Como demostró Pedro Henríquez Ureña, el taíno de La Española disfrutó del privilegio fundacional del primer contacto en 1492. Al erigirse la isla en la nodriza de la conquista, el romance castellano bautizó el orbe americano en las aguas antillanas: canoa ingresó en el diccionario de Antonio de Nebrija en 1493, y tras ella un tropel de voces indispensables —maíz, tabaco, hamaca, cacique, bohío, yuca, batata, ají, sabana y barbacoa— conquistaron de inmediato el español general y las audiencias de Europa. Cuando los prácticos del Ozama desembarcaron en las costas continentales, llevaban la realidad antillana soldada a la lengua: llamaron batata al camote, ají al chile, bohío al jacal mexicano, areíto a la danza ritual del Anáhuac, e impusieron en el corazón del imperio de los incas el título taíno de cacique por encima del quechua secular curaca. El taíno no fue una jerga comarcana; devino en la categoría verbal con que España interpretó la geografía de todo el continente.

Por el contrario, el estrato náhuatl, incorporado tras la rendición de Tenochtitlan en 1521, ocupó un peldaño secundario en la hegemonía continental. Su influjo sobre Santo Domingo no provino de la contigüidad humana —ausente de la vida insular—, sino del reflujo mercantil de la carrera de Indias y la navegación del Golfo. El náhuatl no disputó los fundamentos del asiento antillano: penetró tardíamente para suministrar la designación estricta de especies botánicas y artefactos que no existían en las islas.

La jerarquía queda así fijada por la dialéctica imperial de la lengua: el taíno sentó la armazón institucional, vegetal y estructural del Nuevo Mundo panhispánico; el náhuatl completó, por vía de un reflujo marítimo subordinado, la despensa suntuaria y el apero doméstico del Caribe colonial.

El cimiento lo aporta el bosque aborigen, cuyo registro gráfico inauguraron las cartas colombinas y las páginas de Gonzalo Fernández de Oviedo. La toponimia y el habla viva preservaron la guayaba (Psidium guajava); la guanábana (wanaban), de masa agridulce y corteza espinosa; el mamey, cuya pulpa cárdena y almizclada maravilló a la soldadesca por su textura similar al tuétano; el caimito (Chrysophyllum caimito), de envés foliar dorado y fruto astringente; el anón (Annona squamosa), de gajos azucarados; el hicaco (o jicaco), arbusto litoral de las arenas marítimas; el jobo, ciruela silvestre de sabana que sostuvo la montería; y la cactácea de la pitahaya, encendida en las lomas secas del Sur. En este inventario primigenio se produjo, sin embargo, una derrota léxica singular: la fruta que los taínos veneraban bajo el nombre de yayama sucumbió de inmediato ante el bautismo analógico del conquistador, quien, sobrecogido por la semejanza exterior de sus escamas con el cono vegetal de los pinares ibéricos, le impuso para siempre la designación castellana de piña.

De los Andes asomó el lulo (Solanum quitoense, voz quechua ), mientras que la calabaza nutricia retuvo la denominación caribe y cumanagota de auyama, resistiendo con soberanía la intrusión del zapallo quechua.

Fenómeno aparte merece la papaya, que no es voz taina, viene de las lenguas indígenas arahuacas, en ninguna de las grandes Antillas se encontraba el árbol,  que en el habla popular dominicana fue desplazado por una enérgica redefinición morfológica: la lechosa (y su correspondiente mata de lechosa), bautizada así por la profusión de su látex blanquecino y cicatrizante. Este impulso analógico presidió la mirada del poblador castellano sobre otras especies nativas que desafiaban el catálogo de Dioscórides: llamó granadillo a la pasiflorácea gigante (Passiflora quadrangularis) por la semejanza de su pulpa interior con los granos traslúcidos de la granada andaluza; y acudió a los diminutivos metropolitanos de cereza, ciruela de la tierra y grosella para designar bayas tropicales que sólo guardaban con sus correlatos peninsulares un vago parentesco de acidez o color.

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La dieta de la montería

El inventario de estos bastimentos en La Española ilustra con precisión cómo la despensa colonial se forjó a través de tres corrientes sucesivas: la cantera aborigen insular, el trasplante forzado del tráfico transatlántico y la posterior asimilación de préstamos continentales.

