El oro posee una seductora fascinación para los seres humanos. Desde que el mundo recuerda, ha sido objeto de envidia y motivo de las mayores guerras; ha sido la razón de traiciones entre quienes lo encontraron. Este metal nunca duerme y sobre él corren las manos, provocando grandes saqueos y asesinatos. Ha destruido países y, casi siempre, está manchado de sangre. Resguardarlo exige ser fuerte, casi un asesino adiestrado, pues se custodia en bóvedas mientras todos lo buscan. Es una moneda respetada y valorada en todo lugar, el fin por el cual todos los bandos están dispuestos a matar. El hombre cree que con su poder todo podrá remediar, pero cuando al fin muere, solo deja una guerra entre herederos y enemistad entre hermanos. Sin embargo, cuando se mide frente al valor del agua al bosque, el oro se convierte en un brillo vano que maltrata la montaña.
Un pueblo unido tiene la fuerza para poseer el control sobre todos los recursos de una nación. En este sentido, el poder de las masas condiciona las decisiones del gobierno para que asuma las leyes del Estado que amparan al pueblo y su medio ambiente. El acto colectivo de decir "no estoy de acuerdo" con una decisión que afecta nuestros intereses fundamentales se convierte en una luz para orientar la fuerza social. Es imperativo fiscalizar todos los acuerdos que no tomen en cuenta la vida de nuestros ríos y montañas, ya que de ellos depende la calidad de vida de nuestra población.
La reciente decisión del presidente Luis Abinader Corona es sabia y valiente. Primero, porque responde a quien se debe —el pueblo— y, segundo, porque enfrenta la presión de grupos económicos e inversionistas, locales y extranjeros, que proyectaban ganar mucho dinero. Estamos en un momento donde la apertura del internet permite que tantas voces cuestionen los relatos interesados. Dos décadas atrás, esto no era posible; hoy, los comunicadores que justificaron la explotación de la mina en San Juan de la Maguana están bajo la sospecha de obedecer a oscuros intereses particulares, no al interés de la nación.
El pueblo siente que fue engañado en el pasado, como ocurrió con la Barrick Gold, tanto por la proporción de beneficios que recibe la República como por el impacto ambiental. No ha sido posible salvar los ríos y arroyos de las cuencas aledañas, y no vale sacrificar nuestra naturaleza por un oro que solo enriquecerá reservas lejanas. Si ampliamos la mirada, luchar por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres debería ser el lema urgente de nuestra sociedad para unirnos en defensa de la tierra.
Si entendiéramos el sentido del movimiento en su esencia real, la misma reacción que ha tenido el pueblo contra la explotación minera en San Juan se dirigiría contra los residuos plásticos que envenenan nuestros ríos. Surge así el reto de una educación que fortalezca nuestros recursos humanos, elevando la cultura del respeto al medio ambiente desde la primera infancia, promoviendo la economía del residuo y el reciclaje, y presionando por un cambio urgente contra la obsolescencia programada.
El mundo no tiene espera: o la humanidad despierta o se destruye a sí misma. Cada nación debe sentarse a pensarse a sí misma, mejorar su relación con las demás y ser capaz de comunicar a toda su población en qué situación nos encontramos. El mundo cambió y demanda que salgamos de la zona de confort. Si el movimiento social no tiene un sentido consensuado, el caos será inevitable y seremos presa de los más fuertes.
Guiar una nación no solo depende de un presidente que escuche —lo cual es positivo—, sino de un líder que piense en la nación como un conjunto y, desde su luz real, oriente esa fuerza. Debemos dejar de una vez por todas la teoría del "ensayo y error". Es tiempo de la madurez del mando y de escuchar la razón de ser de todos los que, en cada jurisdicción, esperan lo mismo: la sabia repartición de los beneficios conforme al cumplimiento de las obligaciones.
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