Las Termas de Vals suponen uno de los ejercicios intelectuales materializados más interesantes de Peter Zumthor. Alejándose del concepto de objeto autónomo, el arquitecto propone una obra que parece emerger del propio terreno, de la montaña, como si hubiese permanecido oculta en su interior durante siglos y el proyecto no hiciera otra cosa que revelarla, cual Miguel Ángel con sus bloques de mármol. Desde el inicio del proceso creativo, la arquitectura nace de una intuición primordial: la experiencia sensorial de la piedra, el agua, la oscuridad, la luz y el silencio. Este conjunto de elementos constituye la esencia del proyecto y trasciende su condición de meros recursos compositivos.
Zumthor elude la espectacularidad tecnológica de muchos otros complejos termales contemporáneos e, incluso, de algunas obras de referencia de la arquitectura actual. En cambio, propone recuperar la dimensión sensorial del baño como un ritual íntimo en el que el cuerpo redescubre las propiedades del agua, la textura mineral de la piedra y la lenta percepción del tiempo y del espacio. La arquitectura deja así de ser un contenedor funcional para convertirse en una experiencia del cuerpo y de las emociones.
El edificio responde a esa voluntad de pertenencia: no se apoya sobre la montaña, sino que se vuelve parte de ella. Las termas se incrustan en la ladera como una masa de piedra y vegetación, estableciendo una continuidad física y geológica con el paisaje alpino.
El espacio interior se organiza como una secuencia de cavernas excavadas en una gran masa de piedra. El recorrido serpentea entre enormes bloques pétreos que, más que delimitar estancias, configuran una topografía interior en la que la luz cenital, filtrada con intención, esculpe en la psique del usuario la percepción del espacio, generando un episodio sensorial distinto a medida que se avanza por el circuito. Los diferentes niveles de intensidad lumínica, la temperatura del agua, la resonancia acústica y la proximidad de la piedra se combinan como elementos que definen la experiencia vivencial.
La materialidad alcanza aquí un protagonismo excepcional, pero como si hubiese estado allí desde siempre. No existe distinción entre estructura, revestimiento, soporte y acabados.
En definitiva, las Termas de Vals representan una arquitectura donde construir significa interpretar el lugar antes que ocuparlo. Zumthor lo sabe y transforma la materia en atmósfera, convirtiendo el espacio en una experiencia fenomenológica donde el edificio no pretende imponerse al paisaje, sino revelar la dimensión poética que ya existía en él.
Peter Zumthor ha demostrado que la arquitectura —su arquitectura— alcanza una dimensión trascendental cuando se convierte en una experiencia profundamente humana. En las Termas de Vals no proyecta únicamente un edificio, sino un lugar donde la materia, la luz y el agua dialogan con el paisaje y con los sentidos, siendo partes de un todo.
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