El primero de enero amanecí con antojo de un desayuno de esos que inauguran el año con buen pie. Me levanté convencida de que, al menos en la nevera, quedaba el eco del banquete de la noche anterior. Pero al abrirla, el golpe de realidad fue inmediato: apenas rastros de lo que había sido la abundancia.
Me quedé mirando el interior frío del refrigerador y me pregunté qué se había hecho de toda la comida, ¿dónde estaban los pasteles en hoja que aún quedaban de Nochebuena? Entonces la memoria, caprichosa, me trajo de vuelta la escena: mi hija y sus amigos celebrando el Año Nuevo en la casa. Al parecer, el sancocho y el resto del menú no fueron suficientes; terminaron “barriendo” con todo lo que encontraron.
Sonreí con resignación. Al fin y al cabo —pensé— solo se pasaron “un chin” con la comida.
En Santo Domingo, comer "un chin más” es casi un ritual, una manera de decir que la fiesta estuvo buena, que el cariño fue abundante y la mesa generosa. Pero cuando ese "chin” se vuelve regla y no excepción, el cuerpo comienza a presentar la cuenta sin avisar. Ese bocado de más se transforma en acidez que quema, pesadez, gases y un cansancio traicionero que da deseos de acostarse a dormir después de cada comida. Con el tiempo, ese hábito abre sigilosamente la puerta al aumento de peso y a la obesidad, que ya ha entrado en miles de hogares del país.
Tal vez ha llegado el momento de hacer una pausa entre bocado y bocado, de preguntarnos si aún tenemos hambre o si ya es suficiente. De aprender a escuchar al cuerpo cuando susurra, para no tener que oírlo cuando grita.
Estudios muestran que comer de más, especialmente alimentos cargados de grasa, azúcar y sal, incrementa el riesgo de enfermedades serias como la diabetes tipo 2, la hipertensión y los problemas del corazón. Es ese “poquito extra” que puede empeorar el reflujo, perturbar el sueño, encender los ronquidos y alimentar la apnea del sueño, ese trastorno silencioso que corta la respiración mientras se duerme.
No solo los órganos internos pagan el precio. Las rodillas, los tobillos y la espalda se vuelven cómplices forzados de nuestra falta de medida; tienen que cargar con un peso que no estaba en el diseño original. Cada escalón subido, cada bolsa levantada, se convierte en recordatorio de esos "chines" de más acumulados con los años.
Pero el exceso no se queda en el cuerpo: también deja huellas en la salud mental. Comer más de la cuenta, una y otra vez, puede aumentar la ansiedad, el estrés, la culpa; y en no pocas ocasiones se asocia con el trastorno por atracón, un enemigo silencioso de la autoestima que consume el ánimo hasta empujarnos hacia estados depresivos. Se crea así un círculo vicioso: se come para aliviar la angustia, pero al terminar, la angustia es mayor. El plato se vacía; la culpa, no.
Por eso cuidar las porciones es también cuidar las emociones. No se trata solo de contar calorías, sino de aprender a leer lo que sentimos cuando abrimos la nevera o nos servimos "ese poquito extra” que no responde al hambre del cuerpo, sino a la del alma.
En culturas como la nuestra, donde la comida es el centro de casi cualquier reunión, comer con moderación es un acto de sabiduría. No para dejar de disfrutar, sino para poder seguir disfrutando por más tiempo y con menos consecuencias.
Tal vez ha llegado el momento de hacer una pausa entre bocado y bocado, de preguntarnos si aún tenemos hambre o si ya es suficiente. De aprender a escuchar al cuerpo cuando susurra, para no tener que oírlo cuando grita.
Evitar los excesos puede ser la delgada línea entre una vida ligera y una vida cargada de complicaciones.
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