Las democracias enfrentan hoy un desafío que ninguna tecnología ha logrado resolver: proteger simultáneamente la libertad de expresión y el derecho de las personas a conservar su buen nombre. La velocidad con que circula la información ha convertido ese equilibrio en una de las grandes cuestiones de  nuestro tiempo.

El llamado caso Jaime Peñafiel–reina Letizia, ampliamente difundido en España y objeto de una intensa controversia pública, ofrece un punto de partida para reflexionar sobre un fenómeno que trasciende ese sonoro episodio y cualquier frontera: la facilidad con que una reputación puede resultar erosionada mucho antes de que los hechos, las pruebas o la verdad completen su recorrido.

No todos los daños admiten reparación. Un tribunal puede revocar una sentencia, reconocer un derecho o declarar la inocencia de una persona. Mucho más difícil resulta devolverle intacto su buen nombre cuando ha sido erosionado por la sospecha, la acusación o el rumor.

La sabiduría popular lo resumió hace siglos con una frase tan breve como inquietante: «Calumnia, que algo queda». Su vigencia parece haberse multiplicado en una época en la que una información recorre el mundo en minutos, mientras la rectificación suele llegar tarde y alcanzar a muchas menos personas. La velocidad de la difusión ha terminado por superar la velocidad de la reflexión. Y en ocasiones, por matarla.

No se trata de cuestionar la libertad de expresión ni el papel indispensable de una prensa libre y responsable en una sociedad democrática. Precisamente porque esos valores son irrenunciables, también resulta legítimo preguntarse cómo proteger otro bien igualmente valioso: el derecho de toda persona a no quedar condenada ante la opinión pública antes de que los hechos hayan sido esclarecidos.

El caso español ofrece una oportunidad para examinar esa tensión. No por el interés particular de sus protagonistas, sino porque vuelve a plantear una pregunta que los trasciende: ¿cómo preservar una sociedad abierta y crítica sin aceptar como inevitable la destrucción anticipada de la reputación?

1.   El gallo no volvió a ser el mismo

Una antigua narración popular cuenta que una persona, arrepentida de haber propagado una calumnia, acudió en busca de consejo. El anciano la escuchó en silencio. Cuando terminó de hablar, le señaló un gallo. La persona le arrancó las plumas y las fue tirando por el camino. Al día siguiente recibió una nueva instrucción: regresar y recogerlas todas.

Volvió con muy pocas. El viento había dispersado la mayoría. Creyó entonces haber aprendido la lección: una acusación, una vez divulgada, difícilmente puede retirarse por completo.

Pero todavía faltaba lo esencial. Aunque hubiese conseguido recuperar todas las plumas, tendría que volver a colocárselas al gallo exactamente como estaban, hasta devolverle la presencia y la prestancia que tenía antes de quedar desplumado. Ahí estaba la gran dificultad.

Ahí reside la verdadera dimensión del daño reputacional. Una acusación puede ser desmentida, una rectificación publicada, unas disculpas presentadas o una sentencia reconocer que los hechos no eran como inicialmente se afirmaron. Lo verdaderamente difícil es restituirle íntegramente a la persona el buen nombre, la confianza y la credibilidad que poseía antes de que comenzaran a arrancársele las plumas.

La gravedad aumenta cuando el interés deja de concentrarse en los hechos y se dirige contra la persona. Es la práctica conocida como ataque ad hominem: en lugar de examinar una conducta, una afirmación o una prueba, se procura descalificar a quien aparece involucrado. El propósito puede ser lucrar, cobrar una factura, obtener notoriedad, neutralizar a un adversario o simplemente infligir daño. La verdad pasa entonces a un segundo plano.

Ya no se busca determinar qué ocurrió. Se pretende que la persona  deje de ser vista como era antes.

La reputación no es simple vanidad ni un privilegio reservado a figuras públicas. Forma parte de la identidad social de todo ser humano: la confianza que inspira, la credibilidad de su palabra y el reconocimiento acumulado a lo largo de una vida. Cuando ese patrimonio moral se lesiona injustamente, no siempre basta con afirmar que la verdad terminará imponiéndose.

Las plumas quizá puedan recogerse. Lo verdaderamente difícil es conseguir que el gallo vuelva a ser el mismo.

2.   Cuando la velocidad supera a la reflexión

Las plumas del viejo relato eran dispersadas por el viento. Hoy pueden recorrer el mundo en cuestión de minutos. La tecnología ha reducido casi a cero el tiempo que separa una afirmación de su difusión masiva, mientras la verificación continúa exigiendo investigación, contraste y prudencia. El problema no radica únicamente en que la información circule más rápido, sino en que suele hacerlo antes de que puedan actuar los filtros necesarios para valorarla. El filósofo y ensayista italiano Umberto Eco advirtió que el filtrado constituye uno de los problemas fundamentales de la red.

