El mecanismo de compensación, descrito por el psicoanalista austriaco, Alfred Adler y presente en la teoría freudiana de la personalidad, es un proceso psicológico mediante el cual una persona contrarresta un sentimiento de inferioridad,  o carencia mediante conductas exageradas de superioridad, poder o acumulación. En lugar de elaborar la insuficiencia sentida, el sujeto la encubre con logros aparentes o con la obtención compulsiva de aquello que cree que le hace falta.

Este mecanismo, pensado para las neurosis individuales, adquiere una fuerza explicativa extraordinaria cuando se aplica a estructuras colectivas de poder en sociedades marcadas por desigualdades históricas profundas.

En la República Dominicana, amplios sectores de la clase política arrastran una percepción crónica de insuficiencia: origen humilde, educación incompleta, legitimidad democrática frágil o trayectoria profesional precaria antes del acceso al poder.

Esa sensación de “no ser suficiente” nunca desaparece al llegar al cargo; al contrario, se agiganta. El mecanismo de compensación entonces con intensidad: el funcionario necesita demostrar – Así mismo y a los demás –  que ya no es el mismo de antes, que ahora “vale” porque tiene dinero, porque exhibe y nadie volverá a mirarlo por encima del hombro.

El político dominicano típico no acumula riqueza ilícita solo por codicia. La acumula para dejar de sentirse pequeño. Cuanto más inseguro se siente respecto a su pasado modesto o a su falta de pedigrí intelectual, más necesita rodearse de símbolos extremos de éxito: torres de apartamentos de lujo con helipuertos privados, yates de metros, relojes Rolex de seis cifras en la muñeca, de quien hace una década usaba un reloj marca pollito. Esos objetos no son de mero lujo; son prótesis narcisistas que intentan saturar una herida de autoestima que nunca pudo alcanzar.

La corrupción seguirá siendo no un problema moral aislado, sino la solución psicológica que nuestra sociedad enferma ha encontrado para no mirarse en el espejo

La corrupción dominicana tiene una dimensión profundamente narcisista. El corrupto no solo quiere dinero, sino que necesita ser visto teniéndolo. La ostentación no es un efecto secundario del enriquecimiento ilícito, sino que es su objetivo principal. En términos psicoanalíticos, funciona como un Acting-out permanente: una actuación compulsiva que intenta tapar el vacío interior mediante la hiperactividad de la riqueza. Cuanto más vacío siente el sujeto por dentro, más ruidosa debe ser la fachada.

Este fenómeno se agrava porque nuestra sociedad, lejos de rechazar esa ostentación, la admira y la envidia al mismo tiempo. El tigueraje cultural  -Esa mezcla de fascinación y resentimiento hacia quien “se buscó lo suyo como sea” –  opera como un refuerzo positivo de mecanismo de compensación. El mensaje colectivo es devastador: no importa cómo llegaste, lo importante es que llegaste. Así, la corrupción se convierte en la vía más rápida y socialmente aceptada de ascenso en un país donde las vías legítimas siguen bloqueadas para la mayoría.

El clientelismo político aparece entonces como una gigantesca maquinaria de compensación colectiva. El líder reparte puestos, contratos y prebendas no solo para comprar lealtades, sino para sentirse omnipotente y contrarrestar su propio miedo al vacío o al olvido. A su vez, quien recibe la migaja compensa su sensación de insignificancia adhiriéndose al poderoso. Se forma una cadena interminable de compensaciones donde nadie enfrenta su carencia real y todos alimentan el mismo teatro de apariencias.

La impunidad crónica actúa como el gran facilitador psicosocial de este mecanismo. Mientras el corrupto sabe que probablemente nunca pagará por sus actos  – sea por prescripción, por influencia o por simple inercia institucional –  la compensación puede desplegarse sin límites. Los escándalos de sobrevaluación en obras públicas, los contratos leoninos, los peajes sombra, las nominillas fantasmas no generan vergüenza colectiva, todo lo contrario, generación emulación: “ si otro lo hizo y está tranquilo, ¿por qué yo no voy a aprovechar cuando me toque?”.

La corrupción endémica nuestra no se explica completamente desde categorías económicas o institucionales. Es, ante todo, la expresión colectiva y patológica de un mecanismo de compensación que transforma la herida histórica de la insuficiencia en una carrera desenfrenada por la grandiosidad aparente.

Mientras no enfrentemos esa herida  – mediante la educación de calidad, redistribución real de oportunidades y construcción de una autoestima nacional que no dependa del consumo ostentoso – , la corrupción seguirá siendo no un problema moral aislado, sino la solución psicológica que nuestra sociedad enferma ha encontrado para no mirarse en el espejo.

 

Roberto Rímoli

Escritor

Roberto Rímoli, escritor, es licenciado en Comunicación Social (MA. en Investigación. de la Comunicación), licenciado en Psicología (Especialista en Psicología de la Comunicación).

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