  • Auyama: De innegable filiación caribe o cumanagota, esta cucurbitácea comestible (Cucurbita moschata / Cucurbita pepo) fue consignada por Gonzalo Fernández de Oviedo en el libro VII de su Historia, si bien el cronista incurrió en ocasionales vacilaciones al deslindar su pulpa nutricia de las cortezas leñosas e incomestibles del candungo y del higüero. La voz se afincó con tal soberanía en el ámbito antillano que cerró el paso al término quechua zapallo, dominante en el Cono Sur.
  • Yautía: Tubérculo autóctono de raíz taína (yajutía), consustancial a la agricultura aborigen de montones en el conuco. Oviedo y los primeros pobladores documentaron su cultivo continuo en las vegas húmedas, deviniendo en uno de los pilares de la subsistencia criolla frente a la inviabilidad de las hortalizas peninsulares.
  • Mapuey: Especie nativa (Dioscorea trifida) perteneciente al catálogo botánico arahuaco. Pese a que la tradición popular y mercantil tendió a clasificarlo tardíamente como una variedad de «ñame morado» por analogía morfológica, el mapuey constituye una vianda precolombina legítima de las Antillas, aprovechada secularmente por su almidón delicado.

Este trasvase no respondió a un poblamiento masivo de contingentes mexicas en suelo antillano, sino a la gravitación comercial del puerto de Veracruz, a la navegación de las flotas de Indias y a la circulación de mercancías entre el virreinato mexicano y la capitanía general de Santo Domingo. La lengua del valle central de México penetró en la isla dividida en dos órdenes esenciales: la botánica suntuaria y alimenticia, por una parte, y la cultura material del apero y el empaque, por la otra.

  1. El ámbito agrícola, pomológico y alimentario: los nahualtlismos

En el plano de los cultivos y los manjares, el nahuatlismo se abrió paso allí donde la flora nativa insular acusaba un vacío, o donde la sofisticación gastronómica mesoamericana superaba la frugalidad de la dieta aborigen:

  • Cacao y Chocolate (cacahuatl / xocolatl): Representan el aporte de mayor trascendencia económica y suntuaria. Desconocidos por el aborigen antillano —como bien lo atestigua el desconcierto empírico de Gonzalo Fernández de Oviedo durante sus estancias en Tierra Firme—, el fruto y la pasta ceremonial del cacao desembarcaron en La Española para transformar la sociabilidad colonial. La semilla proveyó el cultivo que siglos más tarde coronaría las vegas húmedas de la cordillera, mientras que la bebida batió sus espumas en el desayuno hidalgo y en el refectorio conventual, fijando en el uso insular la voz híbrida que recorrería las cortes europeas.
  • Tomate (tomatl): Hortaliza extraña al conuco taíno primitivo, asentado exclusivamente en la yuca, la yautía y el ají. Su arribo desde Nueva España revolucionó el caldero colonial, proveyendo la base ácida indispensable para sofritos y salsas criollas, e imponiendo su significante de forma universal frente a las vacilaciones peninsulares.
  • Aguacate (ahuacatl): Fruta mantecosa que se aclimató con prodigiosa lozanía en los valles del Cibao y del Sur, incorporándose de lleno a la mesa campesina y conservando su étimo mesoamericano intacto frente a cualquier tentativa de sustitución metafórica.
  • Chayote / Tayota (chayotli): Ofrece uno de los ejemplos más notables de adaptación morfofonológica dominicana. El cucurbitáceo trepador de los mexicas, al aclimatarse en las empalizadas campesinas insulares, experimentó una sutil acomodación fonética y analógica: la sibilante inicial mutó hacia la oclusiva dental sorda, engendrando la forma tayota, favorecida por el influjo asociativo con la estructura de sus tallos y bejucos trepadores.
  • Zapote (tzapotl): Árbol frutal de la cuenca mesoamericana que en la isla designó a la especie de gran porte y pulpa anaranjada, mientras que su variante menor hubo de convivir o subordinarse al apelativo peninsular de níspero.
  • Jícama (xicamatl) y Nopal (nohpalli): La primera, raíz acuosa y crujiente; el segundo, la cactácea emblemática de la meseta del Anáhuac, que arribaron de manera accesoria para poblar huertos de coleccionistas o zonas áridas del litoral, manteniendo su nombre originario en el inventario botánico.
  • Achiote (achiotl): Semilla tintórea y aromática de amplio uso ceremonial y culinario en Mesoamérica, que al llegar al Caribe se vio obligada a librar una larga querella con la voz taína preexistente, la bija, conviviendo ambos significantes en la memoria campesina según la comarca y el oficio.
  • Tamal (tamalli), Atole (atolli) y Epasote (epazotl): Complejo ritual del maíz y la yerba aromática. Si bien el tamal y el atol quedaron arrinconados en la preferencia popular ante la hegemonía del cazabe, el ajiaco y los pasteles de hoja locales, circularon en la colonia como testimonios culinarios de la servidumbre y el clero que transitaban desde la Nueva España.
  1. La cultura material, utensilios y el tráfico mercantil

