Los analistas de Goldman Sachs, uno de los bancos de inversión más influyentes del mundo, venían apostando contra la corriente desde 2022. Sostenían que las inversiones volverían a las cosas sólidas, al mundo concreto, y que la fiebre por los intangibles tecnológicos y el mundo digital terminarían cediendo. En 2026 ese planteamiento recibió nombre propio en un informe de Goldman Sachs: HALO, por Heavy Assets, Low Obsolescence, activos pesados y baja obsolescencia.
Durante más de una década, con tasas de interés bajas y dinero abundante, el mercado premió a las empresas livianas, las de software, las plataformas y los servicios digitales que crecen sin necesidad de construir fábricas ni inmovilizar grandes sumas en activos físicos y que acumulan datos. Hacia 2020 esa preferencia llegó a su punto más alto ya que las acciones de las empresas tecnológicas y de negocios digitales llegaron a valer más del doble que las de las empresas de activos reales.
Los estrategas de Goldman sostienen que esa era, en buena medida, ha terminado. Tasas de préstamos más altas, un mundo más fragmentado y cadenas de producción que se están reconfigurando (cambiando dónde y cómo se produce) devolvieron el protagonismo a lo tangible y concreto: la fábrica, la red eléctrica, la refinería, el oleoducto, el puerto, la carretera y la torre de telecomunicaciones. Los expertos del banco lo llaman una revalorización de la escasez. Las empresas intensivas en capital, vinculadas a activos físicos, ya superan, según la investigación de Goldman, en un 35 % a las livianas, más centradas en negocios digitales.
A esa tendencia se sumó la inteligencia artificial, una fuerza que pocos habrían imaginado aliada de lo físico y del mundo concreto y que empuja en dos direcciones.
Por un lado, abarata crear productos digitales y los vuelve fáciles de copiar, lo que hace bajar el valor de los negocios que dependen solo de software y plataformas digitales, porque cualquiera puede reemplazarlos con otro parecido. Por el otro, la propia inteligencia artificial necesita una base física enorme para funcionar. Las grandes tecnológicas, que antes valían justamente por no tener fábricas, se han convertido en constructoras de centros de datos y hasta plantas de generación eléctrica para alimentarlos.
Los cinco mayores operadores del sector tecnológico invertirán más de un billón de dólares en esa infraestructura física. [1] Así, paradójicamente, los reyes de lo intangible y del mundo digital se convirtieron en industriales pesados.
Cómo se mide lo “pesado”.
La parte más interesante del informe está en cómo los analistas de Goldman definen qué hace que un activo sea pesado.
Goldman Sachs ha desarrollado un método para medir la intensidad de capital de una empresa. A partir de este enfoque, el banco construye un índice basado en varias métricas, entre ellas los activos tangibles, el peso de los activos fijos o el nivel de inversión. Con este sistema, distingue entre compañías intensivas en capital y aquellas más ligeras, donde el negocio se apoya más en servicios digitales y apenas depende de activos físicos.
Este índice permite clasificar a las empresas no por su sector, sino según cuánto dependen de estos activos para generar ingresos.
Además, los perspicaces analistas de Goldman Sachs explican por qué algunos activos son especialmente valiosos: porque son difíciles de replicar. Esto se debe a que son muy costosos, requieren mucho tiempo para construirse, implican una gran complejidad técnica, forman parte de redes amplias (como las infraestructuras) o están sujetos a una fuerte regulación.
¿Qué es más fácil de copiar: una aplicación digital con usuarios y seguidores, o una red de carreteras o una planta industrial? ¿Y qué es más fácil de sustituir: un negocio digital como una red social, una aplicación para entrega de productos, o una infraestructura física esencial como una carretera o una presa generadora de electricidad que ha requerido años de inversión y desarrollo?
Para los analistas de Goldman Sachs las respuestas a estas preguntas son claras: los negocios digitales, aunque puedan crecer muy rápido, suelen ser más fáciles de replicar o de desplazar por nuevos competidores. En cambio, las infraestructuras físicas y los activos industriales requieren tiempo, capital financiero, capital humano y capacidades técnicas difíciles de reproducir, lo que los hace más duraderos, más escasos y, en consecuencia, más valiosos a largo plazo.
En síntesis, estas barreras que hacen más valiosos a los negocios industriales o físicos pueden resumirse en cinco factores: el coste, el tiempo de construcción, la complejidad de ingeniería, la integración en red y la regulación. [2]
La regulación como activo pesado.
La regulación aparece en esa lista de Goldman, junto al cemento, el capital y la ingeniería, como uno de los factores que protegen el valor de un activo a lo largo del tiempo. Cuando el informe identifica los sectores intensivos en capital, como los servicios públicos, la energía, los recursos básicos y las telecomunicaciones, los describe por un rasgo común: son infraestructura regulada, con altos requerimientos de capital fijo y activos de larga duración. Esa resistencia a la obsolescencia viene tanto del tamaño de la infraestructura (plantas, edificios, fábricas) como del marco de concesiones, licencias, tarifas y obligaciones que un competidor no puede duplicar a voluntad. La regulación viene a ser parte de la muralla que protege.
Esa es una forma poco habitual de mirar la regulación. El debate público suele tratarla como costo, como problema, como la cantidad de trámites que separan a una idea de su ejecución. El informe de Goldman, escrito para gestores de capital y no para reguladores o abogados, la presenta desde el ángulo opuesto. En la torre de alta tensión eléctrica, en la red de fibra, en la concesión portuaria, la regulación aporta buena parte del valor del activo, porque levanta la barrera de entrada que protege su rentabilidad durante décadas. Un marco regulatorio estable y creíble es, en esa lectura, un activo en el balance.
Conviene no exagerar el argumento. El informe de los expertos de Goldman no afirma que toda regulación cree valor, y la experiencia enseña que mucha de ella solo añade costo sin proteger nada. La observación debe ser más fina. Cuando la regulación define con claridad y estabilidad los derechos sobre un activo productivo, el mercado la incorpora al precio como fuente de durabilidad. Si solo impone carga sin conferir esa protección, la descuenta como obstáculo.
La diferencia está en el diseño de la regulación, más que en su cantidad. Y los mercados financieros, que pagan en lugar de opinar, parecen distinguir entre una y otra con notable precisión.
El nombre de HALO elegido por el atinado informe de Goldman tiene doble filo. En psicología, el efecto halo es la tendencia a juzgar bien algo entero por una sola cualidad buena. Lo curioso es que una de las cualidades que hoy hacen valioso a un activo pesado es justo la que casi todos critican. Entre los activos pesados que el mercado premia están la regulación y la seguridad jurídica que sostienen el valor de los activos.
Notas:
[1] Goldman Sachs Global Investment Research, "The HALO effect: Heavy Assets, Low Obsolescence in the AI era", Portfolio Strategy Research, 24 de febrero de 2026, sección "Repricing Scarcity: The Return of Heavy Assets", p. 4. Disponible en goldmansachs.com/insights/goldman-sachs-research
[2] Goldman Sachs Global Investment Research, "The HALO effect: Heavy Assets, Low Obsolescence in the AI era", Portfolio Strategy Research, 24 de febrero de 2026, sección "Focus on HALO: Heavy Assets, Low Obsolescence", p. 5. Disponible en goldmansachs.com/insights/goldman-sachs-research
Compartir esta nota