El 22 de marzo celebramos el Día Mundial del Agua en un mundo en guerra en el cual se anuncia la escasez de muchos acuíferos y la destrucción de sistemas de desalinización de países donde, prácticamente, no hay acuíferos.
Con el conocimiento científico actual, sabemos que estamos atravesando graves problemas climáticos, se pierden bosques y, por ende, los acuíferos disminuyen o desaparecen por ser un bien común agotable.
El alma del mundo está en el agua, porque dependemos de ese valioso líquido para sobrevivir en el planeta. No obstante, el agua no es un recurso equitativo para todos y todas. Algunas culturas originarias la consideran la sangre del planeta que circula por sus venas.
En la cultura arahuaca existían cultos a diosas de agua como Ithiba Caubaba, que formó el océano; Ithabo, que gobernaba las aguas dulces; Boynayel, que gobernaba las lluvias mansas, y el iracundo Coatrisquie, que acompañaba a la diosa Guabancex para provocar los torrenciales de lluvia que producen las inundaciones tras el huracán.
En dicha mitología se explica y entiende claramente que el agua era divina y con una gran fuerza. Consideraban que su poder era de protección y cuidado para todas las especies existentes. Tal es el estado de fuerza e importancia para los originarios que se trasladó dicha memoria a las poblaciones campesinas. A pesar de los siglos y del modelo de colonización, sigue resistiendo esa memoria.
Esas ideas de que las aguas son lugares de protección, donde todavía habitan indígenas, es un recuerdo que permanece en las comunidades rurales.
Esta narrativa es importante en términos de una cultura que considera una buena gestión del agua como un bien común. Sin embargo, se están perdiendo dichas memorias y esto puede afectar la manera de cómo se mire el preciado líquido.
En este viejo sistema, los pueblos originarios adoraban el agua, pues era una identidad divina. El agua fue considerada una identidad femenina, así como otras sociedades la consideraron a través de la historia, ya que podía parir abundancia con los cultivos y bosques o escaseaba y provocaba daños si se violaban sus espacios, según su gestión. El cuidado y respeto de los afluentes era vital para la vida de estos pueblos antiguos.
Los cambios de sociedades matrilineales a formas patrilineales dieron paso a la aparición de dioses masculinos como Boynayel, el cual con sus lágrimas producía la lluvia que mojaba los cultivos, pero siempre lo acompañaban del sol, para darle equilibrio a la vida. De lo contrario, su tristeza dañaría las plantaciones y provocaría riadas.
El otro dios masculino es Coatrisquie, pero solo actuaba cuando la madre Guabancex o el huracán surcaba los espacios isleños para dar paso a la transformación del sistema climático de la región.
La acción climática de Guabancex era para la transformación y generar lo nuevo. Los mitos son recursos de importancia significativa para comprender la historia del agua en la cultura antigua y la moderna.
Durante ese proceso transicional de cambio de sistema de parentesco, los originarios comienzan a transformar su visión del agua y del mundo circundante, para introducir los dioses masculinos en el mundo acuífero. Empero, esto no significó que se consideraran inferiores las aguas dulces o las diosas que las acompañaban como entidad creadora y protectora de las aguas y bosques. Simplemente, las deidades protectoras y aclamadas pasaban a ser las masculinas.
Desde esa mirada es significativo señalar que la impronta de lo colonial con su modelo de monocultivo y de ganadería provocó un impacto en el marco del conocimiento de la sostenibilidad del agua como bien común. Por igual, es de vital importancia comprender que cambiaron las ideas sobre la gestión del agua y de su importancia para la vida de otras especies, como los bosques y animales.
El agua perdió la identidad femenina y pasaron a considerar a santos masculinos, como el caso de San Juan Bautista, como los protectores de las aguas.
Cabe recordar a Santa Lucía como un remanso de lo que quedaba entre los castellanos de las ideas femeninas en torno al agua. Por tal razón, cuando en los campos dominicanos se producían sequías, se invocaba a Santa Lucía y a San Juan Bautista, dada la transfiguración cultural que se transformó y creó nuevas ideas en torno al agua por el impacto de la colonización.
Por ejemplo, la diosa Ithabo ni Boynayel ya no serían aclamados para demandar la lluvia o apaciguar las aguas que fluyen libres de los cielos. Pero sí recurrían a usar hachas petaloides para hacerlas rodar por las casas para evitar que los rayos o las lluvias fortísimas destruyeran las viviendas.
