Isaac Newton es ampliamente reconocido por sus contribuciones fundamentales a la física y las matemáticas. No obstante, su influencia se extendió también al ámbito económico, particularmente en la administración del sistema monetario de Inglaterra. Aunque no desarrolló teorías económicas, su trabajo como funcionario público tuvo un impacto notable en la política monetaria de su tiempo. Su papel como director de la Casa de la Moneda marcó un hito en la historia económica de Inglaterra.
Newton nació el 4 de enero de 1643 (de acuerdo con el calendario gregoriano), que correspondía al 25 de diciembre de 1642, día de la Navidad, según el calendario juliano (vigente en ese momento en Inglaterra) en Woolsthorpe, Lincolnshire, y murió el 31 de marzo de 1727 (según el calendario gregoriano) o el 20 de marzo de 1727 (calendario juliano) en Londres. Su producción científica y obras más influyentes, como los “Principios Matemáticos de la Filosofía Natural”, fueron escritas cuando impartía docencia en la Universidad de Cambridge (1669-1687). Tras dejar su puesto como profesor en Cambridge, Newton inició una etapa en el servicio público, inicialmente como miembro del Parlamento y luego, en 1696, fue nombrado funcionario en la Casa de la Moneda. En 1699 asumió la dirección de dicha institución, responsabilidad que mantuvo hasta su fallecimiento.
Durante su etapa al frente de la Casa de la Moneda, Newton se enfrentó a una profunda crisis en el sistema monetario británico, caracterizada por la circulación masiva de monedas falsificadas, con su respectiva consecuencia inflacionaria, y por el deterioro físico de las piezas auténticas. Se estima que una de cada cinco monedas en circulación carecía de legitimidad. Para abordar esta situación, impulsó una ambiciosa reforma monetaria (posteriormente conocida como el Gran Reacuñado) que consistió en el retiro de las monedas antiguas y la introducción de nuevas piezas acuñadas con criterios más estrictos de calidad y autenticidad. Newton aplicó su rigurosidad científica a este proceso, involucrándose activamente en aspectos técnicos como la proporción de metales en las aleaciones, el peso exacto de cada moneda y la precisión de los grabados. Más allá de sus tareas administrativas, asumió un rol proactivo en la lucha contra los falsificadores, llegando a participar personalmente en investigaciones y operativos encubiertos. Su desempeño en este cargo consolidó su reputación como un reformador eficaz y meticuloso del sistema monetario inglés.
Entre las reformas implementadas por Newton se incluyen la adopción de técnicas mecanizadas de acuñación, que reemplazaron los métodos manuales tradicionales, la incorporación de bordes estriados en las monedas (que se siguen utilizando hoy en día) para dificultar su alteración, y la estandarización del contenido metálico, con el fin de asegurar que el valor de cada moneda coincidiera con la cantidad de metal que contenía (valor intrínseco).
En todo el proceso Newton contó con el apoyo intelectual de su amigo John Locke, el famoso filósofo liberal británico, quien sostenía que el valor de la moneda debía corresponder al metal que contenía. Ambos defendieron la integridad del peso y valor de las monedas, un principio que influiría en el pensamiento de la economía clásica.
En tiempos de Newton, Gran Bretaña estaba sometida a un régimen bimetálico en el que había dos tipos de monedas: las de oro (de alto valor) y las de plata (de bajo valor). Una moneda de oro valía 20 chelines de plata, pero en 1717 Newton estableció una nueva equivalencia oficial entre el oro y la plata, fijando el valor de una moneda de oro en 21 chelines de plata. Esta decisión, aunque técnica en apariencia, tuvo consecuencias importantes: promovió el uso del oro en las transacciones internas y facilitó la exportación de la plata, anticipando el predominio del patrón oro en la economía británica. Esta medida, además, fortaleció la estabilidad y credibilidad del sistema monetario, posicionando a Newton como un precursor del patrón oro, sistema que dominaría las economías occidentales entre los siglos XIX y XX.
El pensamiento científico de Newton influyó de forma indirecta en varios economistas clásicos. Adam Smith, por ejemplo, incorporó en su obra “La riqueza de las naciones” ideas sobre el equilibrio y el orden natural que recuerdan los principios de la física newtoniana. Esta visión también se encuentra en autores como Frédéric Bastiat, quien comparó, en su libro “Armonías económicas”, el funcionamiento del mercado con la armonía de los cuerpos celestes. Ambos ejemplos muestran cómo la racionalidad y el equilibrio universal postulados por Newton pasaron a formar parte del pensamiento económico de los siglos XVIII y XIX.
Newton murió la noche del 31 de marzo de 1727, tras una larga enfermedad (quizás producto de envenenamiento paulatino por el uso continuo de mercurio en sus experimentos), y fue enterrado en la Abadía de Westminster. Es, sin duda, uno de los científicos más importantes de la historia de la humanidad (matemático, físico, astrónomo, filósofo y teólogo) que en la segunda mitad de su vida descubrió el mundo de las ciencias económicas, centrándose en la economía monetaria. No fue un economista en el sentido académico, pero su visión rigurosa y empírica transformó el sistema monetario británico. Su paso por la Casa de la Moneda consolidó la integridad del sistema financiero y sentó las bases para el desarrollo del patrón oro. Introdujo prácticas de precisión, transparencia y control que fortalecieron la confianza en la moneda, anticipando la lógica de los bancos centrales modernos. Su contribución, aunque menos reconocida que la científica, constituye una de las primeras aplicaciones sistemáticas del pensamiento científico al ámbito económico. Su legado demuestra que la ciencia y la economía, aunque diferentes, pueden compartir un mismo principio rector: la búsqueda del orden y la estabilidad.
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