Acotaciones genealógicas

Mi discurso apunta a una pincelada genealógica sobre determinados discursos que trabajan el resentimiento en el plano de lo filosófico, político y social, lo que supone ir más allá de la descripción de una emoción individual para interrogar sus raíces históricas, sus condiciones sociales de aparición y las relaciones de poder que intervienen en su transformación.

De acuerdo con Foucault en el texto Nietzsche: cursos, conferencias y trabajos, explica: «La genealogía de la moral es el único texto en el cual se utiliza de manera sistemática el término genealogía. Y siempre se trata de designar la búsqueda de un origen, un comienzo» (2026, p.91). De ahí que ella como actividad histórica «es un saber: hecho a la vez de meticulosidad, olfato, intuición, apreciación, aptitud casi médica para apreciar las fuerzas y reconocer los puntos débiles» (ibid.,p.105). Esta valoración subraya la importancia de indagar de manera rigurosa los acontecimientos históricos, alejado de las explicaciones lineales y de la búsqueda de un origen esencial.

A partir de este enfoque genealógico sobre el resentimiento de nuestro tiempo transido y cibernético, podemos examinar las condiciones históricas, sociales y políticas que intervienen en la formación, circulación y transformación de tal sentimiento. Este como rencor se encuentra vinculado a experiencias de frustración, humillación e impotencia y puede adquirir una dimensión colectiva mediante discursos y prácticas que construyen agravios compartidos, identifican responsables y movilizan determinadas interpretaciones del pasado.

Esta perspectiva adquiere relevancia para analizar cómo ciertos movimientos de extrema derecha articulan y canalizan el resentimiento a través de narrativas de exclusión, confrontación y restauración de un pasado idealizado. Así, el análisis genealógico busca comprender las condiciones que favorecen la emergencia de este rencor como fuerza política, los actores que intervienen en su configuración, los sujetos hacia quienes se dirige y las relaciones de poder que hacen posible su utilización como mecanismo de dominación y control.

El discurso sociológico de Bourdieu desempeña un papel fundamental para comprender el resentimiento social, porque se inserta en las representaciones del mundo social y en la configuración de las relaciones de poder simbólico. En ¿Qué significa hablar?, el autor sostiene que las representaciones sociales «pueden contribuir a producir lo que aparentemente describen o designan» (Bourdieu, 1985, p. 87).

Estas permiten comprender cómo el resentimiento, vinculado a experiencias de desigualdad, exclusión y falta de reconocimiento, puede adquirir una dimensión colectiva mediante discursos que articulan el malestar social y construyen interpretaciones compartidas de sus causas.

En relación con la capacidad transformadora del discurso político, Bourdieu afirma que «la acción propiamente política es posible porque los agentes, que forman parte del mundo social, tienen un conocimiento (más o menos adecuado) de ese mundo» (ibid., p. 96).

En el mundo cibernético, las plataformas digitales pueden acelerar esta transformación, haciendo del resentimiento una materia prima de movilización política sea a favor de la izquierda de corte social demócrata o de la ultraderecha autoritaria. El problema decisivo de nuestra época no es tanto la existencia de este resentimiento como quién lo interpreta y quién lo canaliza, contra quién lo dirige y con qué fines pretende convertirlo en poder político.

El resentimiento social constituye uno de los fenómenos más complejos y persistentes de la historia de las relaciones humanas. Sus manifestaciones atraviesan diferentes épocas, estructuras económicas, sistemas políticos y expresiones culturales, dejando una profunda impronta tanto en el pensamiento filosófico y sociológico como en la literatura universal.

Por ello, dicho sentimiento no constituye exclusivamente una disposición psicológica individual, ya que bajo determinadas circunstancias históricas, puede convertirse en un fenómeno social y político, particularmente cuando los agravios personales se articulan alrededor de experiencias compartidas de exclusión, pérdida de estatus, subordinación o percepción de injusticia.

La expansión de las plataformas digitales, la concentración del poder tecnológico por parte de los dueños del aire y de las nubes (Echeverría,2026) y el desarrollo de sistemas algorítmicos de información y comunicación han modificado las condiciones bajo las cuales se producen, circulan y adquieren legitimidad los discursos políticos que estimulan el resentimiento social en el mundo cibernético.

