La carta que le escribe Juan Bosch a sus amigos Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui y Ramón Marrero Aristy en 1943 nos permite develar las convicciones humanistas de fondo de nuestro autor. Sin dejar de reconocerles que ellos tres han defendido la ideología trujillista que articuló una doctrina racista anti-haitiana en su conversación previa a la misiva, les da un margen de defensa apelando a su posible confusión. 

Pero creo también —y espero no equivocarme— que Uds. sufren una confusión, que Uds. han dejado que el juicio les haya sido desviado por aquellos que en Haití y en la República Dominicana utilizan a ambos pueblos para sus ventajas personales. Porque eso es lo que ocurre, amigos míos”. 

Bosch considera que la cuestión del antihaitianismo trujillista no es simplemente una forma de ocultar su responsabilidad por el genocidio de la población negra de la frontera, sino que es una estrategia más profunda en sus intenciones y más antigua que el 1937. Se trata de mantener a ambos pueblos enemistados, odiándose mutuamente, pera que sus explotadores, de ambos lados de la frontera y allende la isla, puedan explotarlos, sin que los dos pueblos identifiquen sus verdaderos enemigos. 

Y él les concede a sus tres amigos el beneficio de la duda por su falta de comprensión del problema de fondo. En este punto es bueno reconocer que Bosch desde el 1938 hasta ese momento, el 1943, ha profundizado en sus estudios sobre la historia y la política, y sus textos van revelando esa hondura de su análisis.

Bosch ubica el problema en los mismos orígenes de ambos pueblos. El pueblo dominicano y el Pueblo haitiano han vivido desde el Descubrimiento hasta hoy —o desde que se formaron hasta la fecha— igualmente sometidos en términos generales. Para el caso no importa que Santo Domingo tenga una masa menos pobre y menos ignorante. No hay diferencia fundamental entre el estado de miseria e ignorancia de un haitiano y el de un dominicano, si ambos se miden, no por lo que han adquirido en bienes y conocimientos, sino por lo que les falta adquirir todavía para llamarse con justo título, seres humanos satisfechos y orgullosos de serlos

Desde la formación de ambos pueblos, en el caso dominicano desde la llegada de los castellanos a finales del siglo XV, en el caso haitiano fruto de las devastaciones de la zona occidental de la isla a inicios del siglo XVII, aunque a nivel de su articulación como Estado-Nación, Haití fue primera en 1804 y Dominicana 40 años después, en 1844. 

Para Bosch la miseria que sufrían ambos pueblos (lo afirma en 1943), fuera de matices, no debe ser medida exclusivamente en términos de lo que tienen, sino de los que le falta para sentirse “seres humanos satisfechos y orgullosos de serlos”. 

Hay una línea de vinculación entre esta propuesta antropológica de Bosch y la expuesta en 1511 por los frailes dominicos por boca de Antón de Montesinos en sus dos sermones de Adviento. 

La historia de los habitantes de esta isla -hoy poco más de 20 millones- es una lucha constante hasta el presente por ser reconocidos como seres humanos plenos, con derechos inalienables, merecedores todos de una vida digna, en lo material y lo espiritual. Para distorsionar ese justo reclamo, los explotadores de ambos pueblos han impulsado ideologías racistas, autoritarias y xenófobas que busca enfrentar ambas sociedades para facilitar su dominio y expoliación. 

Más Bosch reconoce matices que son importantes entenderlos a la luz de este reconocimiento de la dignidad de todo ser humano. 

El pueblo haitiano es un poco más pobre, y debido a esa circunstancia, luchando con el hambre que es algo más serio de lo que puede imaginarse quien no la haya padecido en sí, en sus hijos y en sus antepasados, procura burlar la vigilancia dominicana y cruza la frontera; si el caso fuera al revés sería el dominicano el que emigraría ilegalmente a Haití. El haitiano es, pues, más digno de compasión que el dominicano; en orden de su miseria merece más que luchemos por él, que tratemos de sacarlo de su condición de bestia”. 

Nuestro autor reconoce, por encima del discurso trujillista del pasado y del presente, las reales condiciones de nuestros vecinos para comprender los motivos por lo que desean llegar algunos a suelo dominicano: para vivir, para tener algo que llevar de comer a sus familias, igual que muchos dominicanos lo han hecho en los últimos 50 años, emigrando a Puerto Rico, Estados Unidos, España y muchos otros destinos. 

Y ese hecho es tan fortuito que, si Haití fuera más rico que nosotros, seríamos nosotros los que buscaríamos atravesar la frontera para conseguir un mendrugo. Todo el discurso anti-emigración, fuera el de Trujillo o de los nacionalistas dominicanos actuales, o los del Sr. Trump, parten de una negación de la dignidad del ser humano. Son políticas esencialmente contrarias a los valores cristianos y pretenden criminalizar lo que es una necesidad básica de todo ser humano, mantenerse vivo. 

Por tanto, la postura de Bosch era ser solidarios con el pueblo haitiano y luchar porque pueda romper las cadenas de explotación, al igual que nuestro pueblo, y construir dos sociedades fraternas en el desarrollo y la prosperidad. 

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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