La vida escolar transcurre en espacios poblados de objetos. Objetos que, con el tiempo se convierten en valiosos testimonios de la historia educativa de una nación. ¿Dónde está ese patrimonio tangible de la educación dominicana? ¿Bajo cuáles condiciones se conserva? ¿En qué momento se dará el paso de la conservación a la exhibición y a su utilización como fuentes de estudio?
Las infraestructuras escolares, el diseño de las aulas, la colocación de las butacas, la evolución de sus diseños, la ambientación de los espacios educativos, los materiales educativos: libros, cuadernos, lápices; los instrumentos de trabajo: compás, reglas, sacapuntas, ábacos; los documentos: boletines de calificaciones, currículos, nombramientos; las fuentes visuales y audiovisuales; y los testimonios personales de los actores representan parte del acervo cultural que conservan y analizan los países que cuentan con museos de la educación.
Creo que una mayor sensibilidad por la conservación del patrimonio educativo dominicano, hará crecer el apoyo a la investigación histórica de la educación. Crear conciencia a las instituciones educativas privadas sobre el valor de estas evidencias materiales y acopiar los objetos educativos con valor histórico de los planteles públicos es un compromiso estatal.
Como coleccionistas, debemos tener claro que formar una colección, además de un pasatiempo, es un ejercicio que arrastra una gran responsabilidad ética, en la medida que los objetos de nuestras colecciones no solo poseen valor histórico, sino, que también son portadores de la memoria colectiva. Ese “terreno privado con el bien público” en el que transita el coleccionista, ha llevado a definirlo como “un salvador y un carcelero”[1].
“Salvador porque compra cuando nadie más compra, porque se arriesga cuando el mercado aún no ha decretado un valor, porque ve donde otros no ven. Carcelero porque en el mismo momento en que compra una obra, se la quita al mundo: ya no es un patrimonio colectivo, sino un bien privado. La tensión entre estos dos polos, rescate y sustracción, recorre toda la historia del coleccionismo, desde las galerías renacentistas hasta las fundaciones contemporáneas.”[2]

El Museo de la Educación Gabriela Mistral es un ejemplo para la República Dominicana de este tipo de rescate y da fe del valor de estas iniciativas. Se fundó en 1941 con el nombre de Museo Pedagógico de Chile. La iniciativa la tomó el maestro Carlos Stuardo Ortiz, quien también organizó una exposición retrospectiva de la enseñanza en el Museo de Bellas Artes que se conviertió en el antecedente más importante de la apertura de lo que ahora es el moderno museo Gabriel Mistral.
La colección del Museo se logró a partir de las piezas reunidas por el profesor Stuardo, que acopió materiales y mobiliarios en desuso o no inventariado de las escuelas públicas de Chile. Actualmente la colección del museo Gabriela Mistral se encuentra dividida en tres áreas: material y mobiliario escolar, archivo fotográfico y biblioteca especializada con más de 40.000 publicaciones.
¿Dónde están los objetos con valor histórico para un futuro museo de la educación dominicana? ¿Qué han hecho los colegios de larga tradición de la República Dominicana con sus objetos?

[1] Federica Schneck: “El coleccionista privado: ¿Salvador o carcelero del arte?”, disponible en: https://www.finestresullarte.info/es/opiniones/el-coleccionista-privado-salvador-o-carcelero-del-arte#google_vignette.
[2] Ibid.
Compartir esta nota