En este escenario, determinadas expresiones de la ultraderecha han encontrado oportunidades para convertir experiencias reales o percibidas de agravio en discursos de confrontación cultural, movilización identitaria y disputa por el poder social y cibernético. Uno de los aportes fundamentales para comprender el resentimiento procede de Nietzsche, particularmente en La genealogía de la moral (2016).

En esta obra desarrolla dicho concepto para explicar determinados procesos de formación de los valores morales. Según su interpretación, cuando la hostilidad no puede manifestarse mediante una acción directa, puede transformarse en una fuerza reactiva que modifica la valoración del mundo y de los otros.

El resentimiento deja entonces de ser una emoción pasajera para convertirse en una disposición persistente desde la cual el sujeto interpreta su propia condición y la conducta ajena. La experiencia de impotencia puede transformarse en una inversión de los valores, mediante la cual aquello que se percibe como superior, poderoso o inaccesible pasa a ser condenado moralmente.

Max Scheler, en El resentimiento en la moral (1998), profundizó en esta problemática al examinar la acumulación de sentimientos de envidia, odio, humillación, impotencia y deseos de venganza. Scheler sostiene que el resentimiento puede alterar la percepción de los valores y producir una relación distorsionada con aquello que se desea, se rechaza o se considera injustamente inaccesible.

Por su parte, Rousseau, en su Discurso sobre el origen y la desigualdad entre los hombres, aporta elementos para comprender cómo la comparación social, la desigualdad y el deseo de consideración pueden generar rivalidad y dependencia: «(…) desigualdad moral o política, porque depende de una cierta convención y está establecida, o al menos autorizada, por el consentimiento de los hombres. Esta última consiste en diferentes privilegios de los que algunos disfrutan en detrimento de los demás tales como ser más ricos, más honorables, más poderosos que ello o incluso hacerse obedecer» (Rousseau, 2001, pp.73-74).

En el pensamiento de Marx, las tensiones y los conflictos sociales encuentran una explicación fundamental en las condiciones materiales de existencia y en las relaciones históricas de producción. Aunque Marx no formuló una teoría sistemática del resentimiento, sus reflexiones sobre la alienación, la explotación y la lucha de clases permiten comprender algunas condiciones estructurales que pueden alimentar sentimientos colectivos de injusticia, subordinación y frustración.

En El capital (2016, t.I), Marx profundiza en las contradicciones del capitalismo y en los antagonismos que surgen entre las clases sociales. Es bueno señalar que la lucha de clases, en Marx, no equivale al resentimiento social. El conflicto entre las clases se explica por posiciones e intereses dentro de las relaciones de producción. Esta idea resulta relevante para comprender el presente más allá del marxismo ortodoxo: una sociedad puede experimentar desigualdades económicas profundas sin que estas conduzcan de manera necesaria a una conciencia política emancipadora, tal como lo hemos observado a finales del siglo XX y en este siglo XXI que trascurre.

En una dirección diferente, Camus, en El hombre rebelde reflexiona sobre la respuesta humana ante la injusticia y la humillación: «Scheler tiene también razón cuando dice que la envidia colorea intensamente el resentimiento (…). También, según Scheler, el resentimiento según crezca en un alma fuerte o débil, se convierte en arribismo o acritud (…). El resentimiento es siempre resentimiento contra sí» (Camus, 2026, p.30).

Los sentimientos de frustraciones derivadas de desigualdades sociales no se reducen a lo individual, dado que pueden ser interpretadas por discursos nacionalistas, identitarios o excluyentes que desplazan la atención de las estructuras económicas hacia determinados grupos presentados como responsables del malestar colectivo.

En Identidad: la demanda de dignidad y las políticas de resentimiento (2018), Fukuyama examina la importancia de las demandas de reconocimiento y dignidad en los conflictos políticos de estos tiempos transidos y cibernéticos. Su análisis permite comprender cómo las percepciones de humillación y pérdida de consideración pueden intervenir en la formación de identidades políticas.

Desde esta perspectiva, el resentimiento adquiere una dimensión significativa cuando deja de referirse a una injusticia concreta y se convierte en una interpretación general del orden social. El sujeto se percibe como alguien que ha sufrido agravio y que pertenece a una colectividad despreciada, desplazada o privada de un reconocimiento que considera legítimo.

La capacidad de transformar el malestar social en una manera de percibir e interpretar el mundo y el cibermundo, las instituciones y las relaciones de poder social y cibernético encuentra fundamento filosófico en Heidegger, quien,  en El ser y el tiempo, desarrolla el concepto de disposición afectiva para explicar que el ser humano se encuentra siempre abierto, arrojado al mundo.

