Desconozco su procedencia, aun así, aseguro que la suerte existe. Siento que es poderosa, impredecible, y proviene de lugares ignotos. Imagino que obedece a diferentes deidades, y hasta puede que al mismo demonio. Es intrusa, bondadosa y malvada, caprichosa; igual eleva que hunde. Ronda sin descanso entre los mortales.
El azar, así también se le llama, parece marcar el futuro de naciones enteras. Por eso, no es raro escuchar decir que estos países del tercer mundo somos víctimas de la mala suerte; y que los del primero avanzan gracias a la buena. Demasiada gente anda convencida de esa definitoria influencia, quizás para evitar enfrentar otras razones. O por acomodarse en la indiferencia.
Por ejemplo: cuando en países avanzados los colegios médicos conquistan la excelencia profesional de sus afiliados, se atribuye a favores del destino. Cuando las asociaciones de maestros en Francia, Finlandia, o Canada, logran estándares de educación por encima de otras naciones, es porque el cielo lo dispone. O sea, que si a “unos les va de cal y a otros de arena” es consecuencia de un chepazo.
Aguardamos un golpe de suerte nacional preñado de buenaventuras, capaz de terminar nuestros males. Actitud propia de tiempos de las cavernas; el hombre primitivo creía que las cuevas se inundaban por la ira del dios de la lluvia, y no por falta de buenos drenajes. Seguimos inclinados a esperar milagros y decisiones del Altísimo.
No son las maldiciones, ni el calor de estas geografías, la razón por la cual terminan politizadas nuestras asociaciones profesionales, convirtiéndose en desastrosos sindicatos; nada tiene que ver con la casualidad que tantos lideres sigan atrapados en mentalidades de siglos pasados. Entiendo que no es aleatoria esa lentitud con la que vamos acercándonos al primer mundo.
La semana pasada fue hecho preso, luego de haber sido expulsado del palacio de Windsor, el príncipe Andrés. Su alteza violentó normativas de un cargo público: pasó información confidencial al execrable pedófilo norteamericano Jeffrey Epstein. Anteriormente, la reina Isabel, su madre -respetando la corona, el pueblo que representa, y el honor del resto de su familia-, despojó de privilegios, cargos y sueldos, a ese hijo abusador de niñas menores. El Estado británico muestra así un respeto estricto y sin privilegios a sus intuiciones.
Si los ingleses pudieron llegar a ser imperio, y al dejar de serlo continuaron entre las naciones más civilizadas del planeta, no ha sido por azar. Ellos tomaron la decisión activa de guiarse por leyes y criterios inviolables, de cuyo cumplimiento dependía el progreso.
Pero aquí, de manera irresponsable, y esperando que nos cambie la suerte, libramos de obligaciones y condena a cualquier poderoso, pariente, amigo, leal, o compadre, Quienes tengan suficiente poder político o económico tienen la justicia a su favor. Es una tara ancestral que en nada tiene que ver con el “maldito destino”. No hemos sabido, o querido, librarnos de ella. Esa, y no otra, es la razón por la que todavía no somos suecos…
Lord Bertrand Russell, filósofo y matemático británico, por demás premio Nobel de literatura, invita a no esperar a la suerte, sino a tomar un papel activo y racional en la construcción de la propia felicidad y en la mejora del mundo, basándose en el amor, el conocimiento y el interés por los demás. Sus compatriotas piensan igual. Parece que nosotros no.
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