Como dominicano, apoyar una agresión extranjera contra otro país de América no es un acto abstracto. Es, por simple coherencia histórica, validar el golpe que derrocó a Juan Bosch en 1963 y la posterior intervención de 1965. Cambian los discursos, pero el método se mantiene sorprendentemente intacto.
Conviene aclararlo desde el inicio. Esto no trata de ideologías ni de simpatías políticas. No es estar a favor o en contra de un gobierno. Es algo más básico y, por eso mismo, más incómodo: la autodeterminación y la soberanía de los pueblos. Porque cuando se habla de libertad, la pregunta no es si suena bien, sino para quién y bajo qué condiciones.
En nombre de esa libertad, se anuncia ahora que Estados Unidos no gobernará, claro. Gobernar sería demasiado explícito. Administrar suena técnico, responsable, casi altruista. Como si un país fuera una empresa mal gestionada que necesita un tutor hasta que aprenda a elegir correctamente. La autodeterminación no se elimina, solo se suspende por tiempo indefinido.
La escena recuerda inevitablemente a Julio César, cuando la República seguía viva en el discurso mientras el poder real se concentraba en una sola voluntad. No se abolía la libertad, se organizaba. No se anulaba la soberanía, se gestionaba. El imperio siempre ha tenido buen marketing.
Todo esto ocurre mientras se invoca con solemnidad el orden internacional. La ONU aparece en los comunicados, pero sus procedimientos se ignoran y sus estatutos se esquivan. El principio de autodeterminación, piedra angular del derecho internacional, queda reducido a una formalidad decorativa. Como advirtió Gandhi, las leyes que no se cumplen son solo palabras dibujadas, y todo derecho existe porque hay un espíritu que lo sostiene. Cuando ese espíritu desaparece, la ley deja de proteger y pasa a justificar.
Resulta aún más llamativo que esta cruzada se ejecute contra la voluntad de la propia población estadounidense. Más del 70 % se oponía a una intervención, según CBS y otros medios. Pero cuando la misión es “civilizatoria”, la opinión pública se vuelve un detalle administrativo.
Y no, la invasión no era la única vía. Nunca lo es. Existían otros mecanismos menos espectaculares y más complejos: negociación política, mediación internacional real, presión multilateral efectiva, salidas pactadas. No eran rápidas ni heroicas. Precisamente por eso fueron descartadas. Derrocar siempre luce mejor que resolver.
La historia regional ya conoce este guion. Guatemala, Chile, Panamá, República Dominicana. Escenarios distintos, consecuencias parecidas. Inestabilidad, dependencia y una factura social que siempre pagan los mismos. Un método curioso para promover bienestar.
Hoy el narcotráfico funciona como comodín moral. Bajo criterios tan amplios que cualquier país puede ser señalado, mientras la cadena convenientemente se rompe antes de llegar al consumidor. La narrativa se construye, los medios la difunden y la gente la repite. Todo muy ordenado.
Por supuesto, se insiste en que nada de esto es geopolítica. Pensar que se trata del control de recursos, del control de América y de contrarrestar a China en la disputa por la hegemonía mundial sería demasiado cínico. Mucho mejor llamarlo defensa de valores, aunque esos valores cambien según el mapa.
Ahora bien, si el interés fuera genuinamente el bienestar de un pueblo, la pregunta sería simple. Si tanto desean liberarlo, ¿por qué no empezar liberándolo del hostigamiento? ¿No sería más coherente permitirle respirar antes de hablar de reconstrucción? A menos, claro, que el problema no sea su falta de aire, sino su exceso de independencia.
Y como toda empresa noble, no falta el gesto final. Entre bombardeos, sanciones y administraciones ajenas, también se aspira al Nobel de la Paz. La paz, al parecer, luce mejor cuando se anuncia desde los escombros.
La historia es clara.
La libertad impuesta no libera.
El poder que administra pueblos no protege, domina.
Y ningún imperio ha sabido jamás construir aquello que primero decidió destruir.
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