Tras el término de la guerra fría, los europeos occidentales rechazaron construir un tratado de seguridad que involucrara a todos los países europeos en sustitución de la OTAN y del Pacto de Varsovia, que ya no tenían razón de ser. En contraste, acompañaron de buenas ganas a su socio en la expansión de la OTAN hacia el este y, amparados en ese manto protector, los países de Europa, principalmente los pequeños del Mar Báltico (Estonia, Letonia y Lituania) y Polonia, comenzaron a dar calor a la rusofobia, adoptaron frente a Rusia la costumbre del perrito Chihuahua, que se pasa el día ladrándole al grande del vecino confiando en que siempre estará amarrado.
Mantenerse permanentemente dos vecinos apuntándose con armas uno al otro, o sencillamente construir grandes murallas entre ellos, resulta infinitamente más costoso que hacerse amigos o llegar a acuerdos de convivencia. Pero basta hablar con un europeo, aunque sea un ciudadano común, para entender que no van a hacer eso, porque han sido adoctrinados a lo largo de siglos para odiar a los rusos, para no ver nada positivo en ellos, ni siquiera reconocer o admirar la calidad de sus grandes escritores, músicos, físicos o arquitectos.
Como ejemplo, véanse las ridículas declaraciones de la Representante para Asuntos Exteriores de la Unión Europea, Kaja Kallas, poniendo en dudas el papel de Rusia y China en la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial, justamente los dos países que más muertos pusieron y cargaron con los mayores sacrificios en términos económicos.
Si ahora los europeos comienzan a reconocer que estuvieron soñando por mucho tiempo, sufren escalofríos al ver el clima de desconfianza con su socio. Frente a la pretensión por Groenlandia, no creo que los países de la UE entren a defenderla si Trump la toma militarmente, ni mucho menos que estén en condiciones de enfrentarlo, de modo que lo mejor, para salvar las apariencias, es que se la vendan barata o, sencillamente, que se la envuelvan en papel de regalo.
Y en su empeño por controlar todo lo que le parezca Hemisferio Occidental, cuídense los británicos (y los argentinos) de que no le dé por apropiarse de las Islas Malvinas. El argumento sería exactamente el mismo que el de Groenlandia. Durante la guerra de Las Malvinas, Estados Unidos se puso del lado de los ingleses, indicando que Europa importaba más que Latinoamérica y que Inglaterra era más importante que Argentina por ser su socio de la OTAN. Eso ya cambió.
Si al final, la culminación de todo esto es la desaparición de la OTAN, sin que se destruya la Unión Europea, eso sería lo único bueno que Trump le dejaría al mundo como legado. Hasta ahora desconocemos a qué acuerdos llegó el jefe de la OTAN con Trump en Davos, qué le ofrecería a cambio de que no tomara Groenlandia por la fuerza, ni si lo que ofreció era suyo, pero luce que los detalles no son más que el color de la envoltura del papel de regalo.
Otra opción sería disfrazarle el regalo de una decisión soberana de los habitantes de la isla, sometiéndola a un plebiscito y, aunque habría una natural resistencia visto lo que les pasó a los inuit en Alaska y a las poblaciones americanas nativas, cuyas tierras fueron arrebatadas, sus culturas desmanteladas y, cuando no, ellos mismos aniquilados, sabemos cómo EUA tiene toda la experiencia del mundo en obtener los resultados electorales que desea en cualquier país.
Al iniciar su actual mandato, Trump afirmó que EUA no necesita para nada a América Latina, sino que somos nosotros que los necesitamos a ellos. Ahora resulta que su nueva Estrategia de Seguridad Nacional le confiere una importancia trascendental, y le aconseja replegar su imperio en el Hemisferio Occidental.
Gústenos o no, si con esa estrategia los únicos sacrificados fuéramos los latinoamericanos, y a cambio Trump lograra desmantelar la OTAN y dejar en paz al resto del mundo, nos tendríamos que adaptar sabiendo que no tenemos ejércitos ni élites capaces de evitarlo, pero la humanidad entera saldría ganando. Naturalmente, es un espejismo soñar con que dejaría en paz a los demás, pues los imperios mueren matando.
En nuestra región no estaríamos felices ni orgullosos sabiendo que nos tocó la peor parte, pero ese es el costo de estar “tan cerca de Estados Unidos y tan lejos de Dios”. Estamos conscientes de que seremos la guarida final del imperio y que a nosotros se nos va a hacer mucho más largo el proceso de decadencia, que puede durar muchas décadas más, aunque no sea como único hegemón.
Y digo que nos toca la peor parte, porque la historia moderna enseña que a los países les va peor cuanto más cerca de Estados Unidos están. Los datos dicen que el prolongado período de decadencia relativa de América Latina en el mundo pasa a coincidir con la época de mayor esplendor imperial de los Estados Unidos.
Como advertimos antes, medio siglo atrás nuestra región era la más rica en el llamado Tercer Mundo; en 1960 el PIB latinoamericano representaba el 26% y para el 2024 ha bajado al 16%. Medido en paridad de poder adquisitivo, en 1990 ALC representaba el 25.5% y ha bajado al 12%, menos de la mitad. De todas las regiones del Sur Global a nadie le ha ido peor que a América Latina y el Caribe durante estos tiempos.
Obsérvese que EUA, con la ayuda de la Unión Europea y Japón, ha impuesto embargos y sanciones a múltiples países en todos los continentes, pero solo en los latinoamericanos han surtido efectos catastróficos, pues en Europa Oriental, en Asia y en Medio Oriente, aunque sufran, han podido resistir y a veces hasta prosperar.
Y ahora, cuando se hacen visibles los primeros síntomas de cisma entre los líderes de la “civilización occidental”, tanto EUA como Europa miran hacia ese otro mundo en busca de comprensión y apoyo, sin haber comprendido el alcance del abismo que ya se había abierto frente a ellos.
Compartir esta nota