Una realidad misteriosa que al mismo tiempo que nos contiene nos rodea. En la ¿historia? del universo somos apenas un soplo. Miles de años de historia, desde los primeros seres pensantes, apenas es un guiño en el “tiempo” del universo. Algunos científicos hablan de un fluido oscuro, idea que intenta explicar el misterio de la materia oscura y la energía oscura.
La primera se supone que nos mantiene unidos o en equilibrio, lo que llamamos gravedad, y que mantiene en movimiento y unidad a las galaxias; y la segunda, la fuerza misteriosa que mantiene la expansión del universo. Hay quienes la llaman materia blanca. Para algunos, no son dos cosas distintas, sino una sola entidad gigantesca, un fluido cósmico que llena todo el espacio y que cambia su comportamiento según el lugar y la época del universo.
¿Qué sería ese fluido invisible que controla la estabilidad, el movimiento y, aparentemente, el destino final de todo lo existente? Ha tenido muchos nombres, pero un solo sentido: el que le proporciona orden y sentido a todo cuanto nos rodea en el universo.
Parece que aún no estamos preparados para comprender la realidad de nuestra propia vida y existencia. ¿Azar? ¿Manifestación de una fuerza única que lo ha hecho posible? Definitivamente nuestra comprensión de nosotros mismos y qué decir, del universo, parece aún estar muy lejos de nuestra capacidad y posibilidad.
La física contemporánea y el pensamiento místico parece encontrarse o reencontrarse en un contrapunteo misterioso.
Su Santidad el Dalai Lama, el líder político y religioso del pueblo tibetano, escribió un pequeño libro, El Universo en un solo átomo, que nos coloca ante la necesidad de abrir nuestro corazón y nuestra mente para hacer posible la conexión entre ciencia y fe, superando la retórica que fractura ambas maneras de entender la realidad.
Nuestra predilección por ver y analizar las cosas y los fenómenos desde un pensamiento dicotómico, que no da cabida a muchas posibilidades, parece simplificarnos las cosas ante la incertidumbre y la ausencia de respuestas claras y precisas, que disminuyan nuestras ansiedades ante lo desconocido.
Así, él nos invita a unir ciencia y espiritualidad y quizás entonces, salvar el mundo, ante la irracional manera que hemos diseñado como forma de vida y que solo nos invita a la explotación irracional de toda la riqueza natural, llevándonos al agotamiento y colapso total de nuestros recursos naturales y, con ello, a la vida misma.
Considera “que esta aclaración es la clave para conseguir la paz, no sólo en nuestro interior sino también en todo el mundo”. Sobre todo, en tiempos en que nuestro protagonismo como seres pensantes parecen entrar en cuestión, despojándonos de ser quienes dictamos las teorías y leyes que explican las realidades.
Este mismo ser humano que contrapone ambas racionalidades es quien ha creado históricamente maneras distintas de comprender la realidad ante sus dudas. En un principio las respuestas fueron mágicas – religiosas, posteriormente filosóficas y, más recientemente, científicas.
La ciencia pretende contribuir con nuestro conocimiento de cómo funciona el mundo y el universo, la espiritualidad darnos un para qué queremos y necesitamos usar ese conocimiento. Ignorar a cualquiera de ella, es perdernos en el desequilibrio, volvernos tecnócratas sin brújula y sin ética o, por el contrario, en creyentes mágicos sin sentido crítico y de realidad.
Unos y otros han hecho cosas a lo largo de la historia humana que ha puesto en peligro nuestra propia existencia. Oppenheimer, quien lidereó desde Los Alamos, la creación de la bomba atómica, al ver las consecuencias de la acción de quienes solo querían ganar la guerra a toda costa, no tuvo más que decir: “me he convertido en un despedazador de mundos”.
Las Cruzadas, aquellas expediciones militares cristianas europeas entre los siglos XI y XIII, supuestamente con el propósito de recuperar la Tierra Santa del control musulmán, impulsadas por el papado, tuvo como efecto principal el aumento del poder monárquico y una profunda hostilidad religiosa, entre muchas otras cosas.
Hoy vivimos la irrupción y auge de las tecnologías de la comunicación y las redes sociales, así como la “invasión generalizada” de la IA, y lejos de encontrar alivio a la soledad que nos caracteriza hoy, la profundiza. Quizás por eso la Organización Mundial de la Salud no ha tenido otra que admitir que la enfermedad mental es la principal causa de muerte en el mundo. La evidencia es abrumadora.
Byung-Chul Han lo describe como el “agotamiento del alma”, esa fatiga profunda y solitaria que caracteriza a lo que él llama “la sociedad del rendimiento”, en la que nos exponemos constantemente al cansancio físico y al agotamiento mental y espiritual, exigiéndonos productividad máxima y positividad tóxica. Lo que los especialistas llaman el síndrome del burnout.
Es imprescindible recuperar esa sensación de pequeñez de lo que somos en un universo inmenso, desconocido e impredecible, permitiéndonos ese motor ético poderoso que nos recuerda que no somos dueños del mundo, sino tan solo, parte de él. En esa perspectiva la ciencia nos ofrece respuestas y la espiritualidad las narrativas para sostener la vida.
No se trata tan solo de creer o no creer, más bien se trata de integrar.
Termino con dos frases de Pierre Teilhard de Chardin, jesuita, paleontólogo y filósofo francés conocido por su esfuerzo intelectual de integrar la evolución científica con la fe cristiana, quien nos decía:
“No somos seres humanos con una experiencia espiritual. Somos seres espirituales con una experiencia humana”.
“La construcción de la conciencia humana es el objetivo de la evolución”.
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