La desigualdad científica entre países no puede reducirse a una diferencia en el número de investigadores o publicaciones. Estos son más bien la manifestación de una desigualdad más profunda en la capacidad de participar en la producción de la ciencia de frontera y de disponer de las infraestructuras que hacen posible esa participación.
Una propuesta concreta para superar esta brecha la brinda el proyecto de una fuente de luz para el Gran Caribe, GCLSI. Los argumentos que lo sustentan no son meramente conceptuales. Muestran cómo una infraestructura regional puede convertirse en un instrumento para articular capacidades científicas, formar recursos humanos y generar un ecosistema tecnológico que casi ningún país de la región podría desarrollar aisladamente.
Estas reflexiones, ya presentadas en este espacio con motivo del quinto aniversario de la propuesta del GCLSI y en un análisis de la relación entre ciencia y soberanía, adquieren un significado adicional desde la perspectiva de la transformación de las relaciones científicas internacionales.
Las condiciones que hicieron posible la expansión de la cooperación científica durante las últimas décadas están en crisis. La seguridad de la investigación, la protección de tecnologías estratégicas, las restricciones a transferencias de conocimiento y la creciente competencia entre grandes potencias han introducido la geopolítica en el ámbito científico. Sin negar la legitimidad de proteger tecnologías estratégicas, la generalización de las medidas para hacerlo puede terminar modificando la cultura de apertura sobre la que se construyó la internacionalización de la ciencia.
La diplomacia científica ha desempeñado históricamente un papel importante porque la ciencia ha podido mantener abiertos canales de comunicación a pesar de las tensiones entre los países. El CERN, el ICTP y SESAME representan tres ejemplos de experiencias diferentes de una misma convicción: la cooperación científica puede crear espacios de encuentro que no dependen de las relaciones políticas del momento. La base de esta función fue la expansión de la movilidad internacional y la disponibilidad de las grandes infraestructuras científicas para recibir investigadores procedentes de diferentes países. La desigual distribución geográfica de esas instalaciones era parcialmente compensada por la posibilidad de desplazarse hacia ellas.
Ese modelo contenía, sin embargo, una condición implícita: que la apertura científica y la movilidad internacional continuarían siendo suficientemente estables. Hoy debemos plantearnos qué hacer cuando esa condición deja de estar garantizada.
Un investigador puede tener excelentes capacidades científicas, una universidad mantener una intensa actividad de investigación y un país formar profesionales de alto nivel; pero si el acceso a las instalaciones donde se realiza la ciencia más avanzada depende de consideraciones geopolíticas, la ausencia de esas infraestructuras deja de ser una simple desventaja y se convierte en una vulnerabilidad.
Durante décadas, una parte significativa de la investigación del Sur Global se desarrolló gracias al acceso a instalaciones situadas en países con una mayor concentración de capacidades científicas. Este modelo ha permitido avances importantes. Sin embargo, ha creado una dependencia estructural que se vuelve más visible cuando las condiciones de acceso cambian por razones que no tienen relación directa con la calidad científica. Una región puede estar formalmente integrada en la comunidad científica internacional y, al mismo tiempo, carecer de las capacidades materiales necesarias para participar cuando las circunstancias internacionales se vuelven menos favorables. La cuestión no es cerrar las puertas de la cooperación internacional, sino evitar que dependa de una relación estructuralmente asimétrica.
No es una cuestión teórica. La experiencia de la pandemia de COVID-19 mostró claramente que estas desigualdades no son solamente científicas. El principio de que nadie debía quedar atrás fue ampliamente proclamado por el G20, pero la concentración geográfica de capacidades productivas, tecnologías y cadenas de suministro generó notorias diferencias en el acceso a las vacunas. Estas diferencias hicieron visible una vulnerabilidad estructural que no puede explicarse por la ausencia de científicos o de instituciones capaces de realizar investigación de calidad.
Esto obliga a reconsiderar la idea fundamental de la diplomacia científica como puente entre comunidades científicas y entre países. Esa función sigue siendo esencial. Pero los puentes necesitan apoyarse en dos extremos. Una cooperación científica internacional verdaderamente abierta no puede subsistir si una parte del mundo concentra la mayor parte de las infraestructuras mientras el resto depende de la posibilidad de acceder a ellas. Si esa posibilidad disminuye, esto se convierte en un factor que limita o impide la cooperación.
Por eso, la diplomacia científica no debe solamente preservar los puentes existentes, sino también fortalecer los pilares sobre los que ellos se apoyan.
Esto implica incluir en la política científica del Sur la construcción de infraestructuras regionales, centros multinacionales de excelencia, programas conjuntos de formación y redes que generen capacidades científicas propias. No se trata de imaginar que cada región pueda reproducir todas las grandes instalaciones existentes en otras partes del mundo. Se trata de crear una distribución equilibrada de capacidades e infraestructura, menos vulnerable a las transformaciones del contexto geopolítico. Frente a la creciente fragmentación del orden multilateral, ha cobrado fuerza el concepto de “plurilateralismo pragmático”, entendido como la cooperación entre grupos de países con intereses convergentes en ámbitos específicos, sin necesidad de alcanzar un consenso universal.