Si los alimentos nutrieron la mesa, los nahuatlismos de la vida doméstica y el embalaje revolucionaron el apero rústico y el trajín de los puertos:

  • Jícara (xicalli): Aunque el indígena antillano disponía de la corteza leñosa del higüero, el préstamo náhuatl triunfó para nombrar el vaso, jícara o taza rústica obtenida de la mitad del fruto seco, pasando a ser el adminículo primordial para beber el chocolate o trasegar el agua en el bohío campesino.
  • Petaca (petlacalli) y Petate (petlatl): En una economía rural que carecía de baúles claveteados y esteras de lujo, la petaca —arca o cesto de cuero o cañas entretejidas— y el petate —estera de palma tejida— suplieron la necesidad del mueble ligero para el viajero de arriería y el reposo en el piso de tierra del rancho hatero. Por extensión paso a designla licorera de bolsillo. De ahí viene la expresión darse un petacazo.
  • Guacal (huacalli): Canasto o jaula rústica formada por listones y varas de madera para el transporte de víveres, gallinas y hortalizas sobre el lomo de las bestias. El término echó raíces tan hondas en la isla que devino en el significante irremplazable del embalaje agrario dominicano.
  • Hule (ulli / olli): La goma o resina elástica mesoamericana aportó no solo la materia prima para impermeabilizar sombreros y capotes contra el aguacero tropical, sino la voz con que el dominicano nombraría indistintamente al caucho, al forro de mesa y, por extensión metafórica, al charol lustroso del calzado de fiesta.
  • Tiza (tizatl): Arcilla o tierra blanquecina que desplazó las denominaciones romances de yeso o greda para el menester escolar, el apunte contable en la pulpería y el corte del paño en la sastrería colonial.
  • Copal (copalli): Resina aromática de los árboles burseráceos que suplió al incienso litúrgico en los altares pobres de las parroquias rurales y sirvió de barniz tenaz para sellar maderas y canoas.
  • (Del náhuatl chichihua, ’nodriza', 'ama de leche', derivado de chichi, 'mamar', 'teta'). 1. f. R. Dom. Cometa, papalote o artefacto ligero construido artesanalmente con varillas de madera o pencas de coco y recubierto con papel o plástico, que se eleva al aire sostenido por un hilo. Registrado como nahuatlismo en el español dominicano por Pedro Henríquez Ureña (El español en Santo Domingo), producto de un desplazamiento metafórico del étimo original centroamericano. 2. f. Por extensión léxica en derivados, chichiguazo (m.): golpe fuerte, batacazo o impacto brusco, originado en la caída precipitada de la cometa al perder sustentación o cortarse la cuerda. 

Los quechuismos

La inserción de las voces procedentes del quechua dentro del sistema léxico antillano representa el tercer eslabón de una pirámide rígidamente estratificada. Si el taíno operó como la matriz soberana e imperial que dio nombre a las instituciones, al paisaje y a la botánica fundamental de toda América, y si el náhuatl actuó como el primer reflujo mercantil que abasteció de frutos y aperos la cuenca caribeña, el caudal quechua —la lengua general de los incas— arribó a las Antillas sometido a un riguroso cedazo selectivo, condicionado por la lejanía geográfica, las rutas de las flotas y la preexistencia de significantes caribeños insustituibles.

