El amor o el odio, en cuanto proyecto social, demanda una metafísica. Y tal grado de articulación racional es para pocos. Ante la pregunta de si Trujillo ordenó la campaña antihaitiana o fueron sus colaboradores quienes lo plantearon, es más probable lo segundo que lo primero. Trujillo era un ser elemental, primitivo, guiado por las pulsiones de comer, beber, follar, golpear, robar, dominar y matar.

De patriota no tenía un ápice. El país era su finca. Los mojones de la frontera eran la cerca de su propiedad, la meada del animal que delimitaba su territorio. Hoy todavía se ensalzan esos hitos fronterizos, como vestigio rancio del trujillismo, que afirma que allí comienza la patria. ¡Pregúntenle a Pedro Mir sobre la patria y no a los mojones!

Los artífices del odio hacia los haitianos fueron los intelectuales postrados al tirano. Fueron ellos los que articularon un discurso, a partir del 1937 para justificar al tirano del genocidio, o desde el 1941 con el ascenso de Lescot, que es la tesis de Bernardo Vega. Sus herederos actuales repiten consignas y ritos heredados, hasta citan a Friedrich Ratzel, bordeando la línea del nazismo que Trujillo recorrió hasta que su instinto de bestia, de sobrevivencia, lo hizo alejarse del sociópata alemán al sentir el resoplido gringo en su nunca.

El odio hacia los haitianos, como centro de una metafísica nacionalista, era el núcleo de un poliedro que incluía el desprecio por los negros en sentido general, los pobres, especialmente los campesinos, las mujeres (como señal fuerte de machismo) y los jóvenes que mostraban rebeldía. Ya Juan Bosch en 1940, en un texto titulado Los pueblitas, señalaba cuáles eran los enemigos del pueblo dominicano, específicamente los que odiaban a los campesinos. Esos pueblitas se pusieron a la orden del sátrapa desde el inicio de la dictadura.

¿Quiénes eran los pueblitas? Una minoría (que) ha estado encabezada por un hombre de garra sostenido por la tropa, y los profesionales de la política (…) (y) una nueva fuerza se unió a ésas. Fue el imperialismo extranjero, (en cambio) el intelectual corrompido y el cura no son sino politicastros. En cuanto al ejército, que en una sociedad de normal desarrollo dentro del régimen capitalista es un instrumento de la burguesía, debe ser considerado en nuestro país como un hecho aislado, (…) algo así como el vientre malaventurado donde se gesta siempre el hombre de garra que ha de enseñorearse de todo.

La ideología trujillista fue siempre el norte de la minoría que controló el poder desde 1961. Asesinaron a centenares de hombres y mujeres en Palma Sola, destruyeron la democracia construida desde la voluntad de los campesinos, fusilaron a los jóvenes de las Manaclas, mataron a miles de dominicanos y dominicanas durante el triunvirato, la Revolución de Abril y los doce años del balaguerato. Toda esa sangre derramada tiene como responsables primigenios a la intelectualidad servil trujillista.

En 1964, desde Puerto Rico, Juan Bosch desentrañaba su análisis del golpe de Estado contra la democracia dominicana encabezada por el alto mando de la Fuerzas Armadas. Y afirma de manera tajante: En la República Dominicana, los sectores sociales más influyentes y los líderes políticos que habían conquistado prestigio luchando contra la tiranía, conspiraron en la forma más vulgar para derrocar el sistema democrático; trabajaron concienzudamente en los cuarteles para llevar a los soldados a dar el golpe del 25 de septiembre de 1963. Los soldados se dejaron conducir a esa triste hazaña, ¿pero qué había de pedírsele a ninguno de ellos si los doctores, los abogados y los sacerdotes eran incapaces de frenar sus pasiones?

Y esas pasiones, que conforman lo que hasta ahora es la moralidad dominicana, es una versión perversa de lo dominicano. Un nacionalismo chovinista, autoritario, racista y misógino.

Al recuperar las palabras iniciales de Bosch en su carta del 1943 no podemos menos que reconocer la lucidez del maestro. la tragedia de mi país ha calado mucho más allá de donde era posible concebir. La dictadura ha llegado a conformar una base ideológica que ya parece natural en el aire dominicano y que costará enormemente vencer, si es que puede vencerse alguna vez.

En 4 años recordaremos la ignominia del inicio de la tiranía y por lo visto seguimos enfrentando esa base ideológica creada por los intelectuales trujillistas. Desmontar ese artilugio de nacionalismo de pacotilla, excluyente y generador de miseria, es tarea impostergable.

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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