Debió resultar insoportable para los herederos del monstruo estadounidense constatar que la conciencia política puede ser más letal que la superioridad tecnológica. Que el llamado “primer ejército del mundo” salga corriendo, cargando a sus muertos y heridos, los traslade a escondidas de un avión a otro, de allí a una isla y luego, a toda prisa, a territorio yanqui; que se refugien en hospitales mientras se cierra el paso a cualquiera que pueda informar, no es un detalle menor: es una confesión muda, un grito silencioso que revela que la incógnita puede —y debe— desenredarse.

Un puñado de venezolanos y cubanos, con armamento infinitamente inferior y sin más respaldo que su convicción antiimperialista, logró quebrar la moral de fuerzas entrenadas para matar. Allí donde el imperio esperaba una operación limpia, quirúrgica y sin testigos, encontró resistencia, conciencia y dignidad. No la soportaron. Huyeron.

Nadie niega el dolor inmenso causado por los crímenes cometidos. Asesinaron a más de cien ciudadanos venezolanos y cubanos. Asesinaron a 32 internacionalistas cubanos y 47 integrantes de las fuerzas bolivarianas. Asesinaron el Derecho Internacional. Nombrar los hechos es un deber moral y político. Pero también lo es señalar que esos asesinatos, lejos de garantizar la impunidad imperial, activaron una alarma profunda en el campo antiimperialista mundial. Como pocas veces, la propaganda se resquebrajó y dejó ver la verdad que intenta ocultar: el imperio no es invencible, sangra, se descompone cuando enfrenta pueblos conscientes.

Las huellas de la retirada —Puerto Rico como escala vergonzante, los hospitales de Florida como destino final— desmontan el relato heroico. Allí, entre camillas, silencios forzados y accesos restringidos, se evidencia el fracaso que los grandes medios se niegan a narrar. Porque cuando el poder huye, necesita mentir más fuerte.

Por eso se activa la gran operación de encubrimiento. Una manta espesa para ocultar lo ocurrido, incluso dentro del propio Congreso estadounidense. Quien aún confía en recibir información verdadera, con datos precisos, cifras de bajas y heridos, testimonios directos o partes médicos verificables, sigue atrapado en la ilusión de una transparencia que nunca existió. ¿Acaso se han difundido los resultados reales, en términos de muertos y heridos, de las fuerzas norteamericanas? No. El silencio es absoluto. Fue una operación contada al estilo de las películas estadounidenses: héroes sin cadáveres, victorias sin sangre propia, enemigos sin rostro.

Pero la inteligencia humana con conciencia social no necesita comunicados oficiales para deducir. El imperialismo sionazi paga colaboradores, compra voluntades y controla grandes corporaciones mediáticas; sin embargo, no puede comprar la capacidad de pensar críticamente de los pueblos organizados. Y aquí entra de lleno el impacto que tuvo la respuesta de los internacionalistas cubanos y las fuerzas especiales venezolana sobre los Delta Force: una respuesta que quebró la narrativa de omnipotencia y obligó a recurrir a bombarderos sofisticados, espionaje masivo, infiltraciones, control total de las comunicaciones, ataques nocturnos y fuego aéreo indiscriminado, como en una guerra total.

Aun así, necesitaron toda esa desproporción criminal para causar la muerte de 32 cubanos y 47 venezolanos que no se dejaron abrumar por la fuerza demoníaca del imperio. Esa es la verdad que se oculta bajo toneladas de propaganda: nada resulta más resistente que la conciencia política organizada.

Esa es la enseñanza que Cuba ha entregado a los pueblos, a las gentes solidarias, a la humanidad que se niega a vivir de rodillas. La conciencia eleva, protege, cohesiona; se convierte en el mejor escudo frente a la barbarie. Por eso tiemblan. Por eso mienten. Por eso esconden a sus muertos.

El llamado es claro y urgente: prepárense. Hagan bloque, frente, unidad. La historia pasada y presente del imperialismo estadounidense está escrita con sangre, y quienes la conocen saben que ya afila una segunda lanzada contra Venezuela, que no es solo un territorio, sino el corazón simbólico de los pueblos que se atreven a ser libres.

La batalla no es solo militar ni coyuntural. Es una disputa entre la muerte organizada y la vida consciente. Y cada vez que un pueblo despierta, el imperialismo retrocede y tiembla.

Julio Disla

Escritor y militante

Julio Disla: el militante de la palabra, el poeta del pensamiento crítico. Voy por la vida con una pluma que combate, un teclado que documenta y una mirada que no se conforma con lo superficial. Soy el arquitecto de textos que cuestionan al capital, al racismo, a los muros — y a toda forma de dominación que intente maquillar su rostro con promesas democráticas. He hecho del ensayo un arma, del artículo un escenario de lucha, y del poema una bandera. Cuando escribo, se siente la influencia de Marx, la voz serena pero firme de José Pepe Mujica, el reclamo por justicia social, y la pedagogía que busca educar a otros con ideas y datos. Fundador de utopías posibles, intento rehacer la historia desde la izquierda que se reinventa, que no teme nombrar el neoliberalismo por su nombre, y que encuentra en cada injusticia una oportunidad para escribir, denunciar, proponer. Lo técnico y lo emotivo coexisten en mi estilo como militante de una misma causa. Soy, sin duda, un constructor de puentes entre la teoría y la calle.

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