Comparto intimidades porque, en mi proceso, comprendí que muchas personas están atravesando momentos difíciles y que la conversación honesta y solidaria puede ser profundamente sanadora. Hablar —decía bell hooks— es un acto de resistencia cuando se hace desde la verdad y el cuidado mutuo.

El 2025 fue un año de grandes retos. En enero, en medio de un duelo que me tenía semi paralizada, asumí dos responsabilidades de trabajo regional: una remunerada y otra ad honórem. Cumplir con lo estipulado fue, al inicio, un esfuerzo casi sobrehumano. Aunque estaba agradecida y satisfecha por estos roles, mis emociones estaban profundamente comprometidas. Estaba muy triste.

Regresaba del Imperio de Salcedonia, donde me había trasladado a finales de febrero de 2024 para acompañar a mi madre en un proceso de salud. Con ella ya en otro plano, comprendí de golpe a qué se refieren cuando hablan del “nido vacío”. En enero 2025, coincidieron el regreso de mis hijos a sus vidas en Estados Unidos y la certeza de haber perdido lo que era mi “puerto seguro”: la casa de mami. Me envolví en un llanto infinito, una inseguridad impropia en mí y la sensación de estar sin lugar en el mundo. Mi casa se sentía fría y sola, aunque, en realidad, era mi alma.

Fue un tránsito difícil, pero lo acepté como necesario. Desde el abrazo compasivo —propio y ajeno— logré atravesarlo. El año se volvió intenso: mucho trabajo, muchos viajes y, en medio de todo, la maravilla de conseguir financiamiento para mi tercer documental de la serie Mujeres Extraordinarias. Estamos trabajando en ese proyecto, con el deseo de que quede tan bien hecho y atractivo que despierte interés con la misma intensidad que La Casa de Alofoke (lo último que se pierde es la esperanza).

Estas confesiones son el punto de partida para una reflexión: no todo lo que inicia con dolor, incertidumbre o aparente fracaso termina en desastre. Hay que vivir todas las etapas. Los dolores se transforman. Las pérdidas pueden convertirse en gratitud por la convivencia vivida y, sobre todo, en la capacidad de reconocer la bienaventuranza de haber compartido la vida con seres humanos entrañables, maravillosos y valientes, como Clara Brache.

En paralelo, el país no ha ido como muchas y muchos quisiéramos en este 2025. La persecución a mujeres de nacionalidad o ascendencia haitiana —incluyendo dominicanas negras— en el momento de parir ha sido tan indignante y dolorosa que interpela directamente nuestra noción de humanidad. Ninguna justificación administrativa o de seguridad puede legitimar ese nivel de crueldad.

El descalabro de SENASA terminó de confirmar lo que ya sabíamos: la crisis del sistema de salud no tiene su origen en las trabajadoras domésticas a quienes confiamos nuestras casas y alimentos, ni en las compañeras de los obreros que levantan las torres que transforman el paisaje urbano. Tampoco en que sus hijas e hijos accedan a escuelas o servicios de salud. La raíz del colapso está en la corrupción descarada, sostenida y sin humanidad.

Rita Segato ha señalado que la crueldad se vuelve un lenguaje del poder cuando el dolor ajeno deja de interpelar éticamente a la sociedad. Y eso es exactamente lo que ocurre cuando se intenta justificar el maltrato a personas migrantes bajo el argumento de la seguridad nacional. Ningún Estado constitucional y democrático de derecho puede construirse sobre tratamientos crueles, infamantes y degradantes.

A esto se suman otras dinámicas país que desalientan: una clase política y empresarial que parece incapaz de comprender que la depredación sostenida —robos, préstamos irresponsables, deterioro de la infraestructura pública, corrupción y una “benevolencia social del gobierno” que adormece la pobreza sin superarla— nos aleja cada vez más de una democracia real. Mientras tanto, el Estado gasta miles de millones en publicidad y propaganda… Eso llora ante la presencia de Dios.

Sin embargo, tengo claridad absoluta de que nada de esto debe conducirnos a la desesperanza. Al contrario: es razón para redoblar el compromiso con un país y un mundo donde la dignidad sea la esencia, la responsabilidad ciudadana sea inseparable del ejercicio de gobernar y la garantía de derechos sea una práctica cotidiana.

Por ahí se encaminan mis deseos para este 2026: año 1, año Caballo/Fuego, año de cumplimiento y presencia divina. Deseo, un año que nos convoque bajo el lema cristiano: “¡Denles ustedes mismos de comer!”. -Nos deseo- ecuanimidad, prosperidad, humanidad, compasión y tranquilidad. Que reconozcamos la legitimidad de todas las personas. Que hagamos revolución, y que sea desde la alegría.

Abrazos, besos, bailes, música, poesía. Cielo, montañas, mar. Caminos infinitos y horizontes de esperanza. Vida y luminosidad. Cascabeles amorosos, solidaridad como norte —sin fronteras—, vida en abundancia.

Sueño con que podamos tener largas y entrañables conversaciones y no solo mensaje por wasap. Disfrutar bebidas que despiertan los sentidos -té de los dos anises, espumantes, albariños, tintos roble, ron reserva y cócteles de esos que estimulan las ganas de seguir viviendo desde la alegría-.

Que nos adueñemos de los misterios gozosos y su guía para encontrar el amor en lo cotidiano. Que la providencia, la compasión, la ternura, el disfrute y la bienaventuranza nos abracen. Así será y así es.

Mucho amor y ausencia de traiciones.

Yildalina Tatem Brache

Abogada

Jurista, docente, documentalista y feminista

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