Esa diferencia de velocidades ha transformado el debate público. La primera versión de los hechos suele instalarse en la conciencia colectiva antes de que existan los elementos necesarios para juzgarla con justicia. Cuando aparecen nuevos datos, una investigación introduce matices o un tribunal alcanza una conclusión, una parte de la sociedad ya ha emitido su propio veredicto. La acusación ocupa titulares y circula profusamente; la rectificación llega después, con menor alcance y cuando la atención pública se ha desplazado hacia otro asunto.

No es un problema exclusivo del periodismo. Todos participamos, en mayor o menor medida, de un ecosistema en el que compartir una información exige apenas segundos, mientras verificarla demanda tiempo, disciplina intelectual y disposición para rectificar. Nunca habíamos tenido tanta capacidad para comunicar; quizá nunca había sido tan necesario comprender que la rapidez con que una afirmación circula no demuestra su verdad y que interpretar precipitadamente puede resultar tan dañino como informar sin fundamento.

3.   Un caso que trasciende a sus protagonistas

La controversia provocada en España por las declaraciones de Jaime Peñafiel ofreció una oportunidad para volver sobre un problema que trasciende ese episodio. De un lado, se advierte que cualquier restricción puede amenazar la libertad de expresión; del otro, se reclama una protección más eficaz frente a afirmaciones falsas o gravemente lesivas. Ambas preocupaciones merecen consideración.

Una sociedad democrática no puede debilitar la libertad de informar, porque constituye uno de los principales mecanismos de control del poder. Pero tampoco puede ignorar que una acusación, una insinuación o una afirmación insuficientemente acreditada puede provocar daños irreparables cuando adquiere una difusión masiva.

El interés del caso no consiste, por tanto, en determinar desde estas páginas quién tiene razón. Esa tarea corresponde a las instancias competentes y al debate jurídico. Su valor reside en mostrarnos un problema que no pertenece exclusivamente a España ni se limita a personajes conocidos.

En la República Dominicana, la discusión en torno a la denominada «ley mordaza» ha colocado esa misma tensión en el centro del debate público. Mientras algunos sectores advierten sobre disposiciones que podrían restringir la libertad de expresión, el periodismo de investigación y la crítica ciudadana, otros plantean la necesidad de proteger con mayor eficacia el honor, la intimidad y la dignidad frente a los abusos de los medios convencionales y las plataformas digitales. Más allá de las etiquetas y de las posiciones enfrentadas, la controversia confirma que el desafío también nos pertenece.

Estas reflexiones prolongan una línea de análisis desarrollada en las tres entregas de La condena antes de la sentencia, publicadas anteriormente en Acento. Allí se examinó cómo la acusación pública puede convertirse en una condena social, moral, política y reputacional antes de que el proceso judicial establezca los hechos. El problema reaparece ahora desde otra perspectiva: cómo preservar la libertad de informar, denunciar y criticar sin aceptar que la reputación de una persona pueda ser destruida anticipadamente y sin posibilidad efectiva de reparación.

No son discusiones separadas. La condena anticipada y el daño reputacional forman parte de un mismo fenómeno: la sustitución del esclarecimiento por el veredicto inmediato. Primero se instala la acusación; después, si acaso, llegan las pruebas, los matices y la sentencia.

En el fondo, el desafío no consiste en escoger entre la libertad de expresión y la protección de la reputación. Una democracia necesita ambas. Necesita una prensa libre que investigue, cuestione y denuncie; pero también medios, instituciones y ciudadanos conscientes de que el poder de comunicar lleva consigo una responsabilidad proporcional a sus posibles consecuencias.

La libertad de expresión protege el derecho a hablar. No convierte en irrelevante el daño causado por lo que se dice.

Epílogo

Quizá sí se esté hablando de más. Como diría Joaquín Sabina, parecemos vivir entre «tanto, tanto ruido». Precisamente en medio de ese ruido, la reflexión —actividad humana cada vez más desafiada y, en ocasiones, hasta despreciada— pierde terreno frente a la urgencia de opinar, reaccionar y condenar. Una sociedad que normaliza el veredicto inmediato termina debilitando no solo el buen nombre de las personas, sino también su confianza en la verdad, en la justicia y en el propio debate público.

No se trata de imponer silencio, sino de recuperar la pausa, la prudencia y la responsabilidad antes de hablar. Porque el problema no termina cuando las plumas dejan de volar. Termina —si acaso termina— cuando quien sufrió el daño consigue volver a ser visto como era antes.

Y eso, con frecuencia, ya no es posible.

Juan Tomás Monegro

Académico y consultor.

Economista, graduado en México. Académico y consultor. Doctorado en Economía. Ex viceministro de Desarrollo de Industria, Comercio y Mipymes, y ex Viceministro de Planificación en el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo (MEPyD).

Ver más