En América Latina, demasiadas políticas universitarias se obsesionan con lo formal: acreditaciones rígidas, rejillas curriculares estandarizadas, reportes interminables. En lugar de apoyar la investigación, la docencia creativa o a los estudiantes se levantan murallas burocráticas que asfixian a la universidad. Uno de los mayores defectos de nuestras políticas de educación superior es justamente este: convertir procesos administrativos en fines en sí mismos.
Un ejemplo extremo es el de Ecuador, donde la llamada “alineación” exige que licenciatura, maestría y doctorado estén perfectamente encadenados. Si no, el candidato a una plaza universitaria queda descartado. Incluso quien ya tiene un puesto estable ve limitadas sus áreas de docencia e investigación. La paradoja es grotesca: doctores con altísima formación —muchos en universidades de prestigio internacional— quedan marginados porque su primer título “no coincide” con su doctorado.
Lo que en apariencia parece una medida sensata —dar orden y continuidad al sistema— se basa en una lectura errónea de la clasificación de la UNESCO (ISCED) y en una acrítica confianza en las agencias de EUR-ACE. Esa clasificación nunca fue pensada para contratar profesores, sino como herramienta estadística para comparar sistemas educativos. Convertirla en filtro excluyente es un abuso.
Las consecuencias son devastadoras. Un físico con doctorado en neurociencias no puede dirigir proyectos de biología; jóvenes con un PhD en Europa o Estados Unidos regresan y descubren que no pueden postularse porque estudiaron matemáticas primero y biología después; investigadores extranjeros que podrían enriquecer la vida académica del país quedan fuera. Mientras tanto, las universidades carecen de docentes con verdadera experiencia investigadora.
A este sinsentido se suma un hecho casi invisible: en muchos países de la región, los profesores universitarios iniciaron su trayectoria con estudios pedagógicos en la didáctica de su disciplina antes de especializarse en investigación. Esa primera formación, que debería valorarse como una fortaleza, se convierte en un obstáculo, pues “desalinea” su hoja de vida respecto al doctorado y limita injustamente su desarrollo académico.
La contradicción es evidente: la misma “alineación” que pretende garantizar calidad termina bloqueando la investigación interdisciplinaria, reduciendo la universidad a un laberinto burocrático y favoreciendo la fuga de cerebros.
Y no es solo Ecuador. En Chile, los procesos de acreditación de doctorados priorizan las rejillas formales y el “perfil de egreso” sobre la calidad de los investigadores. En Colombia, para ingresar a un doctorado casi siempre se exige un máster “perfectamente alineado” al campo de especialización, limitando la movilidad académica. En México, el Sistema Nacional de Investigadores privilegia indicadores administrativos más que la creatividad intelectual.
En República Dominicana la situación no llega a los extremos de la “alineación” ecuatoriana, pero la fragmentación institucional es un problema serio. La coexistencia de dos ministerios —Educación (MINERD) y Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCYT)— junto con entes técnicos como INFOTEP genera silos y dificulta la coordinación de políticas educativas y de investigación. Además, la futura unificación de ministerios, acompañada de la separación de la agencia científica, podría sobrecargar el sistema y afectar la coherencia de su funcionamiento. Este panorama ilustra cómo la burocratización y la dispersión institucional también amenazan la calidad, aunque bajo formas distintas.
El patrón regional es claro: confundir el sello con la sustancia, creer que lo formal garantiza calidad, cuando lo que realmente importa es la capacidad docente, la curiosidad investigadora y la competencia real.
La historia de la ciencia desmiente esta lógica. Franco Rasetti, uno de “los chicos de via Panisperna”, enseñó en Johns Hopkins física, geología, paleontología y botánica, y fue premiado en 1952 por su contribución a la paleontología del Cámbrico. Max Delbrück, físico de formación, recibió el Nobel de Medicina en 1969 por fundar la biología molecular y recordaba que la ciencia avanza cuando se rompen fronteras, no cuando se levantan muros. En México, un distinguido colaborador de quien escribe, el Dr. Víctor Castaño, es miembro de las academias de ciencias, ingeniería y medicina: un raro ejemplo de reconocimiento a la interdisciplinariedad.
Según la lógica de la “alineación”, todos estos casos hubieran sido imposibles. Pero fue justamente en esos cruces donde hicieron historia. Hoy, disciplinas como la biología computacional, la inteligencia artificial o la neurociencia moderna nacen justamente de esas intersecciones. Incluso en la economía, el uso de técnicas de física teórica hizo nacer la econofísica.
El caso de la termodinámica es igualmente revelador. Fue desarrollada por científicos como Carnot —formado en la École Polytechnique, primer ejemplo de interdisciplinariedad— y físicos como Boltzmann y Planck, pero en algunos sistemas educativos se considera exclusivamente parte de la ingeniería. Bajo la lógica de la “alineación”, la econofísica ni siquiera podría enseñarse, pero en Wall Street y en la City de Londres a nadie se le ocurre observar que economía y física no son alineadas y tampoco un físico experto en mecánica estadística podría enseñar termodinámica en una facultad de ingeniería.
Este tipo de políticas envía un mensaje equivocado: lo importante no es la curiosidad, la creatividad ni la calidad del profesor, sino encajar en un formulario. Es un corsé burocrático que contradice todos los mantras de internacionalización de la educación superior. En los países del primer mundo, donde tanto miramos, la flexibilidad es la norma.
En América Latina —y en particular en Ecuador— urge liberarse de esa rigidez. No importa que los títulos estén alineados: lo que cuenta es la producción científica, la capacidad docente, la creatividad. La universidad no puede ser una oficina de sellos y hojas de vida, sino un espacio vivo de debate y libertad intelectual, donde se celebren los trayectos no lineales en lugar de penalizarlos.
El futuro no está en la burocracia del alineamiento, sino en la apertura al talento. Países que desperdicien cerebros por tecnicismos se condenan a la mediocridad.
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