrumentos de labor preservaron una lealtad indeclinable al léxico vernáculo: la baitoa, el capá, el arabo, el almacey y el guayacán proveyeron fustes acerados para el arado y la herramienta; la cuaba resinosa encendió el fogón matutino; y la majagua, el guano y el yarey prestaron sus cortezas y pencas para tejer la soga del tabaco, el aparejo del arriero y el serón de carga. Envolviendo las viandas en la hoja impermeable del bihao, la vida doméstica halló su cobijo en la yagua, que trascendió la condición de vaina vegetal para transfigurarse en tabla, pared y techumbre del bohío. En ese mismo horizonte moral, la aspereza cáustica del guao y la mudanza tornadiza del yagrumo saltaron de la manigua a la sabiduría sentenciosa del refranero popular.

Lejos de quedar reducidas a piezas fósiles de museo o a curiosidades de anticuario, estas voces conservan una palpitación irrenunciable porque encarnan la estructura misma del sustento y de la memoria colectiva. Desde el complejo alimentario de la yuca —con su léxico técnico del cibucán, la naiboa y el burén— hasta los frutos silvestres de la sabana y las hierbas medicinales con que el antiguo behique ensayaba la salud y el conjuro, el sustrato arahuaco permanece adherido a la entraña de la tierra. Quinientos años después del colapso del mundo precolombino, la lengua de Castilla, aclimatada en las estribaciones de la cordillera y en las vegas fluviales, sigue proclamando en cada jornada campesina que el alma vegetal de los primitivos pobladores sobrevive soberana e indestructible en el habla viva de Santo Domingo.

Esa portentosa tenacidad del sustrato aborigen no se recluye únicamente en la herencia campesina ni en los repertorios de la dialectología: desborda los cercados rurales para instalarse, con gracia libérrima y maliciosa, en el tuétano mismo de la fiesta popular. Nada ilustra mejor la lozanía de este léxico que su consagración en el cancionero del merengue típico, donde la memoria zoomórfica taína sobrevive despojada de artificio letrado. Así ocurrió con el guabá —el formidable arácnido montaraz de las hendiduras insulares, temido por su mordedura y su aspecto peludo—, inmortalizada en la picaresca sonora del Trío Reynoso y catapultada decenios más tarde, hacia 1978, a las pistas del orbe hispánico en la voz volcánica de Celia Cruz:

Después de la fiesta, caramba, me fui a descansar…

Abajo de la cama está el guabá,

detrás de la cama es que tengo más.

¡Pájaro tan ponzoñoso! Debajo de la cama está el guabá…

(Cuidao que te pica y se te va).

Me picó a mí, ay, matalo de una pedra…

¿Qué le pasa al guabá? Que te pica y se te va.

En esas coplas desinhibidas, donde el genio campesino transmuta la ponzoña montaraz en metáfora del sobresalto nocturno y del acecho picaresco, se consuma la definitiva victoria de la palabra vernácula. El arácnido prehispánico abandona el silencio de la hojarasca para trepar a la tambora, al güiro y al acordeón, demostrando cómo, a más de cinco siglos del choque de civilizaciones, el indigenismo insular no es reliquia exánime de archivo, sino pulso rítmico, burla festiva y aliento inextinguible del ser dominicano.

Referencias bibliográficas

  • Fernández de Oviedo y Valdés, G. (1519). Libro del muy esforzado e invencible caballero de la Fortuna propiamente llamado Don Claribalte. Juan Viñao.
  • Fernández de Oviedo y Valdés, G. (1526). Sumario de la natural historia de las Indias (De la natural historia de las Indias). Ramón de Petras.
  • Fernández de Oviedo y Valdés, G. (2018). Historia general y natural de las Indias: Parte primera (Libros I al XIX). Biblioteca Antológica.
  • Fernández de Oviedo y Valdés, G. (1880). Las quincuagenas de la nobleza de España (Tomo I; V. de la Fuente, Ed.). Imprenta de la Real Academia de la Historia
  • Fernández de Oviedo y Valdés, G. (2018). Historia general y natural de las Indias: Parte primera (Libros I al XIX). Biblioteca Antológica.
  • Henríquez Ureña, P. (1975). El español en Santo Domingo (2.ª ed. facsimilar). Editora Taller. (Trabajo original publicado en 1940 por la Universidad de Buenos Aires).
  • Henríquez Ureña, P. (2003). Estudios lingüísticos y filológicos (I. Pérez Guerra, Ed.; Obras completas, Vol. 4). Editora Universal; Secretaría de Estado de Cultura. (Recopilación de trabajos filológicos publicados originalmente entre 1919 y 1946).

Manuel Núñez Asencio

Lingüista

Lingüista, educador y escritor. Miembro de la Academia Dominicana de la Lengua. Licenciado en Lingüística y Literatura por la Universidad de París VIII y máster en Lingüística Aplicada y Literatura General en la Universidad de París VIII, realizó estudios de doctorado en Lingüística Aplicada a la Enseñanza de la Lengua (FLE) en la Universidad de Antilles-Guyane. Ha sido profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Tecnológica de Santiago y en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, y de Lingüística Aplicada en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Fue director del Departamento de Filosofía y Letras de la Universidad Tecnológica de Santiago y fue director del Departamento de Español de la Universidad APEC. Autor de numerosos textos de enseñanza de la literatura y la lengua española, tanto en la editorial Susaeta como en la editorial Santillana, en la que fue director de Lengua Española durante un largo periodo y responsable de toda la serie del bachillerato, así como autor de las colecciones Lengua Española y Español, y director de las colecciones de lectura, las guías de los profesores y una colección de ortografía para educación básica. Ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Ensayo de 1990 por la obra El ocaso de la nación dominicana, título que, en segunda edición ampliada y corregida, recibió también el Premio de Libro del Año de la Feria Internacional del Libro (Premio E. León Jimenes) de 2001, y el Premio Nacional de Ensayo por Peña Batlle en la era de Trujillo en 2008.

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