A diferencia del Virreinato del Perú o de las comarcas del Río de la Plata, donde la toponimia, el pastoreo y la culinaria se estructuraron de raíz sobre el vocabulario andino, Santo Domingo ejerció una aduana implacable frente al quechuismo. Henríquez Ureña advierte que el Caribe insular rechazó sistemáticamente toda voz quechua que pretendiera duplicar o disputar una realidad material ya bautizada por el taíno o por el castellano patrimonial. Por esa razón, jamás arraigaron en el habla dominicana términos capitales en la geografía austral como poroto (ante la vigencia de frijol y habichuela), choclo (frente al señorío absoluto del taíno maíz), zapallo (bloqueado por la auyama caribe), yuyo (vencido por la yerba castellana), pirca o tambo.

El quechuismo que logró franquear las bocas del Ozama y afincarse en el territorio insular debió someterse a tres mecanismos precisos de acomodación: la especialización complementaria, la transmutación morfofonológica y la absorción de términos de difusión panhispánica:

  • La especialización complementaria frente al taíno: El ejemplo señero de este equilibrio lo encarna la coexistencia de papa y batata. En las Antillas, la batata autóctona era el tubérculo sacrosanto del conuco; cuando la papa andina descendió de las naves de Tierra Firme, el habla colonial de Santo Domingo no incurrió en la confusión sincrética de la Península —que fusionó mecánicamente ambos términos en el híbrido patata—, sino que deslindó con nitidez ambos reinos: preservó batata para la vianda dulce aborigen y adoptó papa con su étimo quechua estricto para el tubérculo blanco de la sierra. Idéntica complementariedad se aprecia en el ámbito frutal con la chirimoya (chirimuya), que se incorporó a la despensa sin colidir con la guanábana ni con el anón vernáculos.
  • La transmutación morfofonológica y culinaria: Ningún vocablo ilustra con mayor fuerza la plasticidad criolla que la evolución de locrio. En la cordillera de los Andes, el locro (del quechua rucru) designaba un guisado espeso de papas, maíz y carnes. Al trasvasarse al medio dominicano —donde el arroz lulotraído en el siglo XVI comenzaba a coronar el caldero—, la palabra sufrió una mutación en su terminación (-o por -io) y una redefinición total de su sustancia: abandonó la papa para nombrar el plato emblemático de arroz húmedo, teñido con bija y cocido en íntima comunión con carnes, pescados o mariscos, deviniendo en el quicio gastronómico de la dominicanidad.
  • La práctica mercantil y el costumbrismo: En el trato menudo de las pulperías coloniales arraigó la ñapa (del quechua yapa, 'aumento' o 'añadidura'). El vocablo, que los comerciantes y marineros trasegaron por los puertos del Atlántico, perdió su condición andina para erigirse en la norma consuetudinaria de la generosidad comercial del tendero antillano. A este registro se suman voces como chácara (adaptación de chacra, que en la isla retuvo acepciones botánicas o de pertenencia menor), y el instrumento rústico del fotuto (o fututo, derivado del quechua pututu), la caracola marina que, convertida en bocina de aire, sirvió en los campos dominicanos para convocar a la peonada en las talas o dar la alarma en los hatos comuneros.

Mani y cacahuate

El término maní pertenece a la estirpe fundacional arahuaca que los primeros castellanos aprendieron sobre el terreno insular. Tanto Fray Bartolomé de Las Casas como Gonzalo Fernández de Oviedo registraron con asombro la leguminosa subterránea (Arachis hypogaea), describiendo su cultivo sistemático en los montones del conuco junto a la yuca, el maíz, la batata y el lerén, y comparando el sabor de sus granos tostados con las avellanas castellanas.

Años más tarde, al consumarse la conquista de México, la soldadesca conoció el vocablo náhuatl tlalcacahuatl —formado analógicamente por tlalli (tierra) y cacahuatl (cacao), esto es, «cacao de tierra»—, que la Península adoptó bajo la forma cacahuete y que México y Centroamérica retuvieron como cacahuate. Sin embargo, en el ámbito antillano y en gran parte de la América meridional, la voz taína no cedió un ápice: maní repelió victoriosamente la intrusión del nahuatlismo continental.

