El escenario nacional en que es publicado el segundo artículo de Juan Bosch, a poco más de dos semanas del primero, era de gran agitación política entre los grupos partidarios dominicanos, la jefatura del ejército y hasta el gobierno de Estados Unidos. Ya estaba Vásquez gobernando más allá de los cuatro años de su legítimo mandato y había logrado la reforma constitucional que le permitiría repostularse en 1930.

Los rumores, propios de una sociedad tan atrasada como la dominicana de inicios del siglo XX, hablaban de la debilidad física de Vásquez, de la feroz decisión de Trujillo de ser presidente y las maniobras de José Dolores Alfonseca, a quien Vásquez había colocado en la vicepresidencia al renunciar Velásquez. Alfonseca era uno de los políticos más corruptos del momento, al mismo nivel de Trujillo, pero sin armas. La expectativa de Alfonseca era ser el candidato del horacismo apostando a que la gravedad de la salud del presidente le impediría la candidatura.

¿Cuál es el planteamiento de Los dos caminos de la hora? El punto de partida es trágico: Es innegable que en la Mansión Presidencial se está gestando una tiranía que amenaza al pueblo dominicano. Y esta tierra que tantos machos ha parido ve impasible la formación de una hidra de cabezas trágicas. Bosch se hace eco del estado emocional-político que muchos jóvenes y políticos dominicanos vivían según avanzaban los dos años que Horacio Vásquez se adjudicó y la propaganda reeleccionistas fruto de la modificación de la constitución.

León David valora ese artículo de Bosch indicando que la indignación es el sentimiento que campea en el pecho del que ese escrito redactara; indignación que a manera de leña seca alimenta la llamarada de una prosa que estalla en dramáticas fulminaciones y lapidarias sentencias. La crítica política del joven Bosch fluye con intensidad envuelto en la sensibilidad del poeta y narrador. No hay escisiones desde el inicio de su producción escrita, verso y prosa, creatividad y análisis, son facetas de un único caleidoscopio.

El grupo de intelectuales y políticos que habían permanecido unidos en su lucha contra la salida de las tropas de Estados Unidos estaban fraccionados en varios partidos y las apetencias de poder de muchos de los que “aspiraban” a ser presidentes impedía cualquier acuerdo por el bien de la democracia. A pesar de estar gravemente enfermo Vásquez lucía imbatible en sus propósitos.

Bosch muestra tres ejemplos concretos de quienes se enfrentan a dicha hidra de cabezas trágicas: Gestos aislados; pocos hombres de vergüenza: Leoncio Ramos, dispuesto a sacrificar la comodidad de él y su familia con la negación de un sueldo lujoso; Luis Sánchez Andújar y Gustavo Adolfo Mejía, decididos a sacrificar su vida en aras de un ideal”, Leoncio Ramos provenía de las filas horacistas, pero tiene la integridad personal de romper con Vásquez y su proyecto continuistas, con valentía, dispuesto a sacrificar la comodidad de él y su familia con la negación de un sueldo lujoso (V. XXXIII, p. 383), como señala Bosch.

Sobre Leoncio Ramos afirma Andrés L. Mateo. Saltó al ruedo un apacible juez de la corte de apelación de La Vega, el licenciado Leoncio Ramos; dirigente del Partido horacista, y modesto integrante del pensamiento político social de la época. Rápidamente se hizo el héroe intelectual del momento, porque colocó al predestinado (Horacio Vásquez) frente a su propia ambición (…) Leoncio Ramos se convirtió en un paradigma de valentía y probidad ciudadana, citado con veneración por todos los que auscultaban con preocupación el porvenir de la patria. Bosch, al ponerse del lado del juez Ramos en su artículo claramente se enfrentaba a Vásquez y a Trujillo.

Luís Sánchez Andújar, dueño de El Mundo, donde precisamente publica su artículo Bosch y donde se publicaron otros textos críticos a las ambiciones de Horacio Vásquez, demostrando su propietario gran valor cívico, y Gustavo Adolfo Mejía, quien asumió también una posición valiente frente a las tendencias autoritarias de Vásquez, fueron ambos encarcelados. Bosch públicamente se coloca al lado de ellos. No obstante Bosch reconoce que los valientes eran pocos, ya que, lamentablemente la totalidad del pueblo (se mantiene) elevando preces a los hombres que puedan darle un pedazo de pan manchado en lodo de muchas iniquidades. ¡Y los que llegamos a pensar y a creer en una posibilidad de civismo tenemos que bajar apesadumbrados las cabezas ante tanta bajeza! (V. XXXIII, p. 383).

Por más amor que tuviera al pueblo, siempre Bosch fue muy realista. Y no es por falta de valor del pueblo, ya que la historia nos demuestra cuantas veces ha sido engañado por quienes le prometieron decencia, desarrollo y pulcritud, lo dice el mismo Bosch: Una vez más el pobre pueblo burlado por los guardadores de su fe antaño y por desconocidos que llegaron, encorvadas las garras feroces, salidos de los rincones más obscuros de la selva, para caer en el Tesoro Público y sacar a puñados el oro que alzó con su sudor el pueblo (V. XXXIII, p. 384).

Develar la corrupción y a los corruptos siempre será una tarea patriótica y más trascendente que la de quienes disfrazados de nacionalistas engañan al pueblo con sus impulsos racistas, machistas y xenófobos. La patria comienza y termina en construir una sociedad donde la mayoría más pobre viva decentemente y con justicia, y no en la frontera como los trujillistas propagan. Volver al poema de Pedro Mir clarifica la óptica y la geografía de la patria dominicana.

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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