La verdadera crisis no comienza cuando algo deja de funcionar, sino cuando seguimos llamando normal a lo que ya no funciona.”
— Anónimo
Durante mucho tiempo hemos confundido normalidad con estabilidad y crecimiento con progreso. Esa confusión nos permitió seguir adelante sin hacernos demasiadas preguntas, sostener rutinas que parecían funcionar y aceptar como inevitables prácticas que, en el fondo, ya mostraban signos de desgaste. Por eso, las crisis recientes —sociales, económicas, ambientales y morales— han expuesto una verdad incómoda: no todo lo que funciona es justo, ni todo lo que se sostiene es correcto.
En ese contexto, el despertar de la conciencia no aparece como un gesto idealista ni como una consigna moralizante. Surge, más bien, como una necesidad práctica. Porque cuando los márgenes se estrechan y las consecuencias se hacen visibles, la conciencia deja de ser un lujo reflexivo y se convierte en una condición para decidir con responsabilidad.
Dicho de otra manera, despertar la conciencia no significa adoptar una postura de superioridad ni señalar culpables con facilidad retrospectiva. Despertar la conciencia implica revisar con honestidad las bases sobre las que tomamos decisiones cotidianas, tanto a nivel individual como colectivo. En resumen, implica reconocer que muchos aciertos del pasado ya no alcanzan para explicar —ni para resolver— los problemas actuales. Y, sobre todo, implica aceptar que la comodidad prolongada suele adormecer y atrofiar el criterio.
La conciencia no despierta cuando todo va bien. Despierta cuando algo se quiebra. Cuando una decisión deja efectos no previstos, cuando una omisión pesa más que una acción fallida o cuando la repetición automática de prácticas conocidas comienza a producir resultados que ya no se pueden justificar. En esos momentos, la pregunta no es quién falló, sino qué dejamos de ver mientras todo parecía en orden.
Ahora son nuevas demandas sociales, restricciones económicas más visibles y una ciudadanía más atenta que obligan a revisar las decisiones que durante años se sostuvieron por inercia
En la vida pública, este despertar se manifiesta con particular intensidad. Políticas que durante años se presentaron como exitosas comienzan a mostrar grietas. Modelos económicos que prometían bienestar ahora revelan desigualdades persistentes. Instituciones que funcionaban por inercia descubren que la legitimidad no se transfiere ni se acumula: se renueva o se pierde. La conciencia colectiva se activa cuando la distancia entre el discurso y la realidad se vuelve evidente.
Por eso insisto en que el despertar de la conciencia no es exclusivo de los colosales sistemas. También ocurre en lo cotidiano. En la forma en la que se ejerce una responsabilidad, en cómo se administra un recurso escaso, en la manera en la que se responde a la presión o se gestionan los errores. Allí donde se opta por justificar en lugar de corregir, la conciencia se debilita. Allí donde se asume la incomodidad de revisar, comienza a fortalecerse.
Este proceso no es cómodo. Despertar implica renunciar a explicaciones simplistas y asumir complejidades. Implica aceptar que algunas decisiones tomadas con la mejor intención produjeron efectos indeseables. Implica reconocer límites propios y colectivos. Por eso, muchas veces se prefiere prolongar el adormecimiento: es más fácil sostener el relato que revisar la práctica.
Sin embargo, la historia muestra que los cambios más significativos no nacen de la comodidad, sino de la lucidez. Cuando la conciencia despierta, se reordena la escala de prioridades. Lo urgente deja de eclipsar lo importante. El resultado inmediato pierde peso frente a la sostenibilidad. La eficacia sin sentido comienza a ser cuestionada. No porque se rechace el progreso, sino porque se entiende que avanzar sin rumbo también es una forma de retroceso.
Despertar la conciencia no garantiza decisiones correctas ni elimina el error. Lo que sí hace es reducir la repetición ciega. Introduce una pausa reflexiva que no paraliza, pero orienta. Permite actuar sin negar las consecuencias y decidir sin trasladar costos de manera irresponsable. En tiempos de incertidumbre, esa capacidad es más valiosa que cualquier certeza aparente.
Hoy, más que profundas declaraciones, el despertar de la conciencia exige coherencia. Coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Entre lo que se promete y lo que se ejecuta. Entre los valores que se enuncian y los límites que se respetan. Esa coherencia no siempre produce aplausos inmediatos, pero construye algo más duradero: confianza.
La conciencia despierta no es estridente. No necesita gritar para imponerse. Se reconoce en la disposición a corregir, en la voluntad de escuchar y en la capacidad de decidir con responsabilidad aun cuando el contexto no ofrezca garantías. En un tiempo donde la prisa suele sustituir al criterio, detenerse a pensar no es un signo de debilidad, sino de madurez.
Tal vez no podamos evitar todas las crisis ni controlar todos los escenarios. Pero sí podemos decidir cómo atravesarlos. El despertar de la conciencia no resuelve automáticamente los problemas, pero cambia la forma de enfrentarlos. Y en ese cambio —silencioso, exigente y profundamente humano— comienza a gestarse cualquier transformación auténtica.
El año 2026 se presenta, en muchos ámbitos, como un punto de inflexión más que como una mera continuidad. No porque todo sea distinto, sino porque se acumulan señales de agotamiento de prácticas que hace mucho tiempo atrás bastaban. Ahora son nuevas demandas sociales, restricciones económicas más visibles y una ciudadanía más atenta que obligan a revisar las decisiones que durante años se sostuvieron por inercia. En ese sentido, el cambio no es solo consigna, sino una necesidad de ajuste consciente.
Compartir esta nota