El dominicano jamás sintió la necesidad de importar una metáfora náhuatl para nombrar un fruto que ya formaba parte de su memoria telúrica primordial. La preservación de maní en nuestra habla cotidiana atestigua la firmeza con que el español insular defendió su primer estrato indígena, confirmando que en Santo Domingo la lengua no se desdibujó ante el prestigio imperial de la Nueva España, sino que blindó sus propios blasones caribeños en la intimidad de la tierra nutricia.

Si los mercados europeos y la pesada maquinaria agroindustrial pretendieron entronizar el vocablo azteca, la geografía antillana —que no suele librar sus guerras con ordenanzas imperiales, sino con el ingenio de sus pobladores— levantó un valladar inexpugnable a golpe de pregón: el son inmortal del cubano Moisés Simons. Convertido por gracia de la síncopa en lo que Alejo Carpentier certeramente catalogó como un portento de irradiación mundial, El manisero conquistó los teatros de Berlín; se introdujo en el Palacio de Buckingham; entro paladinamente en el archipiélago de Japón en la voz de Hibari Misora;   escandalizó de plumas los escenarios de los Folies Bergère parisinos y prestó su cadencia caribeña a la trompeta desgarrada de Louis Armstrong en los templos del jazz, desarmando la gravedad de la lexicografía académica con una carcajada ultramarina. Himno de Cuba, gloria del Caribe, el manisero todavía se tararea  incansablemente desde hace cien años. Frente al frío imperio mercantil del cacahuate,   instó la voz almibarada ,de Antonio Machín paseando por el orbe su invitación irrechazable —«caserita, no te acuestes a dormir sin comerte un cucuruchito de maní»— para que, durante casi un siglo ininterrumpido, hasta el hablante más solemne capitulara tarareando la fruta subterránea de las Antillas; un milagro melódico que consumó el triunfo absoluto de nuestra voz insular sobre las pretensiones continentales y demostró que, en el Caribe, cuando la academia vacila, la rumba legisla.

Referencias bibliográficas 

  • Las Casas, Fray B. de. (s. f.). Historia de las Indias (Tomo 2, Libro II).
  • Las Casas, Fray B. de. (s. f.). Historia de las Indias (Tomo 3, Libro III).
  • Fernández de Oviedo y Valdés, G. (1851). Historia general y natural de las Indias, islas y tierra-firme del mar Océano (Tomo 1). Imprenta de la Real Academia de la Historia.
  • Garibay K., Á. M. (s. f.). En torno al español hablado en México.
  • Guerrero, M. (s. f.). El segundo viaje colombino.
  • Henríquez Ureña, P. (1940). El español en Santo Domingo. Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana, Instituto de Filología, Universidad de Buenos Aires.
  • Henríquez Ureña, P. (s. f.). Estudios lingüísticos y filológicos.
  • Nebrija, A. de. (s. f.). Vocabulario español-latino.

Manuel Núñez Asencio

Lingüista

Lingüista, educador y escritor. Miembro de la Academia Dominicana de la Lengua. Licenciado en Lingüística y Literatura por la Universidad de París VIII y máster en Lingüística Aplicada y Literatura General en la Universidad de París VIII, realizó estudios de doctorado en Lingüística Aplicada a la Enseñanza de la Lengua (FLE) en la Universidad de Antilles-Guyane. Ha sido profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Tecnológica de Santiago y en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, y de Lingüística Aplicada en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Fue director del Departamento de Filosofía y Letras de la Universidad Tecnológica de Santiago y fue director del Departamento de Español de la Universidad APEC. Autor de numerosos textos de enseñanza de la literatura y la lengua española, tanto en la editorial Susaeta como en la editorial Santillana, en la que fue director de Lengua Española durante un largo periodo y responsable de toda la serie del bachillerato, así como autor de las colecciones Lengua Española y Español, y director de las colecciones de lectura, las guías de los profesores y una colección de ortografía para educación básica. Ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Ensayo de 1990 por la obra El ocaso de la nación dominicana, título que, en segunda edición ampliada y corregida, recibió también el Premio de Libro del Año de la Feria Internacional del Libro (Premio E. León Jimenes) de 2001, y el Premio Nacional de Ensayo por Peña Batlle en la era de Trujillo en 2008.

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