Este fin de semana, la República Dominicana entró de lleno en una conversación que no le conviene. Declaraciones oficiales anunciaron coordinación con El Salvador para respaldar, con logística e inteligencia, operaciones en territorio haitiano, y advirtieron a las bandas armadas que, si se acercan a la frontera, «la pasarán mal», porque serán tratadas «como son: como terroristas». Comprendo el impulso: cuatro técnicos salvadoreños desaparecidos, una emboscada que estremeció a la región, una opinión pública que exige firmeza. Y aun así conviene detenerse y preguntar: ¿es este el lugar, y sobre todo el tono, desde el cual la República Dominicana debe hablarle al mundo?

Y no es un desliz de fin de semana: es un hábito. Hace años que en el discurso oficial suenan tambores de guerra, que las posiciones públicas se inflan para exhibir músculos que no hemos desarrollado, mientras buena parte de la prensa tradicional corea con vítores y cánticos lo que mañana lamentará, cuando comiencen las consecuencias. El aplauso de hoy no es escrutinio: es eco, y el eco agranda el tambor. Defender una frontera y combatir en los laberintos urbanos de otro país son oficios distintos, que exigen doctrina, equipamiento y adiestramiento distintos: nuestras Fuerzas Armadas fueron concebidas para lo primero, para la vigilancia fronteriza, el auxilio ante desastres y el orden interno, no para campañas contra organizaciones curtidas en la guerra urbana. La disuasión que no descansa sobre capacidades reales no disuade: provoca. Y el adversario que escucha el tambor sin ver el ejército termina, tarde o temprano, midiéndole el cuerpo a quien lo toca.

La historia responde primero. Dominicanos y haitianos compartimos una isla y una memoria donde cada palabra pesa el doble. Lo que en boca de San Salvador es política de seguridad, en boca de Santo Domingo despierta fantasmas de ocupaciones, matanzas y desconfianzas que dos siglos no han terminado de enterrar. Precisamente porque somos el vecino, somos el único país del hemisferio que no puede permitirse aparecer, ni siquiera en la retórica, como actor militar en territorio haitiano. Otros pueden hablar de operaciones; nosotros estamos llamados a hablar de soluciones.

Hay también un efecto que pocos calculan: el regalo narrativo. Las coaliciones armadas haitianas se alimentan de un libreto, el del enemigo externo, y sus cabecillas llevan años ensayando el disfraz de patriotas que resisten al vecino histórico. Cada amenaza dominicana amplificada en los altavoces del mundo les escribe gratis un capítulo de ese guion: convierte al delincuente en abanderado, al extorsionador en defensor de una nación agredida. Subir el perfil no las debilita; las legitima ante la población cautiva que gobiernan por el miedo, y les regala el cartel de reclutamiento que ninguna de ellas podría comprar.

La economía responde después. La República Dominicana vive, en proporción decisiva, de la confianza de millones de visitantes que cada año eligen nuestras playas entre cien destinos posibles. Esa confianza se construyó durante décadas sobre una promesa simple: aquí se descansa en paz. Los mercados emisores no leen matices geográficos; leen titulares. Y cuando el nombre del país viaja por el mundo junto a las palabras terroristas, operaciones y frontera militarizada, cada titular trabaja contra la promesa. Lo saben los operadores que venden el destino, lo saben las aseguradoras que tarifan el riesgo, lo saben las cancillerías que redactan avisos de viaje. En la industria de la hospitalidad, la percepción no acompaña a la realidad: la precede. Un país que vive del turismo no puede darse el lujo de sonar en guerra, ni siquiera cuando tiene razón.

Y hay un juez nuevo que no duerme: el algoritmo. Hoy la primera impresión de un destino no la da un folleto sino una máquina. El viajero pregunta a un buscador o a una inteligencia artificial si es seguro visitar el país, y la respuesta se arma con los titulares disponibles. Si lo que aparece junto a nuestro nombre es confrontación, terroristas, frontera en tensión, eso tenderá a decir la pantalla, sin matices de geografía ni de contexto. ¿Reservará pasaje alguien a quien la máquina le anuncia un ambiente de confrontación o de confrontaciones por venir? ¿Y comprometerá alguien una inversión de veinte años sobre ese mismo pronóstico? El capital consulta las mismas pantallas que el viajero, con menos paciencia y con más memoria. El algoritmo no odia ni perdona: indexa. Y lo que indexa hoy lo repetirá mañana, cuando ya nadie recuerde el episodio que lo alimentó.

