Esta columna se titula “El mundo que veo” y, dentro de este acápite, un elemento importante son los libros que leo, que nunca serán tantos como los que reseñaba con erudición y pasión nuestro estimado José Rafael Lantigua.

Algunas de las razones para que yo sea peor lectora que nuestro antiguo ministro de cultura son la fragilidad de mis ojos, la ubicuidad del teléfono, que es más fácil de revisar sin lentes por las noches y ,solo en tercer lugar, las reales limitaciones de horario debidas a compromisos de trabajo o de familia.

Afortunadamente, cuento con incentivos para mantener este maravilloso hábito adquirido a través de mis padres y que me ha permitido expandir mi mundo a un precio realmente muy barato.  En los últimos doce años han estado presentes en mi vida grupos de lectura que sistematizan y orientan un placer que se vería mermado si ellos no estuvieran presentes.  La práctica no es nueva ni original, ni siquiera en mi propia vida porque hace justo cuarenta años me integré durante lo que duraron mis estudios en INTEC al Círculo Literario de esa universidad, coordinado en la época por José Mármol.  Él ya había hecho lo mismo en el Taller Literario César Vallejo, fundado por Mateo Morrison.  Hay reseñas de que antes de eso en el país, sobre todo en el Cibao, se habían organizado otros talleres literarios.  La misma Sociedad la Filantrópica fundada por Juan Pablo Duarte era, en realidad, un grupo de diseminación de ideas a través del teatro.

Duarte y la filantrópica son parte de una tradición de ampliación de los niveles de poder y de libertad a través de la lectura. Es probable que los primeros clubes de lectura de la humanidad fueran los establecidos para los Samurai, ya que este elemento era una parte esencial de su formación como guerreros. En Europa, los primeros grupos dedicados a esta actividad también estuvieron asociados a una preservación de la calidad de las élites y progresivamente se fueron constituyendo como sistemas de mejoría para la mayoría de la población.  En Illinois, Estados Unidos, el Club de Lectura de Damas de Mattoon, que el año que viene celebrará sus ciento cincuenta años de funcionamiento ininterrumpido, empezó como una manera de que las mujeres, que tenían vedado el acceso a la educación superior, pudieran cultivar su intelecto.  Algo parecido les sucedió a los afrodescendientes de ese país que, aunque paulatinamente empezaron a poder usar las bibliotecas públicas, no fue hasta la década de 1960 que todos, incluyendo los ciudadanos de estados del Sur, tuvieron el derecho de llevarse los libros a la casa. Una manera de contrarrestar esta limitación fue a través de la constitución de clubes donde los socios leían en voz alta. Por placer, por necesidad, por erudición o por búsqueda de libertad, la dedicación a la lectura es una práctica de ampliación de horizontes.

Jeanne Marion Landais

psicóloga y escritora

Jeanne Marion-Landais cuenta con una experiencia profesional importante en el mundo financiero y diplomático. Ha vivido en Estados Unidos, Francia y República Dominicana y su mirada al mundo está permeada por sus vivencias en estos países. A título voluntario colabora desde el 2014 con El Arca, asociación en torno a la discapacidad intelectual. Es madre de dos hijos.

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