Incluso actores centrales del sistema financiero internacional, como el ex gobernador del Banque de France, François Villeroy de Galhau, han señalado esta transformación. En un artículo reciente publicado en The Economist, planteó el plurilateralismo pragmático como una posible respuesta a la creciente fragmentación internacional.
Este enfoque que aparentemente ofrece nuevas posibilidades de cooperación es una variante de lo que hemos criticado. Si el plurilateralismo renuncia a la universalidad, existe el riesgo, o la certeza, de que los acuerdos entre los actores con mayores capacidades científicas, tecnológicas y financieras reproduzcan y fortalezcan, bajo nuevas formas, las desigualdades existentes.
El Sur quedaría fuera de los espacios donde se definen las prioridades, las reglas y las condiciones de la cooperación. La experiencia muestra que una arquitectura internacional que deja sistemáticamente fuera a una parte significativa de sus actores termina debilitando la propia cooperación que pretende organizar.
Por ello, la cuestión que se plantea para el Sur no es simplemente cómo participar en acuerdos plurilaterales diseñados en otros lugares, sino cómo desarrollar las capacidades necesarias para convertirse en un actor de ese nuevo sistema. La diplomacia científica debe contribuir a que los países del Sur participen no solamente como beneficiarios o usuarios, sino como socios capaces de proponer, negociar y contribuir a definir agendas.
En esta perspectiva se enmarcan las iniciativas de Big Science que están surgiendo en diferentes partes del Sur Global. El desarrollo de UVX y SIRIUS en Brasil o de SESAME muestra que es posible construir en el Sur infraestructuras científicas de escala internacional. Las iniciativas africanas y la GCLSI responden a una preocupación semejante: la necesidad de que regiones que durante mucho tiempo han dependido de infraestructuras externas puedan construir capacidades propias y participar de manera más activa en la ciencia mundial.
El caso del Gran Caribe es significativo porque plantea el problema en términos regionales. Son pocos los países de la región que tienen por sí solos todas las capacidades para desarrollar una infraestructura de esta escala.
Este proyecto es más que una propuesta de construir un sincrotrón. Su importancia reside en la visión de crear un espacio de cooperación alrededor del cual desarrollar formación avanzada, redes de investigación, innovación tecnológica y nuevas relaciones entre instituciones y países.
Aquí se encuentra el punto en que la soberanía científica y la diplomacia científica dejan de ser conceptos diferentes para convertirse en dos dimensiones de un mismo problema. La soberanía científica no significa aislamiento ni autosuficiencia. Significa disponer de capacidades suficientes para participar, decidir y negociar. Fortalecer científicamente una región no tiene como fin que coopere menos con el resto del mundo, sino que lo haga desde una posición diferente, en igualdad con sus interlocutores y participando en la definición de prioridades, sin tener que limitarse a las establecidas en otros lugares.
En este marco, la construcción de infraestructuras regionales adquiere una dimensión diplomática. No son solamente lugares de encuentro entre científicos de diferentes países, sino instituciones de cooperación capaces de articular universidades, centros de investigación, gobiernos y sectores productivos, generar comunidades científicas regionales y establecer una conexión con la ciencia mundial basada en la colaboración y no en la exportación de cerebros.
El desafío para el Sur no es obtener acceso a esas nuevas redes. Es llegar a ellas con capacidad para realizar un aporte activo.
La cooperación Sur-Sur adquiere así una dimensión diferente. No se limita a transferir conocimiento mediante el intercambio de investigadores, cursos o proyectos conjuntos, sino que implica producir conocimiento, compartir capacidades y construir conjuntamente las infraestructuras de Big Science que hacen posible la producción de conocimiento.
Esta perspectiva no reduce la importancia de la cooperación con los grandes centros científicos de Europa, América del Norte o Asia. Puede, por el contrario, hacerla más sólidahacerla más sólida: una comunidad científica internacional necesita centros de excelencia suficientemente distribuidos para que la colaboración no dependa de un pequeño número de nodos y para favorecer relaciones basadas en la complementariedad y no en la dependencia.
La ciencia puede atravesar fronteras y mantener canales de comunicación en momentos de tensión, pero el contexto internacional actual obliga a crear las condiciones materiales para que esta función pueda sobrevivir.
Los puentes siguen siendo indispensables. Pero solo cumplen su función si sus pilares son sólidos en ambos extremos.
El desafío para la ciencia del Sur no consiste en defender los puentes que ya existen. Consiste en construir las capacidades que permitan encontrarse sobre ellos.
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