En 1989, Francis Fukuyama publicó su célebre ensayo ¿El fin de la historia? Meses después cayó el Muro de Berlín y, en 1991, se disolvió la Unión Soviética. La realidad parecía escribir el contenido del ensayo. En 1992 publicó su libro El fin de la historia y el último hombre, que consolidó su fama internacional.
Su tesis entusiasmó a quienes celebraban la victoria del capitalismo. Otros vieron en ella la arrogancia de un vencedor que confunde un triunfo con la eternidad. Muchos la rechazaron por haber sido formados considerando que la humanidad avanza y que todo lo que sucede se convierte en historia. Solo unos pocos leyeron el ensayo y el libro; el título bastaba. Sin embargo, pocos análisis políticos han dejado en el lenguaje común una expresión tan duradera.
Pero Fukuyama no anunciaba el fin de los acontecimientos humanos, los conflictos ni las guerras. Sostenía que la democracia liberal y la economía de mercado representaban el punto culminante de la civilización, no porque fueran perfectas, sino porque habían desaparecido las grandes alternativas sistémicas capaces de sustituirlas. Lo que quedaba eran ajustes, no rupturas.
Sin embargo, algo paradójico ha ocurrido. Muchos de sus críticos han terminado confirmando involuntariamente su tesis. La caída del socialismo real, los fracasos de Cuba y Venezuela y la desaparición de grandes proyectos alternativos debilitaron, en amplios sectores de izquierda, la esperanza de construir una sociedad distinta al capitalismo.
En lugar de imaginar su sustitución, comenzaron a identificar como socialistas experiencias que no lo son, como las socialdemocracias del norte de Europa, los partidos socialistas que gobiernan economías capitalistas e incluso China. Conservaron la palabra socialismo, pero cambiaron su contenido. Así, casi sin advertirlo, se produjo una especie de capitulación conceptual.
Reformar el capitalismo no significa superarlo
Un modo de producción se define, fundamentalmente, por la propiedad de los medios de producción y la organización de la economía. Si predominan la propiedad privada, el trabajo asalariado, la competencia de mercado y la apropiación privada del excedente, el modo de producción es capitalista. Y el país también.
Los impuestos elevados, los servicios públicos y la redistribución pueden humanizar el sistema, pero no alteran su naturaleza. Una cosa es remozarlo y otra sustituirlo.
Los países nórdicos lo ilustran. Poseen Estados de bienestar avanzados y amplias garantías sociales, aunque sus economías descansan sobre empresas privadas. Suecia contaba en 2024 con unos 1.24 millones de empresas activas, frente a una participación estatal en unas 40 sociedades.
Según la OCDE, el empleo público representaba alrededor del 30.1% en Noruega, el 28.2% en Suecia y el 27.3% en Dinamarca, incluyendo médicos, profesores y funcionarios. Las cifras desmienten la ficción de ver socialismo donde predominan sofisticadas economías de mercado. Demuestran, además, que el capitalismo puede adoptar formas muy distintas, unas mucho más redistributivas que otras.
La izquierda y sus nuevas fronteras ideológicas
El significado de izquierda ha cambiado profundamente. Hace algunas décadas, amplios sectores aspiraban a superar el capitalismo, no simplemente a reformarlo. Hoy se consideran de izquierda organizaciones socialdemócratas y progresistas que buscan reducir las desigualdades y mejorar el funcionamiento del sistema, sin pretender sustituirlo. La vara de medición ha cambiado.
Con los criterios de entonces, el PSOE actual sería de centroizquierda y, guardando sus diferencias, Sumar, Podemos y Más Madrid serían la izquierda. Más allá se situaba la tradición abiertamente anticapitalista del Partido Comunista y, posteriormente, de Izquierda Unida. En buena parte del mundo, el término izquierda ha ido perdiendo su antigua carga socialista y antisistema.
La confusión llega a extremos sorprendentes. En Estados Unidos, algunos identifican al Partido Demócrata con el socialismo. Donald Trump fue más lejos cuando, en junio de 2026, afirmó sobre demócratas socialistas que habían ganado elecciones primarias: “No son socialdemócratas, son comunistas radicales y sin Dios”. Las categorías políticas, tergiversadas y convertidas en munición electoral.
China y las múltiples caras del capitalismo
China es el caso más revelador: una potencia capitalista colosal que algunos siguen mitificando como socialista por el nombre del partido gobernante y la fórmula oficial de “socialismo con características chinas. Su extraordinaria transformación descansa, en proporción decisiva, sobre relaciones capitalistas, con una burguesía subordinada a una poderosa burocracia estatal, sin los contrapesos propios de un Estado de derecho.
El economista Branko Milanović, experto en desigualdad, distingue dos grandes modalidades de capitalismo: el liberal meritocrático, representado por Estados Unidos y varios países europeos, y el político o autoritario, cuyo principal exponente es China.
La propia dirigencia china resume su economía con la regla “60-70-80-90”: el sector privado aporta más del 60% del PIB, el 70% de los avances tecnológicos, el 80% del empleo urbano y el 90% de las empresas.
En mayo de 2025 entró en vigor la Ley de Promoción de la Economía Privada. Cuando China busca potenciar sus fuerzas productivas, también recurre al fortalecimiento del sector privado y de los mecanismos de mercado. El Estado conserva un enorme poder sobre las finanzas, el suelo y los sectores estratégicos. Pero en la nación funciona uno de los capitalismos más dinámicos que ha conocido la humanidad.
Dos capitalismos frente a frente
Las similitudes con Estados Unidos son elocuentes. Según el World Inequality Report 2026, el 1% más rico concentra el 30.2% de la riqueza personal en China y el 34.8% en Estados Unidos. Según el FMI, en 2024 el gasto público representaba el 32.9% del PIB en China y al 37.9% en Estados Unidos.