En esa apertura mundana se experimenta y comprende la realidad desde determinados estados de ánimo que influyen en la manera en que las cosas adquieren significado para él: «Lo que designamos ontológicamente con el término encontrarse es ónticamente lo más conocido y más cotidiano: el temple, el estado de ánimo, antes de toda psicología de los sentimientos (…)» (Heidegger, 1993, p. 151, § 29).

Han, en su texto Sin respeto. Una crisis social puntualiza: «El resentimiento constituye una emoción arcaica que surge a partir de una herida del sentido del honor y que clama por venganza» (Han,2026, p.62)

La literatura universal ha ofrecido algunas de las representaciones más profundas del resentimiento, mostrando sus dimensiones psicológicas, morales y sociales. Dostoievski, en Memorias del subsuelo (2009), construye un personaje atormentado por la humillación, el orgullo herido y una hostilidad persistente hacia los demás. La conciencia del protagonista se encuentra atrapada en una relación contradictoria con el mundo, donde la impotencia y la autopercepción de inferioridad alimentan una forma de resentimiento que termina condicionando su existencia.

En Rojo y negro, Stendhal representa, mediante Julien Sorel, las tensiones entre la ambición individual, las diferencias de clase y las jerarquías de prestigio: «En cuanto a él, cada vez sentía más odio y horror hacia la alta sociedad en donde le habían admitido, claro está que, en el último escalón, lo que quizá explique su odio y su horror» (Stendhal,1983, p.41).

El deseo de ascender socialmente tropieza con los límites impuestos por el origen y la posición social, generando contradicciones entre admiración, desprecio, orgullo y frustración.

Por su parte, Charles Dickens, en Tiempos difíciles (2004), examina las consecuencias humanas de las diferencias sociales y de las aspiraciones de movilidad en una sociedad atravesada por las jerarquías de clase. Franz Kafka, particularmente en El proceso (1980) narra como el señor Josef K. se sumerge en la impotencia, se siente atrapado en redes de poder, que limitan su capacidad de comprender por qué tiene que morir cómo un perro.

Los discursos que apelan al agravio, la indignación, el miedo o la percepción de amenaza adquieren amplia circulación en el ciberespacio. La repetición de esos mensajes, su inserción en comunidades afines y las interacciones que generan pueden contribuir, bajo ciertas condiciones, a interpretaciones polarizadas en espacios sociales.

En este escenario, determinadas expresiones de la ultraderecha han encontrado oportunidades para convertir experiencias reales o percibidas de agravio en discursos de confrontación cultural, movilización identitaria y disputa por el poder social y cibernético. De ahí que una de las grandes batallas políticas del presente siglo es impedir que la ultraderecha capitalice el malestar de quienes sienten que el sistema les ha cerrado las puertas de la esperanza.

Andrés Merejo

Filósofo

Profesor e investigador de la escuela de filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD): PhD en Filosofía. Coordinador del Master Filosofía en un mundo global UASD-UPV/EHU (País Vasco). Especialista en Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Premio Nacional de ensayo científico (2014). Profesor del Año (UASD). Fundador del Instituto Dominicano de Investigación de la Ciberesfera (INDOIC). Fundador del Observatorio de las Humanidades Digitales de la UASD (2015). Miembro de la Sociedad Dominicana de Inteligencia Artificial (SODIA). Miembro fundador e integrante de la Junta Directiva de la Asociación Iberoamericana de Filosofía de las ciencias y las técnicas (AIFCYT). Director de fomento y difusión de la Ciencia y la Tecnología, del Ministerio de Educación Superior Ciencia y Tecnología (MESCyT). Autor de varias obras: La vida americana en el siglo XXI (1998), Cuentos en NY (2002), Conversaciones en el Lago (2005), El ciberespacio en la Internet en la República Dominicana (2007), Hackers y Filosofía de la ciberpolítica (2012), La era del cibermundo (2015), La dominicanidad transida: entre lo real y virtual (2017), Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos (2023), Cibermundo transido: Enredo gris de pospandemia, guerra y ciberguerra (2023), El oficio de pensar. Diálogos filosóficos (2025), vol. I y II, y Filosofía política de la inteligencia artificial. Poder, técnica y futuro humano (2026). Email: merejoandres@gmail.com

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