Hace unos días recibí, como miembro de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, el comunicado mediante el cual la Academia expresa su respaldo al Institut de Recherche pour le Développement (IRD) ante la reorganización del sistema público francés de investigación actualmente en discusión en Francia.
El debate gira en torno a la posible integración del IRD al CNRS. Quienes apoyan la reforma consideran que esta fortalecería la eficiencia y la capacidad científica del sistema. Quienes expresan preocupación temen que el IRD pierda la identidad que, durante más de ocho décadas, lo ha convertido en uno de los principales instrumentos de cooperación científica de Francia con los países del Sur Global.
Se trata, naturalmente, de una decisión que corresponde a Francia. Sin embargo, el debate merece nuestra atención por dos razones.
La primera es inmediata. Durante décadas, el IRD ha desempeñado un papel fundamental en la cooperación científica con nuestra región. Ha contribuido a la formación de investigadores, al fortalecimiento de instituciones y al desarrollo de proyectos conjuntos en numerosas áreas del conocimiento. Cualquier transformación de esta institución puede influir en las modalidades futuras de una cooperación exitosa.
La segunda tiene un alcance mucho mayor. El debate francés pone de manifiesto que la gobernanza de la ciencia constituye una cuestión estratégica. La arquitectura institucional de un sistema científico no es un asunto meramente administrativo. De ella dependen la continuidad de las políticas públicas, la capacidad de planificar proyectos de largo plazo, la estabilidad de las instituciones y la confianza de los socios internacionales.
Esta reflexión adquiere especial importancia en el contexto internacional actual. La globalización atraviesa una etapa de profundas transformaciones. El multilateralismo enfrenta crecientes desafíos. La competencia tecnológica, las tensiones geopolíticas y la creciente afirmación de prioridades nacionales están modificando el entorno en el que se desarrolló la cooperación científica durante las últimas décadas.
Cuanto más incierto se vuelve ese entorno, más necesaria resulta la cooperación científica internacional. Algunos desafíos —como el cambio climático y las enfermedades emergentes— son, por definición, transnacionales. Otros, como la transición energética, la seguridad alimentaria o la gestión sostenible de los recursos naturales, plantean problemas comunes que ningún país puede afrontar aisladamente. La cooperación científica no es un complemento del desarrollo. Es uno de sus instrumentos fundamentales.
Para América Latina y el Caribe, este escenario exige una doble estrategia. Por una parte, fortalecer los sistemas nacionales de ciencia, tecnología e innovación mediante políticas públicas estables y una inversión sostenida y adecuada en capacidades científicas. Por otra, ampliar las formas de cooperación regional e interregional. Las grandes infraestructuras científicas compartidas, los centros regionales de excelencia y las redes de investigación deberán ocupar un lugar cada vez más importante en la agenda regional.
La República Dominicana se encuentra en un momento especialmente oportuno para reflexionar sobre estos temas. El país ha logrado avances significativos en educación superior, investigación e innovación. Las discusiones sobre la arquitectura institucional del sector y la necesidad de promover un desarrollo territorial más equilibrado ofrecen una oportunidad para fortalecer la gobernanza de la ciencia, asegurar la continuidad de las políticas públicas y ampliar la inserción internacional del sistema científico dominicano.
La reorganización institucional, por sí sola, no genera capacidades científicas ni produce impacto económico y social. Para alcanzar esos objetivos debe estar acompañada de decisiones estratégicas que impulsen grandes proyectos nacionales y regionales y lla participación en las redes internacionales de conocimiento.
El debate sobre el IRD recuerda que las instituciones científicas requieren tiempo para construir prestigio, generar confianza y consolidar redes internacionales de cooperación. Esa estabilidad constituye un activo estratégico que siempre debe ser preservado y fortalecido.
La decisión final sobre el futuro del IRD corresponderá a Francia. Las preguntas que este debate plantea, en cambio, conciernen también a la República Dominicana y a todos los países que consideran la ciencia como una herramienta esencial de su estrategia para construir su futuro.
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