Recientemente se dio a conocer la carta encíclica Magnifica Humanitas del Santo Padre León XIV, que trata de la custodia humana en el tiempo de la inteligencia artificial (IA). Este documento llama la atención sobre la amenaza de la cultura digital en el auge del autoritarismo tecnocrático y la erosión de la condición humana a nivel global.
En esa misma dirección, el filósofo dominicano Andrés Merejo puso en circulación el texto Filosofía política de la inteligencia artificial: Poder, técnica y futuro humano, donde nos advierte sobre la tendencia a la concentración del poder de la nueva élite de la industria de la IA y sus consecuencias políticas autoritarias.
En ambos documentos se destaca la creciente influencia de la tecnología digital en el auge del autoritarismo y la erosión democrática a nivel global. De manera que nuestro objetivo en este artículo es llamar la atención sobre la tecnología digital, la cultura política y la progresiva erosión de la democracia dominicana.
Vamos a sostener que la erosión de la democracia dominicana no proviene exclusivamente de la concentración de la tecnología digital y la inteligencia artificial, sino de la desigualdad económica, de los enormes déficits de legitimidad del Estado y el sistema de partidos, de los déficits de asociación, organización y movilización de la sociedad civil y de la enorme polarización de la cultura política dominicana.
En ese sentido, partimos de dos supuestos. Primero, que el impacto de la tecnología digital en la esfera pública no se produce en el vacío, sino en condiciones de desigualdad creada por el capitalismo global, el individualismo de la cultura liberal y el malestar de la democracia neoliberal. Segundo, que la cultura digital no impacta a todos los individuos de forma homogénea, sino de manera diferenciada por clases, edad, educación y territorio.
La deliberación ciudadana en la esfera pública
En términos generales, estamos en presencia de un cambio trascendental de la tecnología de la información y la comunicación, de una nueva forma de comunicarnos, producir y consumir datos e informaciones en formato digital a través de la inteligencia artificial, que está impactando de manera compleja el debate en la esfera pública.
En la democracia liberal, el ciudadano se constituye en un actor, un sujeto, que tiene agencia y participa del equilibrio del poder político mediante la vigilancia, la crítica, la movilización y la deliberación pluralista en la esfera pública (Habermas).
La democracia se nutre de la deliberación de los ciudadanos en la esfera pública, donde —formal y legalmente— tienen el derecho de participar sin discriminación del poder y el dinero, en el proceso de comunicación que hace posible la legitimidad política.
De forma tal que el acceso igualitario a los medios de comunicación convencionales, como la radio y la televisión, y a las nuevas plataformas digitales como YouTube, Facebook, WhatsApp, TikTok, Instagram y otras, se ha convertido en medio y recurso para la participación política.
Concentración del poder del sistema de comunicación
Sin embargo, como bien han revelado la encíclica Magnifica Humanitas del Santo Padre León XIV y Andrés Merejo en su texto citado, se está produciendo una concentración del poder de la tecnología de la comunicación que debilita la política deliberativa de la ciudadanía.
La concentración del poder de la tecnología digital y la inteligencia artificial se expresa hoy como una centralización industrial y geopolítica sin precedentes. La IA está reforzando el dominio de un grupo selecto de corporaciones y naciones que controlan la infraestructura física, los datos y el capital financiero necesarios para su desarrollo.
Según datos recientes, más del 60 % del poder de cómputo global está en manos de Google y Microsoft, que controlan la mayor cantidad de unidades de procesamiento necesarias para entrenar los modelos lingüísticos que utiliza el resto del mundo.
De manera que lo que se critica no es la tecnología digital en sí misma, sino sus efectos de poder, su capacidad de producir un sistema tecnológico que estructura una cultura: una forma de pensar, actuar y comunicarnos que establece la capacidad de pensar, actuar y comunicarse de los ciudadanos.
En este caso, la concentración del poder informático en un puñado de corporaciones tecnológicas ha trascendido el ámbito económico de una élite empresarial de un capitalismo informacional, para integrarse de forma directa a la estructuración de una cultura digital que afecta la agencia, la imaginación y la participación política de los ciudadanos (Castells).
La individualización y tribalización de la esfera pública
Con el desarrollo del sistema tecnológico: del celular, internet, las plataformas digitales y la inteligencia artificial, los individuos tienen los recursos para producir, distribuir y consumir contenidos digitales: videos, mensajes, pódcast a la carta, mediante los cuales singularizan sus gustos, intereses y preferencias ideológicas y políticas.
La cultura digital refuerza, expande y canaliza la búsqueda desenfrenada de la individualización de uno mismo puesta en marcha por la cultura liberal, deteriorando la integración, la cohesión y la capacidad de asociación de los individuos en la esfera pública: partidos, iglesias, ONG, etc.
Asimismo, la competencia por la viralización de los contenidos digitales, el uso de los algoritmos y la reproducción de videos hacia el infinito crean las llamadas burbujas informacionales y el tribalismo ideológico-cultural, polarizando la cultura política y debilitando la argumentación racional, crítica y autorreflexiva.
La erosión de la democracia dominicana
Hay que reconocer, desde una perspectiva sociológica, que la concentración de la nueva tecnología digital no está creando algo nuevo, sino que está agravando, expandiendo, acelerando y profundizando la erosión de la democracia dominicana mediante los algoritmos, las burbujas digitales, los simuladores virtuales y otros.
Según los registros históricos de Latinobarómetro, el apoyo a la democracia dominicana se ha situado por debajo de la mitad de la población (48 %), mientras que la preferencia o indiferencia hacia salidas autoritarias escaló de forma preocupante al 21 %.
En definitiva, la erosión de la democracia dominicana no es una consecuencia directa de la tecnología digital, sino el resultado de la intersección entre la desigualdad económica, una cultura política individualizada, tribalizada, una sociedad civil fragmentada y las deficiencias tradicionales de nuestro sistema político.
Las plataformas digitales no inventaron la desconfianza en las instituciones políticas, la desigualdad socioeconómica, el individualismo y el tribalismo en el país; más bien actúan como un potente catalizador que amplifica y acelera estas crisis preexistentes.
Por tanto, la respuesta ante el autoritarismo tecnocrático no puede ser el aislamiento digital, sino el aumento de la participación democrática en la esfera pública.
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