Hoy presto mi columna porque me pareció interesante esta reflexión que hiciera mi buena amiga Joselin Rivera y que decido compartir con ustedes. Gracias Joselin.

La muerte en Francia de una joven dominicana que durante años denunció haber sido víctima de abuso sexual por parte de su propio padre vuelve a colocar en el centro del debate una realidad que la sociedad suele evadir: el abuso sexual en la niñez no termina cuando cesa la agresión ni cuando se dicta una condena judicial.

La joven, quien logró que su agresor fuera sentenciado a 20 años de prisión en República Dominicana, fue hallada sin vida tras una prolongada lucha con las secuelas emocionales del trauma sufrido desde su infancia. Su historia no debe ser leída como un hecho aislado, sino como la expresión extrema de una problemática estructural que afecta a miles de niños, niñas y adolescentes: la violencia sexual intrafamiliar y sus efectos a largo plazo.

Diversos informes internacionales han advertido que muchos niños crecen inseguros precisamente en los espacios donde deberían encontrar protección: el hogar, la escuela o las instituciones encargadas de su cuidado. Cuando el agresor es una figura paterna, el daño se profundiza, pues se rompe el vínculo básico de confianza sobre el cual se construye el desarrollo emocional y la identidad.

Una mujer adulta, sobreviviente de violación por parte de su padre durante su adolescencia, expresó años después a su psicóloga una frase que resume con crudeza esta realidad: “Yo me morí el día que mi padre me violó; desde ese momento solo he sobrevivido”. Esta afirmación, lejos de ser una exageración, refleja el sentimiento persistente de muchas víctimas que continúan viviendo con un trauma no resuelto.

La evidencia científica y los estudios de salud pública coinciden en que la violencia sexual en la niñez está asociada con un mayor riesgo de depresión, intentos suicidas, consumo problemático de alcohol y drogas, dificultades en las relaciones afectivas, reproducción de patrones de violencia y, en algunos casos, muerte prematura.

Las llamadas experiencias adversas en la niñez tienen un impacto profundo y duradero en la salud mental y física durante la adultez. Quienes crecieron en contextos de abuso presentan una mayor probabilidad de ideación suicida y trastornos emocionales severos. Estas consecuencias no responden a una supuesta fragilidad personal, sino a heridas infligidas en etapas críticas del desarrollo humano.

El proceso judicial que culminó con la condena del agresor en este caso fue un paso importante desde el punto de vista legal. Sin embargo, su desenlace trágico pone en evidencia una deuda pendiente: la justicia penal no garantiza, por sí sola, la reparación emocional ni la recuperación integral de las víctimas.

Con frecuencia, tras concluir los procesos judiciales, las sobrevivientes quedan sin acompañamiento psicológico sostenido, sin redes de apoyo suficientes y sin políticas públicas que les permitan reconstruir su proyecto de vida. El sistema responde al delito, pero no siempre a la persona que ha sido profundamente dañada.

La prevención del abuso sexual infantil requiere algo más que sanciones penales. Implica fortalecer entornos de crianza basados en el cuidado, la ternura y el respeto, así como sistemas de protección capaces de identificar tempranamente señales de violencia. Especialistas señalan que una crianza libre de violencia es un pilar fundamental de la salud pública y una barrera efectiva contra la reproducción intergeneracional del maltrato.

Del mismo modo, resulta imprescindible garantizar servicios de salud mental accesibles y de largo plazo para las víctimas, así como romper el silencio social que todavía rodea estos crímenes, especialmente cuando ocurren dentro de la familia.

La muerte de esta joven dominicana no debe reducirse a una nota trágica más. Su historia interpela a una sociedad que, en demasiadas ocasiones, llega tarde. Nombrar estas realidades, analizarlas y exigir respuestas integrales es parte de la responsabilidad colectiva.

Porque cuando un niño o una niña son violentados, no solo se vulnera un cuerpo: se compromete el futuro de una vida entera. Y cuando la sociedad no acompaña adecuadamente a quienes sobreviven, el daño continúa, aun cuando el agresor haya sido condenado.

Rafael Alvarez de los Santos

Escritor y educador

Escritor y educador. Autor de las obras, Vivencias en broma y en serio y La Sociedad de la Nada. Twitter: @locutor34 Facebook: vivencias en broma y en serio

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