Un aspecto medular, y que se suele pasar por alto por las familias de niños  diagnosticados con Autismo, es entender que la fe manifiesta en las terapias sicológicas no representa una estrategia eficaz en el abordaje terapéutico inicial de un niño Autismo; sobretodo, resulta una demanda muy curiosa: las familias pagan esos servicios sin ninguna garantía de resultados específicos y, peor aún, tampoco conocen bien qué hace el terapeuta y para qué, dado que no existe ninguna ley natural de apoyo sobre esa estrategia de enfrentar la problemática del observables del Autismo. De hecho, las referidas terapias no tienen ningún efecto sobre los temas cruciales del referido fenómeno (deficiencias nutricionales, inflamación intestinal y cerebral, activación inmunitaria) que padecen estos niños; pues bien, corregir esos eventos metabólicos resulta necesario y debe preceder cualquier actividad orientada hacia la superación del referido diagnóstico.

 Por tanto, la fe mantenida en la práctica de las terapias sicológicas solo podrán mostrar algún tipo de utilidad práctica una vez que el niño haya superado cuestiones fundamentales de un metabolismo comprometido que lo mantiene en una baja producción de energía celular, afectando así el órgano de mayor demanda energética: el cerebro humano; cuyos efectos se manifiestan en funciones claves de sus atribuciones biológicas, como es el caso del potencial de acción en la comunicación interneuronal, la fuerza de la sinapsis y el buen funcionamiento del sistema glinfático (drenaje natural para la eliminación de toxinas). Sólo cuando se haya recuperado la flexibilidad metabólica, las terapias sicológicas podrán mostrar cierta utilidad práctica en la recuperación del atraso de desarrollo observado en ciertas habilidades y destrezas propias de la naturaleza humana, que se vieron colapsadas por efecto del diagnóstico

Y, bajo esa lógica, resulta de fundamental importancia para un correcto abordaje terapéutico, entender los dos (2) eventos clave en un niño con Autismo: (i) el momento del fatídico diagnóstico y cómo actuar de manera consistente hacia la superación y, (ii) qué hacer día a día en el hogar, a sabiendas que el Autismo es una respuesta adaptativa del cuerpo humano ante una situación de una deficiencia de energía que interfiere con la comunicación celular; de hecho, estamos frente a una baja producción de energía que no satisface la demanda. En cuyo caso, resulta esencial que el hogar centre su atención en una alimentación orientada a cubrir las deficiencias nutricionales detectadas y, de manera preferente, entender qué se debe evitar en casa para no empeorar la situación de Autismo; sobre ese particular sobresalen dos cuestiones claves: (i) eliminación de todo tipo de aceites de semillas y, (ii) superar la deficiencia crónica de la vitamina D3.

En efecto, la eliminación total de ácido linoleico (componente activo de los aceites de semillas) de la alimentación del niño, ocupa un lugar preponderante en la dieta para superar las típicas complicaciones digestivas observadas; y, esa lógica resulta extensiva tanto en la preparación de los alimentos en el hogar como en el acceso a todo tipo de productos procesados que suelen estar plagados de aceites de semillas, elevados en ácido linoleico (omega 6): un tipo de grasa poliinsaturada cuyo exceso en el consumo ha mostrado ser perjudicial en extremo para la salud humana.

De hecho, el poder destructivo para la salud de dicho ingrediente se considera un factor clave tanto en la aparición como en la incidencia de las denominadas enfermedades crónicas; en efecto, debido a que se trata de un tipo de grasa poliinsaturada, estamos frente a sustancias químicamente muy inestables y, por tanto, susceptibles en extremo a ser afectadas (oxidadas) por los radicales libres que se generan en el proceso de la producción de energía celular.

En el caso de los niños con Autismo, el exceso de ácido linoleico exacerba los daños que suelen observarse tanto en las conductas como en los análisis clínicos de mayor relevancia sobre dicho fenómeno: (i) inflamación intestinal, lo cual impide una correcta digestión de nutrientes, y el flujo de péptidos no digeridos hacia el torrente sanguíneo y linfático que llegan al cerebro y causan  inflamación cerebral (activación microglial), (ii) disfunción mitocondrial, lo cual afecta negativamente la producción de energía celular, un fenómeno distintivo del referido diagnóstico y que, de alguna manera, promueve la producción de energía mediante el proceso de la glucólisis, manteniendo el cuerpo en un modo de sobrevivencia y mantener activado el sistema nervioso simpático del sistema nervioso central y, (iii) genera interferencia en una eficaz comunicación intercelular, lo cual tiende a afectar seriamente la correcta función cerebral y el comportamiento social.

