«En política solo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire; jamás quien pretende que sople el aire donde pone la vela». Antonio Machado
MEMORIA DE UN HIGÜEYANO ILUSTRE
Consagramos la memoria de Tomás Arévalo Cedeño Valdez, nacido en la histórica y noble villa de Higüey el 21 de diciembre de 1932, en el hogar de don Pedro Rolando Cedeño Herrera y doña María Valdez de Cedeño. Desde muy joven manifestó una profunda vocación por el civismo, las letras y el servicio público. A los once años fundó el vocero «Luz de Oriente», una temprana expresión de su inquietud intelectual y de su amor por su pueblo.
Durante sus años de formación en la Escuela Normal cultivó con entusiasmo el periodismo y colaboró con el diario La Nación y otros órganos de la prensa nacional. Más tarde ingresó a la Universidad de Santo Domingo para estudiar Derecho, carrera en la que alcanzó los máximos lauros académicos con sus trabajos «Autonomía de la Voluntad» y «Un Análisis del Concordato», culminando sus estudios con la investidura de Suma Cum Laude.
En su vida familiar contrajo matrimonio con la distinguida dama higüeyana doña Noris Montas Melo, con quien tuvo a su única hija, Noris María Asunción. Los testimonios y documentos conservados por ella constituyen una fuente de especial valor para acercarnos a la vida y trayectoria de su padre.
ABOGADO, LEGISLADOR Y SERVIDOR PÚBLICO
Su ejercicio profesional estuvo marcado desde sus comienzos por la defensa de la justicia y de quienes necesitaban ser escuchados. En uno de sus primeros casos asumió la defensa de la señora María Ciprián en un litigio de familia relacionado con la guarda de su hijo Miguelito. Su intervención jurídica y oratoria logró que se reconocieran los derechos de la madre y se garantizara el cumplimiento de la pensión alimentaria establecida por el tribunal.
En las elecciones de febrero de 1963 resultó electo diputado por la Unión Cívica Nacional, en representación de la provincia La Altagracia. Su trayectoria legislativa lo llevó a ocupar, en una coyuntura extraordinaria, la presidencia de la Cámara de Diputados. Desde esa responsabilidad participó en uno de los períodos más difíciles de la historia contemporánea dominicana.
EN EL FRAGOR DE LA REVOLUCIÓN DE ABRIL DE 1965
La Revolución de abril de 1965 encontró a Arévalo Cedeño comprometido con las responsabilidades que le correspondían como legislador y como ciudadano. En medio de la contienda civil, se encontraba en el Edificio Copello, en la calle El Conde, sede provisional del Gobierno Constitucional presidido por el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó.
Los acontecimientos de aquellos días lo colocaron ante decisiones difíciles. Según los documentos conservados sobre este período, Arévalo Cedeño y Rodríguez Demorizi permanecieron diez días sin asistir a las sesiones de los comisionados. Posteriormente, Arévalo se integró a la comisión, luego de conversar telefónicamente con Juan Bosch, quien consideraba necesario buscar un pacto después de meses de lucha para evitar que continuara perdiéndose la vida de jóvenes dominicanos.
El 21 de agosto de 1965, mientras cumplía sus deberes en aquel espacio provisional de la institucionalidad, sufrió un fulminante ataque al corazón. Fue trasladado de inmediato a la Clínica Abel González, pero los esfuerzos médicos resultaron infructuosos. Murió casi al instante, dejando una profunda conmoción en Higüey y en quienes habían compartido con él las responsabilidades públicas de aquel momento histórico.
UNA MEMORIA QUE HIGÜEY DEBE CONSERVAR
La figura de Tomás Arévalo Cedeño Valdez merece ser recordada no solamente por los cargos que ocupó, sino por la temprana pasión con que abrazó las letras, el Derecho y el servicio a la sociedad. Su vida nos recuerda que la política, cuando se entiende como servicio, exige preparación, responsabilidad, capacidad de diálogo y sentido de patria.
Por considerarlo de interés histórico, conservamos también el testimonio del panegírico pronunciado por el licenciado Amable A. Botello, exgobernador y exdiputado de la provincia La Altagracia, el 22 de agosto de 1965, cuyos originales se encuentran entre los documentos privados del historiador monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito. En aquella despedida se evocó a Arévalo Cedeño como un hombre de pensamiento, de rectitud y de profunda vinculación con su pueblo.
Hoy, al volver sobre su trayectoria, Higüey tiene el deber de conservar esta memoria y transmitirla a las nuevas generaciones. Recordar a quienes sirvieron a la patria en momentos difíciles no es vivir anclados en el pasado; es reconocer que una sociedad necesita conocer sus raíces para valorar la institucionalidad, la libertad y el compromiso con el bien común.
Que la memoria de Tomás Arévalo Cedeño Valdez, legislador, abogado, intelectual y ciudadano higüeyano, permanezca como parte de la historia viva de nuestra provincia La Altagracia y como estímulo para quienes hoy están llamados a servir al pueblo dominicano con dignidad y honestidad.
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