Los billonarios ofrecen una comparación todavía más reveladora. Según la Hurun Global Rich List 2026, China tiene 1,110 billonarios, personas con fortunas superior a los 1,000 millones de dólares, y Estados Unidos, 1,000. En un año, China sumó 287 y Estados Unidos, 130. El país gobernado por un Partido Comunista los fabrica a más del doble de velocidad que la meca del capitalismo. Nueva York encabeza la clasificación mundial, con 146, seguida de Shenzhen, con 132; Shanghái, con 120, y Pekín, con 107. Tres ciudades chinas entre las cuatro primeras del planeta.
La rivalidad entre ambas potencias no enfrenta al capitalismo con el socialismo, sino a modalidades diferentes de capitalismo. Ni China ni los países nórdicos ni las economías gobernadas por partidos socialistas, como España, constituyen modos de producción socialistas. Demuestran, más bien, la extraordinaria capacidad del capitalismo para adaptarse a sistemas políticos distintos sin renunciar a sus mecanismos fundamentales de acumulación.
Las trampas de la identidad
¿Por qué, entonces, tantos sectores de izquierda insisten en identificar estas experiencias con el socialismo? Parte de la respuesta está en la tendencia a construir identidades por oposición. Si Estados Unidos es mi adversario y China lo enfrenta, esta se convierte en mi aliada. Importa más contra quién está que la naturaleza de su sistema productivo. Es más fácil abrazar a quien enfrenta al adversario que comprender a ambos.
Nuestro cerebro es un órgano eficiente y, por ello, tiende a simplificar la realidad, a tomar la parte por el todo y a privilegiar las oposiciones binarias frente al análisis de la complejidad y los matices: amigo o enemigo, izquierda o derecha, capitalismo o socialismo. Esta inclinación encuentra resonancia cultural en la lógica formal de Occidente, en la dualidad oriental del yin y el yang, y en la pugna entre el bien y el mal de las religiones desde la Antigüedad.
La complejidad incomoda y la satisfacción de pertenecer a una causa puede imponerse sobre la necesidad de comprenderla. Una etiqueta resuelve en un segundo lo que exige horas de estudio.
Erich Fromm, en El miedo a la libertad, explicó que la libertad puede producir aislamiento y angustia. Necesitamos autonomía y pertenencia, pero a menudo sacrificamos la primera para conservar la segunda. Durante gran parte de nuestra historia, quedar fuera del grupo podía comprometer la supervivencia. Las condiciones han cambiado, pero la necesidad de protección y pertenencia persiste. Pensar con independencia es un ejercicio de valentía: exige cuestionar las certezas compartidas, desafiar las convicciones del grupo y estar dispuesto a quedar en minoría.
La camiseta ajena y la tabla del náufrago
Cuando fracasan los referentes propios, surge la tentación de apropiarse de los triunfos ajenos. Las experiencias exitosas se convierten en una especie de franquicia ideológica. China exhibe trenes de alta velocidad, ciudades extraordinarias, avances tecnológicos y cientos de millones de personas que salieron de la pobreza. ¿Cómo no reclamar esa camiseta como propia, aunque se tengan discrepancias con el equipo?
Y está, finalmente, la desesperanza. Después de tantas derrotas, la necesidad de creer puede superar la de entender. El náufrago no examina la madera de la tabla a la que se aferra. Le basta con que flote.
Esa desesperanza ayuda a explicar otra transformación profunda: buena parte de la izquierda contemporánea se ha convertido, ante todo, en una fuerza centrada en valores. Defiende derechos, diversidad, redistribución y ecología, conquistas civilizatorias que no necesariamente cuestionan las estructuras fundamentales del orden económico. Cuando se desvaneció la aspiración de sustituir el sistema, quedaron los valores. Estos pueden convivir con el capitalismo: lo corrigen, lo humanizan y lo suavizan. No lo reemplazan. Una parte de la izquierda ha dejado de ser antisistémica sin dejar de considerarse alternativa.
Esto no significa reivindicar las experiencias socialistas del siglo XX. Sus fracasos y restricciones a la libertad exigen crítica, no nostalgia. La izquierda necesita recuperar algo más importante que sus viejas etiquetas: la capacidad de imaginar un futuro distinto.
Quizás la mayor derrota de una corriente política no consista en perder el poder, sino en perder la imaginación. En dejar de concebir una sociedad distinta y limitarse a mejorar aquello que originalmente pretendía superar.
Pero podemos imaginar una sociedad donde las personas no sean solo trabajadores, productores y consumidores, sino artífices y protagonistas de su propio destino. Donde las conquistas materiales no sustituyan la libertad, sino que la hagan posible. Donde la inteligencia artificial no sirva exclusivamente para multiplicar la acumulación privada, sino también para ampliar la autonomía individual y colectiva.
Imaginarla no demuestra que exista una alternativa superior al capitalismo, pero mantiene abierta esa posibilidad, precisamente lo que parecía clausurar la tesis de Fukuyama.
El capitalismo ha demostrado una extraordinaria capacidad para transformarse y sobrevivir a sus propias crisis. Pero quizá su verdadero triunfo no haya sido derrotar al socialismo, sino conseguir que muchos de quienes todavía hablan en su nombre hayan dejado de imaginar un futuro diferente a lo existente. Así, quienes más rechazan el fin de la historia podrían estar protagonizando, sin advertirlo, su confirmación más elocuente.
Porque la historia no termina necesariamente cuando desaparecen las posibilidades de transformación, sino cuando dejamos de imaginarlas.

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