Evidentemente, la fe sostenida y que considera el Autismo como un trastorno neurológico, se derrumba cuando se muestra que esos eventos clínicos son, en gran medida, el resultado de una mayor fragilidad en las membranas celulares provocadas por un el exceso de ácido linoleico. Por otro lado, la búsqueda de la verdad significa salirse del rebaño y pensar el problema desde la situación clínica específica del niño y nunca desde una definición de libro de texto sostenida a partir de una creencia con evidentes fallas científicas: una fe incapaz de explicar de manera contundente lo que se afirma.

Otro evento observable en el Autismo es la deficiencia crónica de la vitamina D3; esta vitamina (realmente una pro-hormona), apoya la función inmunitaria y del sistema nervioso central y el sistema nervioso entérico; en ese sentido, en el sistema nervioso central, la vitamina D3 actúa como un agente neuroprotector que ayuda y protege el correcto desarrollo neuronal, la modulación y la síntesis de neurotransmisores y, de igual manera, también protege contra la inflamación, apoyando la función cognitiva: memoria, aprendizaje y estado de ánimo.

En cuanto al sistema nervioso entérico (intestino), hoy se sabe que la vitamina D3 apoya la producción de péptidos antimicrobianos, así como las proteínas que forman las uniones estrechas en el intestino, ayudando así al sistema inmunitario a tolerar los alimentos ingeridos en lugar de atacarlos; esto se debe a que la vitamina D3 apoya la producción del péptido vasoactivo intestinal; pues bien, ese péptido, actúa como una molécula mensajera y guardián inmunitario intestinal. Hallazgos[i] recientes revelan que las células nerviosas intestinales dependen de este péptido para enviar instrucciones directas a las células madre intestinales, evitando que se multipliquen muy rápido o se conviertan en células equivocadas.

Ahora bien, la falla en la producción de energía en el Autismo es un efecto directo de la toxicidad del aluminio sobre las moléculas transportadoras de glucosa desde las células epiteliales hacia el cerebro; de hecho: una consecuencia directa de esa toxicidad es su efecto negativo en el funcionamiento del cerebro, dado que promueve el estrés oxidativo, la inflamación (activación de la microglía) y el daño neuronal. Específicamente, el exceso de aluminio en el cerebro interfiere con el transporte de glucosa desde las células epiteliales hacia el cerebro, debido a que la barrera hematoencefálica está seriamente afectada y, eso se traduce en un daño celular que reduce la disponibilidad de glucosa para la producción de energía de los astrocitos y  neuronas en el sistema nervioso central; esto es un resultado directo de los efectos negativos del aluminio en las moléculas  transportadoras de glucosa GLUT1 y GLUT3, que son esenciales para una correcta función cerebral; la ineficiencia en el transporte de glucosa induce un comportamiento errático de la misma en el cerebro, lo cual  culmina en fallos cognitivos, de memoria y conductuales.

De lo anterior se puede inferir cómo la ciencia supera la fe y el sistema de creencias que suele ser el punto de partida de los tratamientos enarbolados por la siquiatría y la sicología para enfrentar el tema del Autismo; por tanto, estamos en los albores del derrumbe de una fe que se ha mantenido vigente durante varias décadas.

[i] https://link.springer.com/article/10.1186/s13287-024-03958-z: El péptido vasoactivo intestinal promueve la diferenciación secretora y mitiga las lesiones intestinales inducidas por radiación.

Fausto J. Hernández

Economista INTEC 1987. Doctorado en Economía, Bilbao 1995. Postgrado Matemáticas Puras, INTEC 2002. Máster Neurosicologia Educativa, CEUPE 2022. Profesor Economía Matemática INTEC 2009. Director Regulación y Defensa de la Competencia, Indotel 2005-2010.

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