El tercer argumento es de vocación. La República Dominicana ha cultivado, con paciencia de orfebre, un activo que pocos en la región poseen: la credibilidad del anfitrión. Aquí se sentaron el gobierno y la oposición de Venezuela cuando buscaban una salida; aquí se celebró la Cumbre Iberoamericana; aquí quiso celebrarse la Cumbre de las Américas con la seguridad humana como eje. Nuestra asociación con la paz no es un adorno diplomático: es una obligación estratégica, el lugar que la geografía y la historia nos asignaron. Ese es el sitial que tanto costó levantar: nación de paz, de encuentro y de conciliación. Cada mensaje amplificado en clave de guerra erosiona ese sitial, y la reputación perdida no se restituye por comunicado. El vocabulario del terrorismo pertenece a otro universo jurídico y geopolítico, con designaciones, listas y lógicas de guerra que arrastran a quien las pronuncia. Adoptarlo sin necesidad es encadenar nuestra política exterior a marcos que no controlamos y a consecuencias que no hemos calculado.

A ese costo se suma otro, menos visible y más delicado: el jurídico. El derecho internacional no convierte cada anuncio en responsabilidad, pero tampoco la descarta: la asistencia a operaciones de otro Estado puede comprometer a quien la presta cuando contribuye a un hecho ilícito y se otorga conociendo sus circunstancias. Son condiciones exigentes, y precisamente por eso conviene tenerlas a la vista antes de vocear apoyos: el informe del Secretario General (S/2026/800) atribuye a operaciones de las fuerzas de seguridad el 52 por ciento de los muertos y heridos del último trimestre, 808 personas, 148 de ellas sin vínculo con las bandas. Quien proclama en público su respaldo queda, cuando menos, asociado al escrutinio de esos resultados. La prudencia aconseja cooperar con salvaguardias verificables y hablar con mesura.

Y el vocabulario, una vez soltado, no respeta fronteras: se derrama hacia adentro. La palabra terrorista aplicada a lo que viene de Haití no se queda en la línea divisoria; gotea sobre cientos de miles de trabajadores migrantes que construyen nuestras torres, cosechan nuestros campos y cuidan nuestros hogares. Basta una chispa, un incidente magnificado, una cacería de barrio, para que la retórica oficial se convierta en licencia privada. Entonces los titulares ya no hablarían de frontera protegida sino de convivencia rota, y habríamos importado, por la boca, la confrontación que decíamos querer dejar del otro lado del río.

Que nadie confunda el argumento: cooperar no es vocear. La colaboración logística, el intercambio de inteligencia, el auxilio a una misión que busca a cuatro de sus hombres son decisiones correctas, acaso impostergables. Lo cuestionable es el megáfono. La disuasión seria se comunica por canales militares y diplomáticos, con la sobriedad de quien no necesita proclamar firmeza porque la ejerce. La frontera se protege con presencia, tecnología e inteligencia, no con adjetivos. Un Estado que anuncia a gritos lo que hará concede a sus adversarios el regalo de la previsibilidad, y a los mercados, el sobresalto de la estridencia.

La República Dominicana tiene el derecho de protegerse y el deber de hacerlo. Pero custodia también algo más frágil y más valioso: la manera en que el mundo pronuncia su nombre. Nuestra bandera dice Dios, Patria y Libertad; no dice guerra. Que la firmeza sea serena, que la cooperación sea discreta, que la palabra pública se reserve para lo que somos y queremos seguir siendo: el país donde la isla descansa, dialoga y sueña. Cuando el mundo piense en nosotros, que piense en una mesa servida para la paz, no en un comunicado de campaña militar. Ese, y no otro, es el tono de la República.

Josué Fiallo

@josuefiallo

Josué Antinoe Fiallo Billini Portorreal (Santo Domingo, Distrito Nacional; 8 de mayo de 1980) es un abogado, académico, especialista en asuntos públicos y diplomático dominicano. Ha sido embajador extraordinario, y plenipotenciario de República Dominicana en Costa Rica y representante permanente ante la Organización de los Estados Americanos (OEA) donde fue presidente de su Consejo Permanente, presidente del Consejo Interamericano para el Desarrollo Integral (CIDI), de la Comisión de Asuntos Jurídicos y Políticos (CAJP), y del Comité Interamericano contra el terrorismo (CICTE). Además, fue coordinador político de la misión de República Dominicana ante el Consejo de Seguridad y también enviado especial ante los Organismos Internacionales con sede en Ginebra. A nivel doméstico participó en la reforma de la Constitución de República Dominicana en 2010, y posteriormente se involucró en reformas a la legislación nacional vinculadas con: derechos humanos, fuerzas armadas, policía, el sistema de justicia, la migración, contra terrorismo, el lavado de dinero y el control de armas.

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