En los años setenta y ochenta del siglo XX, la provincia Pedernales era cultural y deportivamente vibrante, limpia, sana, serena, ordenada, sin arrabales, con predominio de valores como la solidaridad y respeto al otro, sobre todo, a los mayores, y con una juventud proactiva con sentido de pertenencia. Basada en el trabajo, de envidiable convivencia social y humilde, sin la pobreza que se enseñoreaba en sus pares de la región.
Pero un día despertó sin esas prendas. Se las arrancaron de cuajo a golpe de indiferencia, mientras los verdugos abrían las compuertas anchas para la construcción de la ignorancia y el conformismo a la par del desenfreno.
Por comisión o inercia, culpables fueron: Gobierno, políticos malos o promotores de mendicidad, las iglesias, al enclaustrarse en sus templos solo para rezar; organizaciones sociales y otras voces con potencial para influir, que huyeron a los riesgos de la crítica para optar por las loas al poder y así lograr soluciones particulares.
Esta provincia dominicana distante 307 kilómetros del Distrito Nacional, fronteriza con Anse -a- Pitre (Ansapito, dicen allá), del departamento sur de Haití, ha tenido academia de música y músicos de alta calidad desde mediados de la década de 1950. Músicos en la sinfónica, en la rondalla universitaria de la UASD, en orquestas nacionales de prestigio. Tuvo dos orquestas…
Tuvo clubes muy activos, como el Socio Cultural, Leo, Leones, René Tousignant. Ligas de beisbol amateur, juvenil y pequeñas ligas, de softbol, baloncesto, volibol. Prácticas de karate y hasta boxeo y lucha libre. Dos cines con películas diarias exclusivas en las noches para adultos, y, los domingos, matinés para para niños y niñas. Hubo emprendedoras honradas con tiendas pujantes…
Una playa local hermosa y limpia para toda la comunidad, con su Típico Carey, sin “teteos”, ni riñas. Con bares y boite decentes. Una biblioteca. Un liceo combativo. Iglesia liderando procesos sociales. Torneos deportivos. Un parque central arborizado, con una glorieta y una pecera singulares, con sus retretas domingueras, sin mancar, visitadas por decenas de jóvenes.
Ahora, doblan las campanas. Hemos acudido al funeral de aquella sociedad, y las añoranzas abruman a quienes la vivieron. “Mi pueblo ya no es el pueblo, es una ciudad cualquiera”, como cantó Luisito Rey.
Ahora, vivimos (o sufrimos) el tiempo del caos y del desapego. Ha desaparecido el espíritu de comunidad. La comarca semeja un paquete de gente moviéndose sin ton ni son, ajena a que el mañana será tenebroso si no se espanta y sale de su escalofrío existencial.
Porque el tigueraje y don dinero cada vez más ganan protagonismo. Porque importa más estrujar en la cara de los demás los teneres lujosos, sin importar si la procedencia es de las drogas o del robo al dinero público vía la política. Porque los valores fundantes son considerados extemporáneos, solo asumidos por los “pendejos” y “estúpidos”.
Porque importa un carajo que los campos deportivos sean chiqueros y la juventud deambule desmotivada, vulnerable ante la tentación de los vicios crecientes. Que no haya viviendas para los pobres, ni acueducto eficiente, ni alcantarillado pluvial y sanitario con planta de tratamiento, ni planta para disponer los residuos sólidos. Que Edesur siga con su inestabilidad. Que no se construya un centro cultural moderno. Que la academia y la banda de música languidezcan por falta de instrumentos y repuestos. Que sigamos con una cárcel ultrahacinada en el centro del pueblo. Que la construcción de la carretera Barahona-Pedernales sea un sinfín, y la reclamada Aceitillar-Puerto Escondido no halle comienzo. Que las organizaciones sociales y empresariales vivan en silencio cómplice, sin asumir el rol que exige la coyuntura…
Pedernales vive un presente muy complejo. Hay un proyecto turístico en marcha, con desarrollo hotelero “full”, en Cabo Rojo, y construcción de un aeropuerto internacional, en el paraje Tres Charcos, municipio Oviedo.
El Gobierno pregona que será modélico, sostenible y sin las fallas de origen de los viejos polos. Pero no termina de arreglar la carga del burro, de modo que no terminemos con una “ciudad de lujo versus ciudad del padecimiento (Cabo Rojo-Pedernales)”. Los perniciosos fenómenos de la gentrificación y la turistificación ya causan estragos en la provincia.
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