Aquel 30 de mayo de 1961 estaba supuesto a ser como cualquier otro en Ciudad Trujillo. De hecho, transcurrió sin novedades importantes. La gente se levantó y marchó a sus trabajos a cumplir con la acostumbrada faena. Los funcionarios y empleados públicos acudieron a sus dependencias, y los del sector privado a sus empresas. Esa mañana, el designado presidente de la República, doctor Joaquín Balaguer, con su tono pausado, anunció la trascendental noticia de que muy pronto el gobierno liberaría a los presos políticos que mantenían llenas las cárceles desde enero de 1960, y además, dijo que en mayo de 1962 se celebrarían elecciones generales.

Nada parecía turbar la tranquilidad del país ni la marcha del gobierno. Pero la cosa no estaba tan tranquila como aparentaba. No. La noche de ese día no iba a transcurrir igual de tranquila. Al contrario, sería muy agitada, como nadie siquiera podía sospecharlo. Esa noche en la Ciudad Primada de América iba a ocurrir un acontecimiento de envergadura nacional e internacional, que cambiaría de manera radical la vida del país.  En las afueras de la ciudad, camino a San Cristóbal, donde pretendía verse con una de sus tantas amantes, sería acribillado a balazos y su cadáver depositado como un cerdo cualquiera en el baúl del carro  propiedad de Antonio de la Maza, nada menos que Rafael Leónidas Trujillo Molina, el dictador que llevada 31 años gobernando esta media isla  como un césar romano. ¿Quién lo podía creer?

Obviamente, era impensable un hecho de esa naturaleza, pese a que el temible Servicio de Inteligencia Militar, que dirigía el siniestro Johnny Abbes, había detectado e informado al hermano del dictador, el ex presidente Héctor Bienvenido Trujillo (Negro), y al propio tirano, de ramificaciones conspirativas. Más aún, el SIM había proporcionado incluso los nombres de algunos de los que tramaban matar a Trujillo. Pero Negro se desatendió del asunto diciéndole a Johnny que le presentara el informe al Jefe porque él no podía hacer nada sin su consentimiento, y cuando éste se lo presentó, el tirano no hizo mucho caso. Agarró el informe que detallaba la conspiración y los nombres de algunos conjurados y lo tiró en su escritorio diciendo que luego lo leería y le daría instrucciones. Pero nada pasó. Ni vio el informe ni dio instrucciones. El tirano estaba llamado a morir esa noche, a sangre y fuego, como él había vivido.

Se tiene la creencia de que en sus días finales El Jefe presentía la muerte. En abril, a bordo del Yate Angelita, le saltó a sus allegados con esto: “¿Quién de ustedes será el Judas que me va a vender? ¿Cómo, Jefe? Respondieron todos al unísono. El Jefe, entonces, replicó con más contundencia: “Sí, sí, como lo oyen. Alguno de ustedes me va a vender”. Días después, en el mismo yate, volvió a hablar de su presentimiento. Dijo: “Pronto voy a dejarles”. Don Cucho, sorprendido, preguntó: “¿Por qué dice usted eso, Jefe, se siente usted enfermo? “No señor, yo estoy completamente bien, pero voy a dejarles; y no hablemos más de eso”, respondió exhibiendo su famosa sonrisa enigmática y sarcástica.

Algunos atribuyen esos presentimientos a ciertos desequilibrios mentales, que lo hacían perder la agilidad mental que en otras épocas fue muy notoria en él. Pero al margen de esos presentimientos, en muchos círculos flotaba un raro aire que presagiaba la inminencia de acontecimientos que podrían tener un desenlace trágico. Tal vez hasta el propio Trujillo presentía ese desenlace trágico. Tal vez.

De todas maneras, El Jefe no cambiaba sus costumbres ni demostraba la menor preocupación ni tomaba ninguna medida.  Incluso en ocasiones le expresó, en tono airado, su disgusto a Abbes por lo que él consideraba excesivas medidas de seguridad en torno a él. A mí me luce que Trujillo entendía que nadie tenía valor de atentar contra su vida. Y ese fue su grave error. Este país tiene tradición de matar tiranos y presidentes. Ulises Heureaux (Lilís) fue asesinado en Moca, y Ramón Cáceres (Mon) en Santo Domingo. Trujillo no tomó eso en cuenta. 31 años de ejercicio absoluto del poder le hacían creer que era inmune a un asesinato. Ese error lo pagaría con su vida la noche del 30 de mayo de 1961 cuando fue interceptado por siete héroes que iban en tres vehículos y lo acribillaron a balazos, poniendo fin a su vida y a su dictadura.

Farid Kury

Político, escritor y periodista. Ha escrito decenas de artículos en los principales diarios nacionales. Ha ocupado diversos cargos públicos. Ha sido asistente de la sindicatura de Son Pedro de Macorís (1998), Director de Prensa de la Procuraduría General de la República y de la Dirección General de Prisiones (1990), Gobernador Civil de la Provincia de Hato Mayor (1996), Candi-dato a Senador por el PLD (1998), Embajador Adscrito a la Cancillería, Encargado de Asuntos de Medio Oriente (1999-2004), Director del Departamento Cultural del Ayuntamiento de flato Mayor del Rey (20011). Asistente Asesor de los Comedores Económicos del Estado (2007), Coordi-nador Técnico de la Región Higüamo de FEDOMU (2011). en la actualidad es asesor Cultural del Senado de la República Dominicana. Es autor de varios libros: "¡Juan Bosch, ¡Entre el Exilio y el Golpe de Estado” (2000), “¡Peña Gómez, ¡Biografía para Escolares” (2003), “Francis Caamaño, ¡Una Vida” (2005), Trujillo, El Gladiador” (2006), “Juan Bosch, Memorias del Golpe” (2007), “Personajes, Triunfos y Caídas” (2008), “Minerva Mirabal, La Mariposa” (2010), “Juan Pablo Duarte, El Apóstol!' (2010), "Juan Bosch, del Exilio al Golpe de Estado" (2013), "Francis Caamaño, Entre Abril y Caracoles" (2014), lbs, de Restaurador a Tirano" (2015).

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