Analizar la historia del agua es un buen marco para entender la gestión actual del agua. Hoy podemos decir que antes de la colonización existía un contexto social y cultural que consideraba la identidad del agua con derecho propio, era una divinidad y con una fuerza vital que permitía la vida. El agua tenía identidad; por lo tanto, se disfrutaba como un bien con calidad y que también demandaba pertenencia a otras especies.
En el marco de la modernidad se ha vuelto a discutir su significado histórico, por la importancia de entender nuestro estado actual en la gestión del agua y por considerarla como un recurso natural que se agota.
Hoy se ha vuelto a hablar de los derechos del agua. De que no es un recurso, sino un bien común con categoría política y una necesidad vital. La condición política del agua determina la gobernanza de los humanos y su distribución, la cual no es equitativa entre los humanos ni mucho menos con los animales no humanos ni con los bosques.
Dialogar sobre una nueva narrativa del agua en el orden político, histórico y ecológico es importante para la vida. Necesitamos ser coherentes y saber que la distribución del agua no es igualitaria, por lo que demandamos libertad política para gestionar y liderar el agua desde espacios colectivos incluyentes para las mujeres, las niñas y todos los colectivos humanos y no humanos.
Una buena gestión del agua implica derechos humanos y sentirla y pensarla para ser gestionada por lo colectivo. Estos son puntos políticos de gran importancia para la gobernanza, liderazgos y empoderamientos de otros individuos de alteridad.
El agua es un bien común. No obstante, han sido varios los grupos que son excluidos. Es imposible hablar del agua y separarla de las mujeres y las niñas. Esto lo confirma y apoya el informe presentado por la FAO, 2026, el cual nos dice que "donde fluye el agua, crece la igualdad", y otro informe de Naciones Unidas (Unesco), 2026, que titularon "Agua para todas las personas e igualdad de derechos y oportunidades". Ambos informes reclaman igualdad de derechos en términos del agua.
Desde diferentes perspectivas sabemos que el agua es un bien que está en peligro por múltiples razones relacionadas con un mal manejo. Son diferentes grupos y circunstancias que controlan el agua, tales como un sistema agroalimentario que destruye los bosques, el avance de la urbanización, los sistemas de tenencias que están en pocas manos y obligan a los más pobres a ocupar espacios que no son aptos para residir o gestionar la vida, lo que va afectando la calidad del agua.
Las relaciones de poder y la práctica de la modernidad que se sostiene en un manejo desigual bajo estructura colonial diseñaron los modelos de gestión de agua. Los modelos existentes son coloniales y masculinos. Existe exclusión del manejo y gestión del recurso hídrico.
En torno al agua hay que resaltar la exclusión de las clases sociales pobres, las culturas racializadas y las mujeres. La gobernanza se ha concentrado en los sistemas estructurados por políticas de Estado y el nulo acuerdo con las mujeres, los movimientos sociales y los pobres.
Las desigualdades son marcadas para las mujeres y niñas pobres, porque el bien común se acapara y obstaculizan su acceso al preciado líquido con calidad. La educación y el desconocimiento sobre el uso del agua y los problemas de saneamiento afectan más a los grupos marginados ya señalados.
Históricamente, las élites han sido devastadoras para los afluentes. Cabe señalar a los megaproyectos de hidroeléctricas, minería y modelo agroindustrial. Ellos consumen y mal usan el agua de todos y todas.
Cuando se asumen responsabilidades comunes y trabajamos para pensar el agua como una identidad con derechos humanos y parte de los bienes comunes, se producen cambios en los proyectos de gobernanza, liderazgos y financiación para crear espacios creativos que recuperen las memorias del agua. Solo así podremos descolonizar el agua, posibilitar que se incluyan a otros colectivos y que se legitime el derecho de las mujeres y hombres a formar parte de los procesos de gestión de nuestros afluentes.
Asumo la propuesta de una mujer de la cuenca alta del río Yaque del Norte: "No puedo curar ni criar el agua, porque los hombres que gobiernan no la sueltan y los indios que la habitaban la abandonaron por suciedad".
El agua tiene una memoria histórica y recuperar esas historias es un recurso legítimo para entender las estructuras del sistema colonizador de los acuíferos y la manera de cómo vamos a gestionarla en un espacio de equilibrio con este bien común.
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