Amanecía en El Seibo. Lourdia Jean Pierre paría en la sala de su casa. El terror a ser apresada y deportada convertía el hospital en una trampa. Las contracciones aumentaban. Migración cazaba haitianos en las calles, mujeres embarazadas eran montadas en vehículos para llevarlas a la frontera y la foto de un niño llorando pegado a la jaula donde encerraron a su madre fue primera plana en la prensa. Eso no lo quería para su hijo, ni para ella. Lourdia murió justo al nacer su bebé.

La muerte de esa madre haitiana fue recibida con un silencio sólido, pesado, casi completo, en todos los estamentos de la sociedad dominicana. En el 2015 el Papa Francisco había invitado a los cristianos dominicanos a cuidar de los inmigrantes, sobre todo a los provenientes de la vecina Haití, que buscan mejores condiciones de vida en territorio dominicano. Proponía a los creyentes criollos que es necesario seguir colaborando con las autoridades civiles para alcanzar soluciones solidarias a los problemas de quienes son privados de documentos o se les niega sus derechos básicos.

Se equivocaba el obispo de Roma en suponer que la sociedad dominicana está fundamentada en una moralidad cristiana. El substrato de valores de una gran parte de los dominicanos es netamente trujillista. Trujillo sigue al mando. Pedro Conde Sturla lo indicó finalizando el siglo pasado. Trujillo vive y manda. (…) Sus herederos y discípulos son todavía los dueños del país, son los magos del ritmo. Ellos controlan el poder, ellos controlan la información, ellos controlan la historia, hasta cierto punto, pero no controlan la verdad.

El odio contra los haitianos y los negros, el desprecio contra las mujeres y los niños, y el rechazo contra los pobres, fue forjado por el sátrapa e inoculado como veneno en el ADN dominicano hasta el presente. Esta aberración curiosamente es desplegada actualmente por quienes agradecieron el 5 de julio del 2020 su triunfo electoral al dominico-haitiano José Francisco Peña Gómez. Sin olvidar al candidato presidencial del PLD en el 2024 que es un antihaitiano confeso.

Borrada quedó de la memoria social la pregunta de Montesinos: ¿Acaso éstos no son hombres? Una pregunta demasiado evangélica para una sociedad trujillista.

El racismo es propagado por pandillas de lúmpenes disfrazados de militares, abogados herederos del sátrapa, líderes populistas de los partidos más relevantes, confesos provida que no consideran a los haitianos seres humanos, bocinas propagadoras de odio en las redes sociales, el Instituto Trujilloniano y un Estado que lo usa para distraer la opinión pública de temas graves como el bajo nivel de la educación pública, los escasos servicios de salud o las pensiones de miseria que están recibiendo los trabajadores.

El odio contra los migrantes pobres que llegan del lado occidental de la isla ha generado un clima hostil contra cualquiera que cuestione dicha actitud racista, tachando de traidor a quien se oponga. Y eso conduce a un síndrome de miedo en muchos liderazgos que reciben prebendas del Estado. Cuidan más su relación con el Cesar que con Dios, aunque de boca para afuera digan lo contrario.

No es cosa sólo de dominicanos. En España la visita de León XIV fue respondida con aplausos interminables al finalizar sus mensajes, sin el menor deseo de escucharlos. Gran parte del liderazgo político y social odia a los migrantes (le llaman prioridad nacional), promueven la misoginia, la exclusión de los pobres y de los jóvenes. La vivienda es convertida en perversa acumulación de capitales y el silencio es la respuesta frente a la violencia intrafamiliar y los abusos sexuales de niños y niñas. La ideología del franquismo sigue viva y avanzando, buscando destruir el estado de bienestar y de derechos. El neoliberalismo avanza en España, igual que en República Dominicana.

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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